Los dos dictadores

Por: Martín Kohan.

La televisión argentina debate por estos días qué es lo que corresponde pensar acerca de Graciela Alfano, si es que es cierto lo que se dice: que fue amante del almirante Massera. Sobre Massera, sin embargo, se discute mucho menos.

Por supuesto que hay un motivo evidente, y es que todos o casi todos ya tenemos una opinión formada acerca de él, y que para todos o casi todos esa opinión es negativa en grado sumo: lo asociamos, y con justa razón, con secuestros, torturas y asesinatos, con vejámenes y despojos, lo sabemos aberrante.

No obstante, si es verdad lo que se dice sobre él y sobre Alfano, hay algo que cambia de tono respecto de la dictadura militar. Porque la figura del general Videla imprime sobre la represión un tinte de rigor contenido, de ascetismo, de moralismo severo; hasta para decir la atrocidad de que los desaparecidos “no son, no están”, se mostró Videla circunspecto. Y fue así que reveló hasta qué punto las peores perversiones podían perfectamente sostenerse en el ascetismo y la severidad, en la contención y en el moralismo, en la circunspección y el rigor.

Tenemos que hacer memoria, ya lo sabemos. Pero es otra la memoria que hacemos si ponemos el foco en Massera. Y ahora más en lo concreto: en Massera tamizado por las curvas de Graciela Alfano. Porque a todas las cosas espantosas que ya conocemos de él, desde los vuelos de la muerte hasta la instrumentación de un proyecto político con los secuestrados de la ESMA, se agrega un aspecto más. Si es verdad lo que se dice, tenemos de pronto a la vista la imagen del dictador gigoló, la imagen del dictador cafiolo, tenemos al macho de doble vida que roba cosas en casas ajenas para hacerle regalitos a su querida, tenemos al almirante fiestero, tenemos al marino con su novia en puerto.

Con el tieso general Videla alcanzamos a comprender los aspectos metódicos de la represión, la perfecta disciplina del terror. Con Massera advertimos también la miserable mezquindad de los hurtos de trasnoche y la abyecta faz libidinosa del asesino en subsuelos. Una cosa ilumina a la otra, y entre las dos, el presente.

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