Por Ricardo Roa“El hombre es lo que come”. De un modo quizá brutal, el filósofo Feuerbach fue concluyente para definir al ser humano. ¿Qué quería decir con eso? Que la salud y la estética y hasta el nivel socioeconómico de cada uno se manifiestan en buena medida por la calidad y la cantidad de lo que come.
Pero en una cultura que segrega a los gordos, la mayoría de las dietas no se elige para mejorar la salud . Son un precio que hay que pagar para verse mejor y ser más aceptados. Y esto es particularmente notorio en los sectores medios.
Hay dietas para todos los gustos. Desde las médicas que te matan de hambre como único recurso contra el sobrepeso hasta las que explotan la fantasía de que es posible volverse flaco sin esfuerzo . En el todo vale, te venden plantillas, electrodos, parches, fajas o semillas colocadas con láser en la oreja. Pececitos de colores.
Ahora, el recetario de la cocina va hacia otro puerto: la comida sana. Los alimentos naturales que supuestamente ayudan a vivir mejor. Sus consumidores pertenecen también a capas medias y altas, que han pasado a retiro el bife a caballo, las milanesas con fritas o el flan casero de Doña Petrona. Es la hora de los productos orgánicos que dejan los comercios de nicho para expandirse a ferias, supermercados y restoranes.
La fuerza motriz de esta moda es lo que se conoce como ortorexia, el comer correcto. Pero tiene su lado oscuro: en muchos la comida saludable puede volverse una obsesión.
“¿Por qué la ortorexia es mala?”, se pregunta Juana Poulisis, especializada en trastornos alimentarios. Porque “los afectados creen que siguen un plan responsable, cuando la dieta se caracteriza por grandes restricciones. Y así llegan a privarse de alimentos esenciales si no comprueban que son puros u orgánicos”. La nutricionista Mónica Katz, de la Universidad Favaloro, le pega otra vuelta de tuerca: “Notamos este absolutismo dietario y nos preocupa”.
Otro punto nada despreciable es en qué lugar se pone al placer. El experto Adrián Heini, de la clínica La Prairie, de Suiza, propone cuidar la salud sin comprometerlo. “ Es posible comer con gusto y a la vez comer sano”, dice desde el más puro sentido común. “La gente está perdiendo la noción, la sensación natural de lo que es hambre, saciedad y de lo que son las cosas naturales. La clave es comer de todo un poco y comiendo despacio”. Dejar de lado nada menos que el placer por la comida no es una buena receta.
Hay algo más que no funciona: cada vez hay más clases de dietas y las estadísticas cantan que cada vez hay más obesos . Tanto se asocia a resultados negativos, que la especialista Irene Ventiglia, del Hospital Italiano, recomienda directamente “desterrar la palabra dieta”. Katz llama “sufrientes” a los que las siguen y dice que, como consecuencia de ellas, “ la comida se ha transformado en nuestra enemiga”.
Lo único que nos faltaba.
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