EL DÍA DESPUÉS DE LAS JUNTAS

Luego de una jornada de tensión, corridas, gritos, falta de diálogo y provocaciones es necesario hacer un balance. La Legislatura porteña volvió a sufrir ediliciamente este jueves la lucha ideológica que se ha planteado en la política de la Ciudad durante los últimos años. Ya no importa qué se dice sino quién lo dice y esa parece ser suficiente razón para imponer la violencia por sobre la búsqueda de consensos.
La irrupción de Mauricio Macri en la política porteña planteó un nuevo escenario en la ciudad de Buenos Aires, en el cual las fuerzas que venían obteniendo buenos resultados electorales en el distrito aprovecharon para plantear una constante lucha entre el progresismo y la derecha, una pelea ideológica que de a poco comenzó a ganar el PRO: primero en el discurso, luego en las urnas.

Del 2003 en adelante cada tema complejo es motivo de una batalla ideológica entre los progres buenos y el empresario malo, pese a que Macri fue reelecto por más del 60% de los votos en la segunda vuelta que disputó frente al senador kirchnerista Daniel Filmus.

Si bien la gestión del macrismo en la Ciudad no se caracteriza por su contundencia ni por su eficiencia, claro está -por lo menos electoralmente- que los porteños decidieron mayoritariamente darle a Macri otra oportunidad para gobernarlos, ya sea por virtudes propias o defectos ajenos.

La oposición sigue sin hacerse cargo de esta realidad y permanentemente presenta guerras contra "la derecha" que sólo sirven para generar más violencia e incrementar la intolerancia que lamentablemente se ha profundizado en nuestro país durante los últimos años.

Un ejemplo de esto es lo que ocurrió este jueves en la Legislatura porteña. Pese a que se puso en tratamiento un proyecto para modificar el sistema de clasificación docente vigente porque, aunque no lo reconozca prácticamente ningún diputado opositor, está a la vista que no funciona correctamente (prueba irrefutable son las 4.500 titularizaciones que solicitaron al Gobierno los gremios docentes, previo a que se conociera la iniciativa del PRO), el debate no pasó por ese lado.

La lucha dialéctica y en la calle pasó por "hacerle o no el juego a la derecha", por "acusar al PRO de antidemocrático" y por calificar a los diputados que presentaron propuestas alternativas para regular el funcionamiento de las Juntas como "traidores".

Así como es claro que el macrismo no manejó bien la situación desde el comienzo del conflicto entre el Gobierno porteño y los gremios docentes, también es claro que la oposición (incluyo ahí también a los sindicatos) se equivocó de estrategia: no es desde una postura intransigente que se plantean este tipo de problemáticas de cara a una sociedad que necesita más grises, y no tanto blanco y negro.

Mientras algunos diputados intentaban llevar adelante la búsqueda de consensos desde otros sectores se hacía lo posible no sólo para mostrar posiciones absolutas sino también para que la discusión fuera si estaban o no siendo democráticos, siendo que los 60 legisladores que componen la Legislatura tienen la misma legitimidad frente a los porteños, hayan sido o no docentes.

Es absolutamente necesario empezar a escuchar al otro pero sin prejuicios. En un órgano colegiado el énfasis debe estar puesto en qué se dice y no en quién lo dice. Sólo librándonos de este constante conflicto ideológico se logran los consensos necesarios para priorizar el bien común por sobre los intereses particulares.

Si el comienzo de la historia hubiese sido otra, y en este punto las responsabilidades son absolutamente compartidas, el intercambio de opiniones se hubiera logrado en un ámbito de discusión democrática y no en un clima de tensión y violencia que no conduce más que profundizar el divorcio entre la sociedad y la política. Hay que ser generosos y amplios con el otro para poder esperar lo mismo de los demás; y no incentivar la agresión y el odio porque la culpa no la tiene el patrimonio que es de todos ni quienes trabajan todos los días para sostenerlo, sino, a lo sumo, la responsabilidad es de aquellos que por un rato fueron honrados con la función de representar a los habitantes de la Ciudad.

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