El país tiene 52 millones de pobres, la mitad de sus habitantes. Pero apenas once mexicanos reúnen 10% del PBI.
Claro que no todo es color de rosas: de otro lado, el 48% de la Población Económicamente Activa gana entre dos y tres salarios mínimos, unos 450 dólares al mes. Y si bien el desempleo es de 4,9% en lo que va del año, la economía registra 60% de trabajo informal, que no paga impuestos y carece de cobertura social. Con 52 millones de pobres sobre 112 millones de habitantes, México es un ejemplo gigante de las desigualdades y de que, como en todos los países de la región, la clave está en la distribución de la riqueza, el “derrame” que nunca llega: los 11 mexicanos en el ranking de millonarios de la revista Forbes, atesoraron una fortuna de US$ 112.300 millones el año pasado, 10% del PBI del país.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) dice que la desigualdad en México es la segunda más alta entre los integrantes del organismo, sólo detrás de Chile: el ingreso de 10% de los hogares más ricos es 26 veces el del 10% de los mas pobres. Es la diferencia entre Carlos Slim –el hombre más rico del mundo con una fortuna de US$ 70.000 millones– y Adalberto Muñoz, que saca 10 dólares por día vendiendo jugos y tamales en la calle Héroes de Granaditas, en Tepito.
O la que hay entre Carmen y Slim, a quien el multimillonario le paga como mesera en uno de sus negocios –las tiendas Sanborns– un salario de US$ 110, que rellena con las propinas que le dejan los parroquianos. Con esta realidad deberá lidiar el presidente que gane el domingo, cuando se instale en Los Pinos a partir del primero de diciembre. Es que ahora hay casi 15 millones de pobres más que en 2000, cuando el Partido Revolucionario Institucional dejó el poder tras 70 años, según el Centro de Investigación en Economía del Tecnológico de Monterrey.
Entre esos pobres está Leonel, que deambula por Tepito con un carro lleno de velas y dos imágenes, que compiten en tamaño: la virgen de Guadalupe, patrona de los mexicanos, y “la flaca”, o Santa Muerte, con su cuerpo esquelético y la guadaña, adorada por estos barrios. “¿Votar? Y sí, habrá que hacerlo, pero todos son iguales. Lo único que queda es encomendarnos a estas”, dice, cabeceando hacia las imágenes.

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