Por: Carlos Pagni.La del mandato que hoy termina es la historia de un derrumbe y una reconstrucción. Ambos fueron sorprendentes. A los tres días de asumir el poder, hace cuatro años, la Presidenta fue acusada desde un tribunal de los Estados Unidos de haber sido la destinataria de los 800.000 dólares que ingresó Guido Antonini Wilson en Aeroparque.
Dos años después de ese último fracaso, Cristina Kirchner reasume el gobierno con un contundente respaldo popular. Obtuvo el 54% de los votos, controla el Congreso y cuenta con la fidelidad de 21 provincias. Esa masa de poder, llamativa por su volumen, se vuelve sorprendente a la luz de aquella secuencia. No es difícil encontrar gobiernos que se asienten sobre un consenso mayoritario. Pero es muy extraño dar con uno que consigue semejante suceso después de una caída catastrófica. Lo que sucederá hoy no debe su rareza a la dimensión, sino a la genética del éxito alcanzado. La Presidenta no ha conservado el poder. Lo ha recuperado.
¿Cómo se explica esa regeneración? La respuesta está condicionada, como siempre, por el punto de vista. Quienes rivalizan con el Gobierno, o lo observan desde una distancia crítica, enfatizan motivos impersonales, ajenos a la acción del oficialismo.
Uno de ellos ha sido la reactivación económica, que sucedió a la reducción de tres puntos del PBI del año 2009. El sagaz Pablo Gerchunoff sostiene que el kirchnerismo debería estar agradecido a esa retracción. Es verdad que influyó en la derrota legislativa, tal vez más de lo que lo advirtió la oposición. Pero sin aquel enfriamiento, el ajuste obligado de estos días debería haberse realizado hace un año.
La desaceleración de 2009 presta otro servicio al oficialismo. Es un término de comparación muy ventajoso. Frente a él, la economía no ha hecho más que mejorar. Si, en cambio, se confrontaran los indicadores actuales con los del año 2007, se advertiría que el segundo kirchnerismo es menos confortable que el primero. Disminuyó la creación de empleo, las ventas cayeron y la inflación se disparó. El repunte de estos dos años disfraza el deterioro de los últimos cuatro.
La muerte de Kirchner
El otro factor que, para muchas opiniones opositoras o independientes, explica la recuperación oficial es la muerte de Néstor Kirchner. No sólo porque cargaba al Gobierno con el peso de su imagen negativa. Kirchner reformuló al kirchnerismo durante la presidencia de su esposa. Lo llevó a batallas costosísimas, muchas veces incomprensibles, y lo replegó hacia la frontera del PJ. Contra lo que prometían sus auspiciantes iniciales -el más notorio fue Alberto Fernández-, durante el período que finaliza esta mañana el oficialismo perdió porosidad, se encerró en su monolengua. Los esfuerzos de su viuda por reparar ese empobrecimiento son evidentes: desde hace un año selecciona con extraordinaria cautela los conflictos, e intenta una renovación de personal que enfurece a muchos de los suyos. Esas tareas están también en la raíz de la revitalización oficial, a pesar de quienes sobrestiman las determinaciones económicas.
La Presidenta, como es lógico, atribuye su éxito a otro tipo de razones. Es importante identificarlas: como ella seguirá gobernando, intentará que los factores a los que atribuye su éxito mantengan su vigencia.
Si se repasan las palabras de la señora de Kirchner, en especial las del día de las elecciones, se advertirá que ella imputa su victoria a un motivo principal: la voluntad. Las palabras de esa noche fueron un homenaje al valor de la obstinación, virtud que el oficialismo personificaba en Kirchner. El ex presidente no pasó por la vida como un jefe voraz que pagó con la pérdida de creatividad la ansiedad por concentrar el poder, sino que fue un militante altruista, capaz de morir por una causa.
Esta forma de entender la política se expresa en una exaltación épica. Ejercer el poder es estar en conflicto. El éxito es, siempre, hijo de la lucha. Para los protagonistas oficiales, la memoria de estos cuatro años es, sobre todo, la memoria de una contradicción. La Presidenta dedicó su discurso de apertura de sesiones legislativas de 2010, con un Congreso dominado por sus adversarios, a la presentación sinóptica de esa dramática. En la Argentina luchan un país real, donde se registra un justiciero proceso distribucionista, y un país virtual, que tergiversa a través de los medios de comunicación la imagen de ese proceso, en beneficio de quienes se ven afectados por él.
La voluntad
Cristina Kirchner está convencida de que ha recuperado el poder gracias a dos iniciativas que son el signo de su primer mandato: el entredicho con una prensa a la que se propone desenmascarar en su pretendida independencia, y la intervención estatal sobre la economía. Estas son las manifestaciones más contundentes de eso que llama "la voluntad". A esto se refiere la reivindicación de la política. La ley de medios audiovisuales y la estatización del sistema previsional -permitió, entre otras cosas, el establecimiento de la Asignación Universal por Hijo- son las dos armas preciosas que posibilitaron la coronación del "país real" sobre el "virtual".
El conflicto con la prensa expresa, en su pretensión de dominar la subjetividad de los ciudadanos, una regresión política del kirchnerismo, sobre todo porque se sirve de un dispositivo autoritario: el uso faccioso de la bandera de los derechos humanos como coartada de persecuciones ad hóminem. La intervención deliberada del Gobierno en la economía fue vital para inducir a una ola de consumo. El desaliento al ahorro -a través de una tasa de interés que se mantiene siempre por debajo de la tasa de inflación-, el aumento sistemático del salario real, el retraso cambiario, la emisión monetaria, el creciente gasto público y el congelamiento de las tarifas compusieron una ecuación deliberada que explica la reanimación de la actividad económica. El kirchnerismo potenció la fase ascendente del ciclo con sus propias decisiones expansivas.
La gestión de Cristina Kirchner, así como no significó una liberalización política, tampoco representó un giro hacia el mercado. También aquí los predicadores de un comienzo quedaron desmentidos. Los últimos cuatro años han sido los de un avance del sector público sobre la vida privada. La voluntad que ha imperado ha sido una voluntad Estado-céntrica.
Ese ciclo llegó a un límite. El contexto presenta restricciones cada vez menos dóciles. Y la tormenta internacional las refuerza. ¿Hasta dónde el Gobierno lo registra? La Presidenta seduce al empresariado en busca de inversiones, ajusta las cuentas del Tesoro extendiendo los impuestos, y contiene a los sindicatos en la carrera salarial. Son señales. Pero no llegan a despejar la incógnita: si, instalada hoy en la espléndida soledad de un poder sin fronteras, Cristina Kirchner detecta los límites que desafían su optimismo de la voluntad.





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