La desocupación conspira en Francia contra la integración

La falta de trabajo afecta al 25% de la comunidad de inmigrantes, una tasa superior a la general
PARIS.- El tema se desvanece durante semanas o meses hasta que los partidos extremistas se ganan la confianza de un considerable sector del electorado. Con su voto gritan "que se vayan todos". Pero no los políticos: los extranjeros. Reflejo de que la inmigración es uno de los asuntos más sensibles de la sociedad francesa, y que en estos días donde la crisis empieza a golpear, con su cuota de cierres y despidos, puede volver a la superficie.

"¿Sabe Francia integrar a todos sus inmigrantes?", dijo un alto funcionario del gobierno de François Hollande, que dialogó con LA NACION a condición de anonimato, durante una visita organizada por la embajada francesa en la Argentina.

"Hace 20 o 30 años la respuesta era sí. Ahora hay cada vez más fenómenos de guetos, de agrupamiento en comunidades entre ellos, con un rechazo por la república francesa."

Lo que cuenta es si se podrá conseguir que esa respuesta vuelva a ser afirmativa, que los extranjeros se alcancen a integrar. Porque son más de ocho millones los inmigrantes en Francia, la mayoría de origen musulmán. El primero en llegar suele ser un hombre soltero, que al levantar cabeza envía dinero a su familia y comienza a devolver los tres, cuatro o cinco mil euros que adeuda por la travesía clandestina. Allí fueron invertidos los ahorros familiares o los del pueblo de origen. Una empresa colectiva con final feliz.

"El otorgamiento de la nacionalidad depende del proceso de integración, de cumplir criterios como el respeto por las mujeres y por otras religiones", señaló el funcionario, y subrayó que el año pasado se prohibió el uso en las calles de la burka, o velo integral, usada en otras culturas, pero que el mundo recuerda como marca registrada de los talibanes.

Quizá la imagen de la burka revoloteó en la memoria del 18% del electorado que en mayo votó por la ultraderecha del Frente Nacional, para las elecciones presidenciales que ganó el socialista Hollande. Ellos, los maridos de las mujeres de la burka, dejan a los franceses sin trabajo, dirían. Pero el desempleo es más alto entre los extranjeros (25%) que en el conjunto de la población (10%). Es decir, los más afectados son los propios inmigrantes.

"Unos 20.000 o 30.000 extranjeros llegan a Francia a trabajar todos los años. Ahora bien: no son esos asalariados los que crean el problema del empleo en Francia. Pero la extrema derecha se lo atribuye a eso", dijo el funcionario.

Otras fuentes consultadas dudaron, pero al final aceptaron la palabra "gueto" para definir el encierro al que se someten los inmigrantes. Obligados por razones de costos a residir en suburbios sin escuelas, hospitales o transportes eficientes, los extranjeros deben hacer esfuerzos sobrehumanos para salir adelante. Para muchos, literalmente, sólo Alá puede ayudarlos.

"Yo estoy por la integración, no por la separación de las razas", dijo a LA NACION el músico argelino Kamal Hamadi, una celebridad entre los árabes residentes en Francia. Hamadi no quiere hablar de religión, ni de la suya ni de ninguna. Para él, un artista de larga trayectoria que se siente ciudadano del mundo, "la religión está en el corazón".

SALIR DEL GUETO

Otros, en vez del corazón, llevan la religión a flor de piel. El sueño es salir del gueto y subir en la escala social. Pero la desocupación y el aislamiento dejan a los marginales a merced del llamado de sirena del islam más radical. Así, son incitados a rechazar de plano un orden social que no les da cabida.

Cada vez más a menudo, incluso musulmanes nacidos en Francia, enarbolan en marchas y desfiles banderas de los países de sus padres o de sus abuelos.

Tal es el llamado en sitios como las ciudades hermanas de Clichy-sous-Bois y Montfermeil, en las afueras de París. A pesar de un notable trabajo de urbanización, que, desde hace cuatro años, está derribando desvencijados e impersonales monoblocks, reemplazados por edificios modernos y confortables, los miles de residentes musulmanes se ven tentados a rechazar los intentos de inclusión en el grueso de la sociedad. Les faltan incentivos.

La zona no ofrece trabajo y viajar en transporte público a las ciudades vecinas es una odisea de dos horas para cubrir una distancia de 15 kilómetros. Desde esas dos ciudades surgió la revuelta que, en 2005, fue noticia mundial por el incendio sistemático de automóviles en las calles de varias ciudades de Francia, en protesta contra el estado de abandono de las poblaciones de la periferia.

Otro funcionario del gobierno francés señaló a quién le corresponde mover la próxima ficha para que todos tengan su lugar: "El islam es una parte importante de la sociedad que a veces puede inquietar a los franceses. El desafío de Francia hoy es hacerse aceptar".

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