Después de la pelea

Por Gabriel Ramonet

Luego de las peores desavenencias, de los mayores desencuentros, de la crispación como forma de convivencia, se impone una necesaria época de reconstrucción de vínculos.

La pregunta es si los fueguinos habremos entrado, o estaremos próximos a ingresar, a una etapa social correspondiente con ese ciclo natural de las relaciones humanas.

i veinte años de historia provincial en común, mi percepción es que hemos manifestado y hecho explícitas todas las formas posibles de diferencia entre sectores.

Hemos fundado instituciones nuevas para, acto seguido, convertirlas en los peores ejemplos de prácticas corruptas, feudales e ineficaces.

Creamos una Justicia “modelo” para luego manipularla, jubilarle los jueces “a la fuerza” y nombrar en su reemplazo a los amigos del poder de turno.

Concebimos una Legislatura pluralista y equidistante del poder central, para después verla funcionar como una caja de intereses espurios, inoperante para generar una legislación de vanguardia y controlar excesos del Ejecutivo.

Votamos gobiernos con proyectos que mutaron a gestiones sin ideas, que mostraron costados autoritarios, o alocados, o impresentables, o soberbios.

Organismos de control con ojos sensibles para detectar hormigas, y con dificultades para ver pasar elefantes blancos. Dirigencias gremiales miopes, incapaces de observar más allá de su propio ombligo. Y una sociedad cómplice por acción o por omisión, no muy lejana, o más bien combinada, con el resto de las descripciones anteriores.

Sin embargo, me asalta la idea (ingenua quizá) de que esta etapa de desencuentros está dando lugar a un período nuevo, en donde nos hemos vuelto un poco más tolerantes y respetuosos de las posiciones contrarias a las nuestras.

Admito que se trata, apenas, de un proceso incipiente y que desde luego no incluye a todos los actores sociales. Pero postulo que existe, y que deber ser profundizado.

Es en los discursos de esta fracción de la clase dirigente donde se puede apreciar cierto aplomo, basado en dos componentes que van casi siempre unidos. Por un lado, la rebeldía de vivir en un lugar donde deberíamos tener el diez por ciento de los problemas que nos aquejan, y por lo tanto el convencimiento de que, forzosamente, tenemos que torcer el rumbo hacia un futuro más promisorio. Por otra parte, la idea ya sugerida, de que nos hemos enojado el tiempo suficiente. De que hemos dado todas las muestras necesarias de carácter. Ya insultamos y defenestramos a todas las posturas que nos parecían alejadas de nuestros principios irrenunciables. Hemos roto todas las relaciones, efectuado todas las denuncias y discutido todos los pareceres.

Si este mínimo pensamiento que postulo, ostenta algún grado de verosimilitud, es parte de esa clase dirigente (políticos, gremialistas, empresarios, periodistas, etc.) la que se está dando cuenta de que nace otro modo posible de relación, distinto y superador del modelo vigente.

La sensación es la misma que opera con posterioridad a una pelea o a una discusión muy subida de tono. Ya se ha dicho todo lo que era posible. Se ha gritado, insultado, descargado viejos rencores e incluso llegado a la violencia como forma impotente de resolución de un conflicto.

Hemos tenido conflictos sociales con heridos y muertos, economías promisorias derrumbadas por medidas equivocadas, deudas que parecían impagables, corrupción de guantes blancos y de bolsillos negros, gobernadores destituidos, esperanza y nuevas frustraciones, honestidad que no resuelve problemas.

Y acá estamos, después de la pelea, mirándonos inmóviles, durante ese extraño período de reflexión que continúa a las peores agitaciones.

Se imponen, entonces, nuevas refundaciones, ya no de los mismos problemas, sino de la forma, de la mirada que tengamos sobre nosotros como parte de una convivencia común, en el sitio que hemos elegido para vivir.

Si algo de todo esto es cierto, la chicana forma parte del pasado. El negocio no es más la diferencia. De aquí en más, gana el que más construye.

Ojalá ganemos todos.

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