Una dealer arrepentida de La Costanera pidió perdón a las madres de adictos por vender drogas. Cada vez más mujeres terminan presas por comercialización y transporte de estupefacientes.
Silvia llora. Hace ocho meses dejó la cárcel. Su voz es monocorde, como una letanía. Habla de Dios y de la iglesia evangelista a la que pertenece. Confiesa que le avergüenza su pasado como "transa". Y que alguna vez pensó en quitarse la vida. Su primera relación con la venta de droga comenzó en 2005. En aquel entonces habitaba una humilde vivienda en un barrio de Alderetes. Su concubino, que estaba desempleado, llevó unos "papelitos" a la casa y empezó a venderle a los jóvenes del barrio. "Yo no podía preguntar mucho", dice. Un día, su pareja le dijo que ella estaría al frente del "negocio", que él se debía alejar de ahí por un tiempo porque lo estaban investigando.
"Cada vez que le pedía que busquemos otro trabajo, me pegaba. Me decía: si vos me amás, vas a tener que hacerlo, es por nosotros ¿O acaso querés ser pobre toda tu vida?", relata. Y aclara que nunca se enriqueció con la droga. "Sólo recaudaba para que él se llevara todo. Lo único que me dejaba eran $ 25 o $ 30 para que cocinara", dice.
Pronto Silvia se terminó acostumbrando. Mientras revolvía el guiso en la olla, atendía a los consumidores. Llegaban a toda hora. A veces tenía que ponerse en el papel de mala porque algunos adictos no soportaban la abstinencia y, aunque no tenían plata, querían sí o sí su dosis de "paco". "Lo que me dolía era que mis vecinas me odiaran. Pero cómo no iban a odiarme si con lo que hacía estaba destruyendo a sus hijos", apunta. Y aclara que ella nunca supo de dónde llegaba la droga ni conoció a narcotraficantes de "grueso calibre".
El "negocio" se extendió por más de cinco años. Hasta que una tarde de julio de 2009, la Policía allanó su casa y ella cayó presa, ante los ojos desconcertados de su único hijo, que entonces tenía 22 años. Nunca olvidará la mirada filosa de sus vecinos.
Desde un principio, la mujer se hizo cargo de todo a pesar de que el abogado que la asesoraba le recomendó inculpar a su concubino. "Nunca lo hice ni lo haré porque no quiero que le haga nada a mi hijo", apunta. Luego de un breve juicio marchó presa, sentenciada a cuatro años de encierro. Dos años después, cuando cumplió el 50% de la pena, volvió a su casa. Lo primero que hizo fue pedir perdón y ayudar a su hijo, que se había vuelto adicto, a alejarse de las drogas. "En los meses que estuve presa todo se derrumbó. Allí viví los días más largos de mi vida", describe. Pese a todo, Silvia pudo aprender oficios en la cárcel y ahora, gracias a eso, puede vivir: cocina y hace manualidades.
Algunos vecinos la condenaron de por vida. Hasta hoy, cumplida la sentencia, se refieren a ella como "la chorra o la transa". Muchos de los que eran sus amigos no la saludaron más. "Ahora, a la distancia, puedo asegurar que no me sirvió para nada haber vendido droga", repasa Silvia, quien no duda en definirse como "una perejil".
El perfil
Silvia es desempleada, pobre, madre, único sostén de su hogar, no tiene estudios secundarios, vive en un barrio marginal y fue aprehendida con poca cantidad de drogas. Reúne todas las características de la mujer argentina que cae tras las rejas por este delito.
Casi el 70% de las detenidas en el Sistema Penitenciario Federal argentino poseen causas de drogas, según el informe "Mujeres en Prisión: los alcances del castigo", del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). El número de féminas en cárceles se incrementó en un 350% entre 1990 y 2007.
En Tucumán, la cantidad de mujeres detenidas por comercialización de drogas aumentó en un 80% desde 2007, según los datos proporcionados por la Justicia Federal. En los tribunales es donde más se nota el incremento: mientras que durante 2007 sólo tres mujeres se sentaron en el banquillo de acusados, el año pasado hubo 15.
En el último año, 63 mujeres fueron imputadas en causas por drogas en la provincia (representan el 30% del total de imputados), de acuerdo a un informe del penalista Ciro Lo Pinto, defensor público oficial ante el Tribunal Oral en lo Criminal Federal. Lo que más creció fue la detención de mujeres que tienen en su poder drogas con fines de comercio (el 45%).
El estudio detalla que la gran mayoría de las imputadas vive en barrios marginales, de gran conflictivad social. Además, carecen de estudio y casi todas son desempleadas. "La mayoría tiene hijos y deben mantenerlos ellas solas. También tenemos casos de mujeres que venden drogas por influencia de sus parejas y hasta son víctimas de violencia de género", resalta.
Según el defensor, a muchas de ellas las contratan para que queden detenidas. "Son una pantalla que sirve para decir que se combate el narcotráfico", denuncia. Todas, asegura, tienen en común el hecho de integrar el último y más débil eslabón de una larga cadena, cuyo comienzo rara vez termina en prisión.
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