Cuando el polémico y ¿ex transgresor? Charly García componía allá por el año 1984 la canción "Raros peinados nuevos", difícilmente pudo imaginar que con el correr de los años aquellos raros peinados que respiraban los primeros aires de la democracia se irían convirtiendo en las nuevas prácticas sociales y culturales que hoy tanto sorprenden.
Hoy es noticia ineludible la media sanción de la Cámara de Diputados para el proyecto de ley que habilita el casamiento entre personas del mismo sexo y es Argentina el primer país de Latinoamérica que lleva ese debate a un parlamento. Los presagios, en este sentido, no son nada alentadores y los argumentos que se levantan en contra del proyecto lapidan el futuro de la familia tradicional.
Pero si hacemos un ejercicio de memoria, encontramos que en 1987 se instalaba en Diputados -en primer término- el debate en torno a la norma de divorcio vincular. Los presagios por aquel entonces fueron tan desalentadores y lapidarios sobre el futuro de la familia tradicional como lo son ahora.
Y si nos vamos aún unos cuantos años más hacia atrás, podemos encontrar, tal vez, la raíz más profunda de la cuestión. En el año 1887 comenzó a debatirse en nuestro país la Ley de Matrimonio Civil que, como tal, fue calificada por la Iglesia -entre otros- como el "torpe y pernicioso concubinato" que provocaría la "destrucción de la familia".
Es decir, los mismos presagios desalentadores y lapidarios, en este caso para una Ley que otorgó al matrimonio efectos jurídicos, con lo cual las parejas que querían casarse por iglesia, tenían que pasar primero por el Registro Civil; y permitió además que parejas de otras religiones reclamaran ante la justicia su derecho a casarse, lo que por aquel entonces llevó a la Argentina a romper relaciones con el Vaticano.
Todo esto no hace más que demostrar que la sociedad argentina y global está en un permanente cambio. Y da la sensación que se prefiere convivir con lo que existe debajo de la alfombra, en lugar de pensar en la institucionalización o legalización.
Ocurre también con otros grandes debates como el régimen penal para menores o las iniciativas para regular las prácticas del aborto. O, sin ir más lejos, las insólitas andanzas de los adolescentes en un mundo globalizado y atravesado por el acceso a los nuevos mundos informáticos que abren puertas que llevan a sitios inexplorados y que generan tanta adrenalina como temor.
Yo me quiero casar...
En el año 1971 Roberto Galán debutaba en TV con el ciclo que se convertiría en un clásico: Yo me quiero casar...y usted? Haciendo gala de sus dotes de cupido el conductor formaba parejas en su programa y las llevaba hasta el altar, en lo que, en cuanto a formato y propuesta televisiva, fue toda una originalidad. El programa tuvo vida hasta mediados de los ‘90, en tanto que Galán falleció cuando corría el año 2000. En el medio aún se lo recuerda. Y en los tiempos que corren muchos afirman que el conductor se hubiera hecho un verdadero "picnic", ahora que el proyecto de ley que habilita al matrimonio homosexual -con todo lo que esto implica, adopción incluida- ya tiene media sanción.
Galán, al igual que lo hacen muchos, se frotaría las manos. Y es que la homosexualidad -al igual que otras tantas cuestiones que aparecen como "raras" o "extrañas" o "bizarras" para la sociedad- da rating. Y el rating no escapa nunca, bajo ningún punto de vista a los intereses políticos. No es casual que semejante debate se imponga en un momento tan particular para el país, que se desangra entre las pulsiones de una batalla sin fin entre oficialismo y oposición, y que ataca, paradójicamente, la posibilidad de pensar diferente o actuar de otra manera, o simplemente elegir esto o aquello según el libre criterio de cada uno.
En semejante contexto, ¿se puede dar tal debate sin caer en argumentos irracionales de tribuna popular? ¿O cómo deberían entenderse entonces, por ejemplo, las declaraciones del diputado provincial José Luis González que aseguró que esta gente (los homosexuales) tienen problemas psicológicos y deben ser tratadas de la cabeza? Pero ojo, que lo dicho por González, aún en lo exacerbado y fuera de todo el protocolo que se espera de un diputado, representa la opinión de muchos.
Que la familia como tal está en crisis no es ninguna novedad y atribuir tal cuestión -como muchos pretenden hacerlo- a la media sanción de un proyecto de ley, sería poco menos que una absurda simplificación.
Ahora bien: pretender que están todas las condiciones dadas como para que la sociedad acepte la institucionalización o legalización de un hecho que sólo en tres países fue admitido como tal (Holanda, Bélgica y España), también puede serlo.
Tal vez si no se frivolizara tanto la cuestión, si no se hiciera una "Tinellización" de la homosexualidad -incluso por parte de quienes tienen esa elección sexual-, probablemente hoy estaríamos hablando de otra cosa.
Por los derechos de todos
Hoy por hoy, el eje del debate son los derechos de una minoría que, como tal, debe ser reconocida. No obstante, surgen cuestiones puntuales y que generan tantos interrogantes como preocupaciones. Y una de esas cuestiones es la adopción.
Más de uno, incluida la Iglesia, por supuesto, puso el grito en el cielo teniendo en cuenta que la posibilidad de que se concrete el matrimonio homosexual, de inmediato habilita a dichas parejas a poder adoptar. Y seguramente que será esto motivo de extensos y necesarios debates.
Ahora bien: de igual manera habría que poner el grito en el cielo si se considerara la interminable espera que cualquier pareja heterosexual, constituida con todas las de la Ley, debe superar con infinita paciencia para llegar al sueño de poder adoptar un niño.
¿No es acaso esto una clara discriminación? ¿Hará algo al respecto el INADI? ¿Y hará algo también en relación a todas y cada una de las cuestiones puntuales y necesarias a la que cualquier sujeto más allá de su género o inclinación sexual no puede acceder, como por ejemplo trabajo y salario digno, vivienda, obra social, herencia, derechos migratorios, régimen patrimonial, etc.?
Vale aquí decir que ninguna ley prohibe la adopción a las personas homosexuales, estén solas o en pareja, ni tampoco les prohibe procrear –muchas lesbianas, por ejemplo, lo hacen mediante fertilización asistida– de modo que ya hay cientos de niños con dos mamás o dos papás. Lo que una persona homosexual no puede hacer, por no poder contraer matrimonio, es coadoptar con su pareja, lo cual no significa que no pueda convivir con el niño o niña y su pareja en el mismo hogar: esas familias ya existen.
Lo que no existe, evidentemente, es el concepto y la pulsión vital de que hay que trabajar por el derecho de todos, y no por el de unos pocos.
Cara de piedra
Al mismo tiempo que el gobernador Luis Beder Herrera gestionaba en Estados Unidos una importante cifra en dólares que se destinaría a Salud y Educación, aquí en La Rioja, y más precisamente en plaza 9 de Julio, más de 600 alumnos participaban de una "rateada" organizada a través de la red social Facebook.
Una nueva modalidad que ya tuvo lugar en provincias como Mendoza, Córdoba o Buenos Aires y que aquí se repetiría -según la nueva convocatoria- el 19 de mayo, un día antes del anivesario de la Provincia, con la consigna de "hablar de más de 400 años de historia y hablar mal -si, leyó bien- de los caudillos riojanos".
En este punto, no es la "rateada" lo que sorprende -no es nada nuevo- sino más bien la institucionalización de la práctica que, en rigor de verdad y sin entrar en demasiados análisis en torno a lo desorientados que suelen estar los adolescentes, desafía y pone en ridículo a las autoridades que, como ocurre casi siempre, van detrás del problema. ¿Y qué decir del rol de los padres? La autoridad primera y de donde debe partir e impartirse la educación es aquí la más cuestionada.
Muchos de los jóvenes y adolescentes que se dieron cita en la 9 de Julio aseguraban sin ningún temor a equivocarse, mucho menos a recibir alguna reprimenda, que sus padres estaban perfectamente al tanto de la "hazaña". Toda una radiografía.


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