Por Osvaldo PepeEn los últimos 40 años, desde que en la Argentina crujió el Estado de Bienestar cuya matriz fue organizada en las dos primeras gestiones del peronismo, tanto en gobiernos civiles como en dictaduras militares, con distintos modelos económicos en aplicación, con administraciones neoliberales o proestatistas, una variable quedó fuera de control.
El último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo dice que la desigualdad es “alta, persistente y se reproduce en un contexto de baja movilidad social”. Advierte que cuando indicadores del desarrollo humano se cruzan con los de la desigualdad, aquellos disminuyen entre 6% y 19%. Y que ésta se transmite de generación en generación.
En otras palabras, los frutos del crecimiento económico, comunes en los últimos años en los países más protagónicos de la región, Argentina entre ellos, no están llegando fluidamente a la gente. Políticas acertadas, como la asignación universal por hijo, han sido de reparación y no de promoción social, en palabras de la propia Presidenta. Necesarias y valiosas, pero insuficientes.
Aún en distritos prósperos, como la Capital, el 30,7% de sus habitantes no cubre la canasta de pobreza (El 30,7% de los porteños ya no puede cubrir la canasta familiar). Y según datos del INDEC del cuarto trimestre de 2009, los más ricos ganaron 23,5 veces más que los pobres. En el cuarto trimestre de 2008 la diferencia era de 23 veces. Y en el primero de 2010 saltó a 23,8 veces. Las oscilaciones, hacia arriba o hacia bajo, no cambian el cuadro general. Todavía hay mucho por hacer.
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