El reconocido hacedor de vinos Walter Bressia, festejando el 10° aniversario de sus vinos, analiza la última década de la vitivinicultura en el país. Cómo cambió la filosofía de las bodegas, la conquista de los mercados internacionales y la continua necesidad de seducir al consumidor, quien tiene el poder de decisión.
En tierras de Agrelo, distintivas por viñedos que dan vida a vinos de gran calidad, en un mediodía de trabajo, con sabor a viernes y a un Lágrima Canela Chardonnay recién descorchado, Walter se dispuso a conversar con Club House sobre estos diez años pasados de vinos y bodega propia, pero también, de esta postrera década vitivinícola argentina.
Para entender el última y más reciente fragmento de la historia, nos fuimos un poco más de diez años atrás… En los años 80, Walter Bressia fue uno de los primeros enólogos argentinos que tuvo oportunidad de vivenciar lo que ocurría en materia de vinos en el exterior. Estuvo en Burdeos donde, “el furor y el interés por seducir a los consumidores que vivimos hace poco más de diez años en Argentina ya se experimentaba en Francia a mediados de los 80”. Según afirma.
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Luego, en los años 90, a partir de que las bodegas se enfrentan con la calidad de los vinos internacionales, gracias a los viajes y a la llegada de expertos extranjeros que enseñaran técnicas modernas, se amplían los horizontes más allá del mercado interno, se inicia una época de re interpretación de la vitivinicultura argentina y de análisis del contexto internacional.
“Comenzamos a preguntarnos cómo debía proyectarse Argentina en el exterior, qué sucedía con el estilo de vinos que elaborábamos hasta el momento y cuánto se necesitaba crecer en calidad. Habíamos convivido con la idea de que el consumidor debía adaptarse a la propuesta de nuestras bodegas, pensamiento respaldado durante largo tiempo por un consumo altísimo de 90 litros per capita, entre otros aspectos culturales”.
El quiebre se produjo cuando el mercado interno comenzó a declinar, e irrumpieron otro tipo de bebidas en las mesas de los argentinos. Las bodegas debieron salir a buscar nuevos mercados. ¿Qué cambios trajo esta situación en el vino argentino?
La apertura y posibilidad de compararnos con vinos de otros orígenes, referentes de lo que llamamos “calidad internacional”, generó un cambio de mentalidad en el ámbito de las bodegas, nos dimos cuenta que no tenía sentido hacer un vino para Argentina y otro para afuera, que era más criterioso elaborar un solo estilo de vino actualizado, moderno, que pudiese ser reconocido por el consumidor mundial.
Por otro lado, cuando los argentinos comenzaron a consumir vinos con este cambio cualitativo, no quisieron volver más al vino anterior. Esto favoreció al consumidor nacional, quien empezó a notar diferencias, a aprender y a demandar vinos de alta gama.
Otro cambio importante fue que las bodegas notaron la necesidad de movilizarse hacia los centros de consumo a presentar a sus vinos, a darle la palabra a quienes los elaboran para enseñar y capacitar a distribuidores, vendedores, al periodismo especializado y al consumidor.
Cambiaron los vinos y nació una nueva cultura de su consumo...
Hoy es el consumidor quien, después de estos años de aprendizaje, de experimentar y probar distintos estilos y rangos de vino, de poder comparar vinos de distintas zonas, varietales diferentes, caldos argentinos vs. extranjeros, está exigiendo cada vez más a las bodegas.
El consumidor de hoy no está atado a una marca, como antes cuando se bebía continuando una tradición… El hijo tomaba la misma marca de vino que el padre y que el abuelo. Hoy, en cambio, las alternativas son muchísimas, los criterios de selección son amplios, el poder de decisión es fuerte y lo tiene el consumidor. Desde las bodegas no podemos hacer otra cosa que sorprenderlo.
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¿Por qué es difícil el mercado interno y numerosos bodegueros prefieren evitar el dolor de cabeza y dedicarse fundamentalmente a la exportación? O, al menos, así lo era hasta hace un tiempo…
Luego del cambio de mentalidad y de entender que había que elaborar vinos de calidad internacional tanto para consumir internamente como para competir en el extranjero, se fue logrando una oferta de vinos muy amplia, de altísimo nivel y de muy buena relación precio calidad. Tanto es así que, por ejemplo, los consumidores argentinos están acostumbrados a tomar vinos de excelentísima calidad de forma frecuente mientras que, en otros países esto es algo privativo para la mayoría.
Por otro lado, hoy el mercado interno está difícil y muy competitivo porque, debido a la estabilización de la paridad cambiaria, al aumento de los costos internos, al valor excesivo y a la restricción de los insumos importados, como las barricas; vinos del segmento masivo, como los de U$S 4 la botella, hoy están volviendo porque no cubren los costos para ser exportados. Hay una sobre oferta porque estas botellas están peleando un lugar aquí.
¿Esta situación de saturación del mercado, propicia una competencia desleal?
La competencia es feroz en estos segmentos, no diría desleal pero si despareja.
Los costos que tienen las bodegas no guardan relación con los precios que el mercado impone, hay una devaluación del precio de los vinos en el segmento masivo.
Además cada bodega hace su propio negocio, las grandes tienen mayor cintura para negociar y soportan más que las chicas. Tienden a bajar tanto los precios en la plaza que muchas bodegas de menor estructura financiera se quedan afuera.
¿Dijiste que las bodegas debieron salir a los centros de consumo… Porqué Mendoza parece no ser tenida en cuenta? ¿Esto ha cambiado últimamente?
En mi opinión, el mendocino muchas veces se muestra soberbio, considera que siempre toma el mejor vino al precio más barato. Los consumidores de otros centros conocen más y están más abiertos a probar propuestas diferentes.
Creo que tiene que ver con una cuestión cultural también, el mendocino que siempre estuvo vinculado a la tierra es muy conservador y precavido en cuanto al ahorro. Es una cultura heredada, siempre cuando hubo buena cosecha una parte se guardó por si a futuro las condiciones no eran favorables.
Los mendocinos, en general, debemos entender que somos embajadores del vino y que debemos conocer más y abrirnos a nuevas experiencias con el vino.
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¿El consumidor en general sigue eligiendo vinos por snobismo o ha cambiado?
Creo que el vino pasó de ser una cuestión de moda, para afianzarse como un tema cultural. Hoy el consumidor tiene conocimiento, elige y sabe lo que quiere, ha madurado.
¿Esta idea de abrirnos a la novedad que pueden plantearnos ciertos vinos, guarda relación con tu decisión de elaborar Cabernet Franc y Pinot Noir?
Sí y también porque creo que Argentina no es solo Malbec y Torrontés. Tenemos un espectro muy amplio de suelo y climas, podemos madurar muy bien las uvas, elegir el momento de cosecha, algo que no se puede hacer en todas las regiones de vinos del mundo. Por esto, tenemos posibilidades de abrirnos a otras variedades, tenemos tecnología, conocimiento, hay que animarse a cosas diferentes. El Cabernet Franc nos puede dar muchas satisfacciones desde Agrelo al Valle de Uco mientras que, me gusta pensar en un Pinot Noir con una impronta argentina. A las bodegas aún nos queda un camino muy extenso por recorrer.
Hasta el momento existía un Vicepresidente de Bodegas de Argentina por cada una de las cinco regiones vitivinícolas del país. Salta, La Rioja, San Juan, Mendoza y Neuquén, hace poco más de un mes se sumaron a este rango las zonas de Luján y Maipú, San Rafael, el Este y el Valle de Uco. Walter Bressia fue electo vicepresidente de Bodegas de Argentina para Luján y Maipú. ¿Qué desafíos te presenta este nuevo rol?
Me siento honrado, siempre desarrollé mi actividad profesional en Luján por lo que conozco mucho la zona y también Maipú, estoy al tanto de las necesidades en relación a sus características vitícolas, pero más aún de la problemática en cuanto a infraestructura respecta, y de los aspectos que tienen que ver con ser parte de los caminos del vino que está desarrollando Bodegas de Argentina, por lo que es un desafío muy importante estar en este rol.
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¿Así como decís que los años 90 fueron de re interpretación de la vitivinicultura argentina con miras al exterior, cuál crees que es el pensamiento actual?
A pesar de este momento coyuntural particular que estamos viviendo, en donde están muy acotadas las exportaciones, creo que el pensamiento tendría que ser no perder los mercados logrados y seguir creciendo en calidad.
A la industria le ha llevado más de diez años lograr la confianza del cliente del exterior, que no seamos proveedores con altos y bajos, en esto se ha venido trabajando, hoy se nos reconoce el logro.
Hay que seguir participando en los mercados externos, se ha hecho mucha inversión en viñedos nuevos que hoy están en producción para abastecer la demanda internacional, volver a la vitivinicultura de los 80 sería nefasto, no habría posibilidad de colocar toda esa cantidad de vinos para consumo de los argentinos.
¿Han aparecido nuevos mercados internacionales para los vinos argentinos?
EEUU sigue siendo el mercado mayor, están enamorados de nuestros vinos, luego Asia se presenta como una gran oportunidad; en Latinoamérica: Brasil sigue al frente, como novedad Panamá y El Caribe son mercados que muestran gran interés por nuestros vinos.
Para el sorbo final… ¿Qué balance harías de los 10 años de Bressia?
Un balance muy positivo. Hemos podido armar una empresa y generar fuentes de trabajo para mis hijos y la gente que nos acompaña. Es muy satisfactorio haber realizado este emprendimiento familiar y terminar la bodega sin deudas, a costa de nuestro propio esfuerzo.
También, que la marca sea reconocida y que la impronta de nuestros vinos ligada a la marca sea tan fuerte es de gran satisfacción.
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