Por: Roberto García.Un enojo de Kirchner con Scioli terminó en el sanatorio. Cristina ya decidió que no insistirá en su intento de seducir a la clase media.
Son interminables las razones que se invocan para descubrir malentendidos entre Scioli y la pareja oficial. Tantos que ya se constituyen en argumentos, sin saberse aún si el arrebato de Néstor estalló por lo que algún lenguaraz le contó que el gobernador hablaba con los intendentes bonaerenses, por el rumoreo de entrevistas con opositores, como Eduardo Duhalde, o por informes de inteligencia sobre encuentros con capitostes del núcleo mediático que el ex presidente hoy cerrilmente odia. La meneada desavenencia económica como motor de la furia quedó postergada en el análisis de las causas: parece que en el caso Telecom no hay diferencias, las dos partes coinciden y actúan en el mismo sentido. Sin descifrarse el motivo, la indignación de Kirchner continuó luego de su represalia pública, hasta mortificó colaboradores cercanos que se apartaron de su estela. Ejemplo, Aníbal Fernández, quien recibió los coscorrones por conciliador y tibio –palabras expurgadas del diccionario oficial–, quizás también porque no atraviesa el mejor momento ante la jerarquía, tanto que más de uno lo imagina con las valijas en la puerta de la jefatura de Gabinete, como si su esposa lo hubiera sorprendido con una amante. No extrañó, para esta especulación, la rencilla posterior entre Fernández y Julio De Vido a propósito de la difusión de una efigie de Cristina, casi un camafeo para la solapa, semejante a las de Evita en los libros o en las libretas de ahorro para escolares, tarea publicitaria del ministro que cuestionó largamente su superior inmediato.
Más allá de los cambios que se anuncian, casi como las lluvias en tiempos de sequía, Scioli aportó lo suyo para aumentar la temperatura e irritar: fue adonde antes no iba (la fiesta de Perfil, por ejemplo), se fotografió con quienes no debía (Macri), no rechazó convites del duhaldismo y se sirvió de los medios del “monopolio” para exponer un pensamiento que hasta un párvulo entiende distinto al de los Kirchner. El mudito comenzó a hablar, de a poco, claro; harto de estar harto. Si alguien quiere creer que este es un juego florentino de las partes, amonestarse entre sí para incrementar la potencia de ambos y de la filiación que los reconoce, debe sin duda equivocarse: son personas que vuelan como las perdices, rasante, más primarias en los conceptos y guiadas sólo por la pretensión de no perder la categoría ganada. Es decir, la preferencia en las encuestas, fin primero y último de los políticos. Por esta reyerta manifiesta se revisa el archivo y aparecen, para Buenos Aires, otros hombres en la competencia: Massa emerge como el más dedicado, a pesar de sus renunciamientos –y de que Néstor le atribuye responsabilidades en algún error últimamente cometido por su consejo–, tambien mejora el precio de su candidatura Francisco de Narváez, aunque continúa con un dilema a cuestas: parece que en la Corte Suprema sólo falta un voto para habilitarlo como posible candidato a la Presidencia de la Nación. Lo que parecía enterrado, se sacude bajo tierra. A su vez, la mansa indocilidad de Scioli se transformó en una preocupación para el matrimonio: no parecen dispuestos a recibirlo en la intimidad y resolver juntos las cuitas; prefieren en apariencia conservarlo en aislamiento silencioso, como castigo, aunque han empezado a temer por las luciérnagas que le titilan al gobernador indicándole que hay otra vida fuera del kirchnerismo y con un premio superior (como curiosidad, habría que consignar la urticaria, picazones y desprendimientos de placas que, en un personaje arrollador como Néstor Kirchner, le provocan figuras opuestas, insípidas y prudentes, tibias y conciliadoras –según desprecia su índex– como Scioli, como alguna vez fue Julio Cobos o Martín Redrado. Al decir de un conocedor, a la pareja le cuesta enfrentar lo que se conoce como “mosquitas muertas”).
Si hay dudas en la Meca por estos conflictos, en cambio ya disiparon estrategias para el futuro. Lo dijo Cristina sin reservas, hablando a favor de los morochos y, como si fuera D’Elía, cuestionando a los rubios que no la comprenden (en rigor, que no la votan). Se quejó sin precisarlo de esa clase media que representan los jubilados y docentes de la Avenida Rivadavia, más críticos del Gobierno quizás que los habitantes de la Recoleta. A ese sector social le imputó volubilidad, volatilidad, veleidades, casi repitiendo palabras que el brigadier Lami Dozo o el almirante Massera dijeron cuando fueron juzgados. También ellos se sentían incomprendidos.







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