El levantamiento contra el gobierno fracasó. Clarín recorrió Bangkok, el sitio de los choques.
La escena sucedía a escasa distancia del Central World, el que fuera segundo centro comercial más grande del sudeste de Asia y que hoy no es más que un esqueleto de metal calcinado. "Esto para nosotros es como el 11-S", exclamaba un joven tailandés. También el edificio de la Bolsa, el lujoso centro Siam Paragon, sucursales de banco, el Canal 3 de televisión y así hasta 36 inmuebles eran pura devastación.
La ciudad fue recuperando cierta normalidad con el paso de las horas. Primero porque los soldados endurecieron los requisitos para entrar en la "zona cero". Y segundo porque apenas hubo noticia de las bandas de hasta 200 motoristas enajenados que aprovecharon la noche anterior para saquear centros comerciales y concesionarios de automóvil bajo el toque de queda.
El orden ya fue casi total cuando el ejército consiguió desalojar a los cerca de mil camisas rojas que aún resistían en el monasterio budista de Pathum Waranan. Una vez en su interior, los soldados hallaron seis cadáveres tiroteados durante la batalla del miércoles.
Otros cientos de manifestantes, desarmados y aturdidos tras el fin de las protestas y la detención de sus líderes, fueron trasladados de los centros comerciales donde se habían refugiado a una comisaría de policía cercana. Muchos eran ancianos y mujeres. "En general, la situación está bajo control", señaló a media tarde el portavoz del Ejército, coronel Sansern Kawekamnerd. Aun así, el gobierno decretó toque de queda nocturno hasta el domingo.
Sofocado el movimiento rojo de las calles de Bangkok, miles de manifestantes agotados hacían cola para tomar uno de los cientos de autobuses que debían llevarlos de regreso a sus hogares, la mayoría situados en las provincias del norte y noroeste de Tailandia, bastión de los camisas rojas.
De hecho, en esas regiones también se produjeron incidentes aislados. Allí la figura de Thaksin Sinawatra, ex primer ministro derrocado por un golpe de Estado en 2006 y exiliado hoy en Dubai (está condenado por corrupción por la justicia tailandesa), goza de una adoración casi mesiánica.
Según los expertos, Thaksin es la figura clave en este conflicto, quien mueve los hilos de los camisas rojas y estimula el odio entre los campesinos y las clases bajas para levantarse contra la aristocracia, el ejército y la élite urbana de Bangkok, representada por el actual gobierno y su primer ministro, Abhisit Vejjajiva.
"Estoy muy triste, pero no nos vamos a rendir. Queremos justicia para nuestra gente", reclamaba una mujer antes de subir a un autobús con destino a casa.
A pesar de esta derrota política, el movimiento rojo está lejos de ser extinguido. Al contrario, la rebelión podría incluso rebrotar con mayor furia contra el gobierno por haber ordenado el asalto militar del miércoles. Según el Ejército, hay activos unos 13.000 partidarios del frente rojo "que esperarán el momento para fomentar disturbios". Así lo clamó en enero Nattawut Sai-kua, uno de sus líderes, ante varios miles de personas: "¡Si siguen aferrados al poder, quemaremos todo el país!". Mientras, otro líder animaba a la gente a llevar "un millón de botellas" a la capital. "No es necesario que las llenen de gasolina, las llenaremos en el mismo Bangkok", exclamó ante un público entregado. El resultado de todo ello: al menos 84 muertos y 1.800 heridos durante seis semanas de violencia.
Tailandia está hoy socialmente rota. Nunca en su historia moderna el país había vivido semejante estallido de protestas, altercados mortales y destrucción masiva. Tampoco nunca se había asomado tan de cerca al precipicio de la guerra civil.
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