En el barrio de Montmartre, sitio preferido de los artistas y hoy colmado de inmigrantes, un inmenso portón de chapa oculta una realidad que está lejos del glamour de París.
Con la crisis, el número de raciones de alimentos aumentó un 50% en los últimos dos años, señala Alain Chetaille, un jubilado que pilotea este centro que es financiado gracias a la cooperación de la UE y también del gobierno francés.
Por aquí se ven mujeres con cochecitos, gente mayor y también algunos jóvenes que no tienen empleo. Para acceder al beneficio hay que tener una entrevista previa y, si se comprueba que no tienen recursos, se les otorga una libreta.
Loïc Vauvert se lleva en su mochila un poco de harina, fideos, aceite, azúcar, capelletis y desodorante. No tiene trabajo hace un año y medio y vive en una habitación, gracias a que el Estado le ayuda a pagar el alquiler. Por primera vez acude a Secours Populaire. “Es duro venir aquí...no es fácil”, dice Loïc, pero admite que no le queda otra salida.
En Francia hay un 9,3% de desocupación, unas 2,77 millones de personas que buscan empleo y el gobierno de Nicolas Sarkozy ha recortado miles de puestos de trabajo estatales. El economista Luis Miotti destaca que en este país “el sistema de Estado de bienestar que todavía queda es extremadamente poderoso” Y que esto aún sirve de “colchón amortiguador” para que la crisis no se sienta tanto como en otros países.
Sin embargo, hay gente en Francia que pelea por no caerse del sistema. Es el caso de Sarah Funel, de 30 años, que está esperando su primera hija dentro de unos meses y no consigue trabajo. En una entrevista por mail -no quiso ser entrevistada personalmente, ante la cámara- cuenta que trabajó hasta julio en la rama francesa de una editorial canadiense de libros para niños y adolescentes. Pero la empresa decidió cerrar la sucursal en Francia y la despidieron. “Cuando me echaron seguí con algunas traducciones pero estoy buscando algo fijo”, dice, y cuenta que no tiene éxito. “Todos mis amigos que buscan un trabajo no encuentran nada”, señala y agrega que “los empleadores buscan perfiles con demasiados títulos universitarios para puestos que no necesitan tantas calificaciones”.
Los que más sufren la desocupación -como en toda Europa- son los jóvenes. En el barrio de la Bastilla, en el corazón de París, Julie Moriceau, de 29 años, cuenta sus dificultades para encontrar empleo. “Tardé tres años en encontrar trabajo. Fue muy complicado”. Steve Conjaud, un maestro de 29 años, señala: “Para los jóvenes es cada vez más duro”.
Si esto sucede en el corazón de París, en la periferia la situación es aún más difícil. En Clichy-sous-Bois, en la banlieue parisina, los jóvenes toman fresco sentados en la vereda. Este lugar, de unos 30.000 habitantes, fue epicentro de la violencia social en 2005, con quema de coches y duros enfrentamientos con la policía. Ahora hay toque de queda para los jóvenes y una marea de patrulleros cuida el lugar de noche. “Para la comisaría, no hay más crisis”, dice Roudani Driss, un pizzero de origen marroquí que dice que las ventas han bajado notablemente.
Ahmed Loukil, otro comerciante de la zona, se resigna. “Es siempre el mismo gobierno. Todo sigue igual. Es la miseria para los que viven acá”.

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