Desamparados

Las declaraciones del titular de la Jefatura Interior Sur de la Policía Bonaerense, Abel Maggi, en el sentido de que el delito en Mar del Plata ha disminuido un 50%, cayeron bastante mal. Fue un intento burdo y exigido por el intendente Gustavo Pulti de enmendarle la plana al ex jefe departamental Fabián Perroni, quien había reconocido, en diálogo con N&P y otros medios, que la delincuencia va en aumento en la ciudad, pese al fuerte accionar policial.
Las respuestas no se hicieron esperar: fueron brutales, como corresponde a semejante dislate. A diario nos matan, nos roban, nos saquean a los marplatenses. Tal como se suele decir, no es cierto que no haya pena de muerte en la Argentina, sólo que la aplican los delincuentes. La relación entre Perroni y el intendente era tensa. Habían discutido fuerte por lo menos dos veces. Perroni no le contestaba el teléfono a GAP, y cuando éste buscó por intermedio de Maggi imponer una línea de subordinación, la respuesta fue “yo ya no hablo con el intendente”.

Todo sumaba a la situación: reducción de la cantidad de combustible aportado por el municipio para las patrullas; 45 unidades nuevas que no tienen el correlato con la necesidad de la policía en la ciudad. Y todo por el capricho de Pulti de dejar sin elementos a un policía que no le lamía las botas. Pulti miente, es un hábito que ya lo supera. Miente cuando le dice al periodista Gustavo Carabajal, del diario La Nación, que destina $3.500.000 por año a combustible para patrullaje. Miente cuando dice que las demoras en instalar el sistema de video vigilancia es por las complejidades en el proceso licitatorio. Porque no sólo en materia de video vigilancia hay retrasos inexplicables: no hay GPS en los taxis, la partida de Nextel es un misterio en cuanto a su uso y destino, no hay mamparas de seguridad. No hay nada de nada. A Pulti los muertos, los vejados, los torturados, le interesan poco y nada. Cuando dice “siempre atendí a las víctimas”, también miente. Atender a las víctimas significa ocuparse, entre otras cuestiones, de que no haya más víctimas. Y ya harto sabemos lo que pasa.

En la última payasada mediática, César Ventimiglia mostraba oficina con computadoras ya conectadas y a un grupo de personas que, según se dijo, recibían entrenamiento en video vigilancia. No obstante, adujo que el sistema no se puede poner en marcha porque los propietarios del edificio “Demetrio Elíades” (Havanna) piden $10.000 por mes de alquiler, cifra que escaparía al presupuesto municipal. Lo dice un sujeto que por ocupar una función pública que no retribuye en actos concretos, cobra algo más de $14.000 por mes.

Una ayuda a tanta incapacidad: prueben de instalar la antena que genera la conectividad del sistema en la torre tanque de Obras Sanitarias, el punto más alto de la ciudad. Podrían lograrlo sin pagar alquiler alguno. Pero resulta que en vez de resolver, mienten, porque adjudicarle a la voracidad del consorcio en cuestión la culpabilidad de la no puesta en marcha de un sistema que ya lleva cinco años de atraso, es mendaz y vil. No sólo de ausencia de seguridad es el desamparo.

La falta de articulación en ambulancias es otro drama. El remisero baleado en las piernas el viernes 8 de junio, Roberto Leterk, fue conducido por un compañero suyo, ya que pasaban los minutos y las ambulancias no llegaban. La respuesta fue: “Acción Marplatense organiza visitas barriales al CEMA”, cuya inauguración, sin embargo, fue postdatada para septiembre. Sigue el relato, entonces, de un poder faccioso que sólo busca satisfacerse a sí mismo. Para los demás, el ciudadano del común, el desamparo.

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