Por Roberto GarcíaSe sintió acosado desde los episodios del Parque Indoamericano. Empezó a revelar información como último recurso.
Vivir al límite. Sergio Schoklender y Amado Boudou.
Sorprende que una sola persona –detestada o sin la simpatía de la gran mayoría de la población–, sin asistencias externas ni respaldos, haya sacudido al Gobierno como no lo hizo hasta ahora el arco opositor, constituido por partidos o agrupaciones invertebradas, raquíticas y, sobre todo, deshabitadas. Pero razonablemente alimentadas. Con mucho menos, Sergio Schoklender conmueve al Gobierno, al menos lo deja mudo y, aunque es hábil declarante, expuso más información que palabras. Al revés del narcisismo político que se indigesta con la grandilocuencia oral. Aparte de la evidencia probatoria, el denunciante demuestra que no hay enemigos menores, que de existir una oposición, ésta surgirá del propio seno del oficialismo, y que la credibilidad hegemónica cristinista se puede evaporar con un papirotazo. Y que esa fidelidad tan consagrada en el Gobierno, tan exigida por Néstor Kirchner, es una condición esquiva al poder y al dinero. También, claro, otra comprobación ingrata al pregón de la Casa Rosada: Clarín puede menos de lo que se dijo como rival, al menos si se lo compara con una garganta profunda como la de Schoklender.
Breve: al ahora revulsivo ex administrador de las Madres se le desmoronó la confianza presidencial luego de los luctuosos episodios de la ocupación del porteño Parque Indoamericano, donde participaron grupos que no estaban precisamente desocupados. Estallaron reclamos, fraudes, cruces, alguien sostuvo que Ella le sugirió a Hebe de Bonafini que se desprendiera de Schoklender. Un desgarro inicial, luego, la guerra. Imputado por felonías varias, el “hijo adoptivo” de las Madres dio batalla, enlodó al Instituto o senaló obvias manchas de humedad por un desaliño y falta de profesionalidad en los cuales él también incurría. Pero no imaginó una condena común por esa administración, se sospechó como único chivo expiatorio y, antes de que eventualmente lo encarcelaran, se dispuso a no quedarse solo en el patíbulo. Nadie como él, como cualquier ex presidiario, sabe que desde la cárcel no se habla; por lo tanto, se anticipó a las contingencias y, apelando a los medios y al Congreso, desnudó anomalías, presuntos delitos, la inconsistencia estatal, en suma, por beneficiar a un organismo que se desarrolló en el sector privado. Peligrosas debilidades de quien no se impone controles a sí mismo, ni permite que otros lo hagan.
Al margen de los fondos malversados, perdidos, la lengua de Schoklender reveló otros detalles que, aun sabiéndolos, nadie se atrevía a precisar. Y él, según los trascendidos, hasta aportó evidencias (en su entorno afirman que le resta, aún, una colección de pruebas). Por ejemplo, la desviación de recursos para solventar “sobresueldos” de funcionarios, gastos personales, propaganda política y hasta cobertura económica para encuestadores de nítido favorecimiento al Gobierno. No parece esa, claro, la función de las Madres. Menos que, en esta batalla interna, apareciera un jerarca de la SIDE (Fernando Pocino) garantizándole la libertad –según Schoklender– si cerraba el pico y no complicaba más al Gobierno y a la Bonafini. Por supuesto, ambos concedían como descontado que el juez Norberto Oyarbide iba a proceder según lo que instruyera el capataz de los espías. De ahí que el sospechado magistrado hoy parece algo deprimido por la derivación de los acontecimientos.
Tambien aludió Schoklender a presuntas coimas en el área de Vivienda, a cargo de José López. Repitió lo que varios kirchneristas sostenían bajo otros gobiernos, imputando sociedades corruptas entre esas autoridades y la patria prebendaria. Luego, no volvieron a refrescar esos conceptos;lo hace ahora el denunciante porque no ignora que López es un preferido de Cristina –lo era también de su marido–, a quien llegaron a elogiar en público en una alabanza poco frecuente. Fue su tutor Julio De Vido quien reaccionó ante la carga –en cualquier momento sale un comunicado en el mismo sentido de la Cámara de la Construcción– denostando al autor y preocupado porque ciertos poderes (el Legislativo) quieren avanzar sobre el Judicial al que tanto aprecia. Más o menos la misma inquietud de Schoklender, quien jura que sus denuncias pretenden un equilibrio del sistema para que una monarquía no se imponga sobre la democracia. Una suerte para los ciudadanos que haya figuras de estas características velando por la estabilidad institucional.
Del mismo modo que vale apreciar la consideración de Aníbal Fernández, que afirmó que eran locos quienes escuchaban a un desorbitado como Schoklender, olvidándose de la calificacion que le corresponde a su Gobierno por haberle girado tanto dinero a un lunático. Casi una parodia, como la del abogado Eduardo Barcesat, quien ahora habla de “parricida” para describir ciertamente a Schoklender –antes debía considerar un agravio a los derechos humanos esa utilización semántica–, quizás porque éste puntualizó los haberes del letrado en la Fundación y en simultáneo su actividad para el Gobierno. Cada episodio de estos, sin duda, supone un agujero negro gigantesco. Nadie conoce la evolución de este proceso, sí que ha cambiado –por obra de uno de los gestores– el relato que se había fundado entre el Gobierno y las Madres.
Tal vez por esa razón no se entiende el imperativo de silencio que impusieron los diputados para que no se conocieran textualmente las declaraciones de Schoklender en la Cámara, como si aplicar un cerrojo sirviera para contener el vendaval del denunciante, el mismo que era odiado por un sector que ahora –con vergüenza– parece entusiasmarse con su discurso.









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