Con el riesgo de que alguien, o algunos, se sientan ofendidos creyendo que lo que voy a relatar es un generalización estigmatizante, debo comentar que realicé un viaje a Bolivia, del que alguna vez daré cuenta en detalle por haber sido la experiencia más aterradora de mis últimos 30 años de vida, ya que los 536 kilómetros que separan a la frontera argentina con Santa Cruz de la Sierra, se convirtieron en un rosario de tropiezos, aprietes, coimeadas, estafas, discriminaciones varias, etc., que se coronaron con una estadía (en hotel 5 estrellas, que a la postrer se convertiría en un hotel de quinta) espantosa por el mal servicio, la falta de una infraestructura acorde con su categoría (no hubo agua caliente durante todo un día), entre otros males que justifican la calificación más arriba dada a lo que intentó ser un viaje de descanso. Por supuesto que redacto una carta al Consul boliviano en Jujuy para darle a conocer cada detalle de lo expuesto y solicitar las reparaciones pertinentes.
Llegué a Jujuy y me dedique a redactar el presente editorial para nada más hacer alusión a algunos temas y reflexionar sobre una cuestión que parece ser central en los momentos que vive la Argentina, de crispación social dirían los obispos, pero que adecuamos a un lenguaje más llano y popular al decir que vivimos un momento de bronca generalizada pues no sólo nos mienten y se ríen en nuestras caras sino que a cada llamado a la cordura, a la mesura, nos llenan los ojos con términos con una enorme carga de autovictimización ya que a la mesura la convierten en censura, a la inflación la llaman acomodamiento de precios, a la oposición la llaman enemigos, al pensamiento propio le llaman traición y si eso es poco, pronto llamaran al resultado electoral conspiración. En ese clima es muy difícil que aquellos –y no por justificarlos- que son formadores de precios tengan un atisbo de confianza y se cubran como pueden; si los asalariados pudieran hacer algo al respecto, seguramente también lo harían porque hoy la dirigencia sindical, no sólo no toma en cuenta que hay un retraso salarial, agravado por el "acomodamiento" de precios, más un IVA que pagan todos, los más ricos y los indigentes que ya son imposible ocultar, a los unos y a los otros, es decir, la ostentación de los más ricos es inocultable, la pobreza de los indigentes, tampoco.
Hoy, en nuestra provincia se dará inicio a un nuevo período de sesiones ordinarias en la legislatura local, en este acto el gobernador debe dar a conocer un estado de situación de la provincia, un resumen de lo ejecutado en el ejercicio anterior y una proyección para el presente año. También, como es costumbre, se deberían hacer algunos anuncios respecto de logros actuales y proyectados. Particularmente se espera que se dé a conocer la situación actualizada de la relación del estado con sus empleados, las expectativas y como se resolverán los planteos futuros. Lamentablemente no tuvimos acceso al discurso del gobernador, no porque esperábamos que nos hicieran llegar una copia anticipada como ocurre en casi todos los estados del país, no por cortesía, sino por obligación republicana de dar a conocer información pública a través de los medios de comunicación, lo único que sabemos es que la política de comunicación del gobierno provincial, si la tuviera, no podrá ser parte de uno de los ítems que el primer mandatario informará hoy a los representantes del pueblo de Jujuy.
El tema de reflexión tiene que ver con una inquietud de unas cuantas personas que se acercaron a la redacción de Jujuy al día a plantearnos algunas dudas sobre el ser democráticos y republicanos sin ninguna connotación político partidaria, sólo el ser democráticos y republicanos. Nos pareció que valía la pena investigar un poco y poner en blanco y negro dos conceptos que son centrales para reconocernos en el marco más arriba descrito.
En un sentido estricto, la democracia es una forma de gobierno, de organización del Estado, en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que le confieren legitimidad a los representantes. En sentido amplio, democracia es una forma de convivencia social en la que todos sus habitantes son libres e iguales ante la ley y las relaciones sociales se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales.
Hay democracia directa cuando la decisión es adoptada directamente por los miembros del pueblo. Hay democracia indirecta o representativa cuando la decisión es adoptada por personas reconocidas por el pueblo como sus representantes. Por último, hay democracia participativa cuando se aplica un modelo político que facilita a los ciudadanos su capacidad de asociarse y organizarse de tal modo que puedan ejercer una influencia directa en las decisiones públicas o cuando se facilita a la ciudadanía amplios mecanismos plebiscitarios. Estas tres formas no son excluyentes y suelen integrarse como mecanismos complementarios.
En la democracia moderna juega un rol decisivo la llamada "regla de la mayoría", es decir el derecho de la mayoría a que se adopte su posición cuando existen diversas propuestas. Ello ha llevado a que sea un lugar común de la cultura popular asimilar democracia con decisión mayoritaria. Sin embargo muchos sistemas democráticos no utilizan la regla de la mayoría o la restringen mediante sistemas de elección rotativos, al azar, derecho a veto, etc. De hecho, en determinadas circunstancias, la regla de la mayoría puede volverse antidemocrática cuando afecta derechos fundamentales de las minorías o de los individuos. Los casos dados cobran hoy una singular importancia a la luz de los acontecimientos que semana tras semana se repiten en el congreso de la nación, en donde hay una exigencia permanente de mayor espacio por parte de la mayoría circunstancial y una abroquelación de las minorías atrás de los reglamentarismos y todos los ismos necesario para trabar, coartar, obligar a la negociación, no para obtener la aprobación de una ley que beneficie a los representados, sino por espacios, los espacios políticos de poder, y está bien que así sea, sólo es malo cuando es un fin en sí mismo como parece que está siendo por estos días.
República (del latín res publica, «la cosa pública, lo público»), en sentido amplio, es un sistema político caracterizado por basarse en la representación de toda su estructura mediante el derecho a voto. El electorado constituye la raíz última de su legitimidad y soberanía.
Tradicionalmente, se ha definido la república como la forma de gobierno de los países en los que el pueblo tiene la soberanía o facultad para el ejercicio del poder, aunque sea delegado por el pueblo soberano en gobernantes que elige de un modo u otro.
Lo cierto es que una república está fundamentada en el "imperio de la ley" y no en el "imperio de los hombres". Una república es, de este modo, independiente de los vaivenes políticos, incompatible con tiranías ni monarquías, en la cual tanto los gobernantes como los gobernados se someten por igual a un conjunto de principios fundamentales normalmente establecidos en una constitución.
La república, a menudo, se asocia con la democracia. De hecho, si todos los estados que se autodenominan repúblicas realmente se acoplaran a la definición, no habrá problema en que esta asociación fuera automática. El problema es que en muchas autodenominadas repúblicas, la soberanía no reside en el pueblo y es aquí en donde queremos hacer un alto para reforzar un concepto más que importante y que seguramente tiene que ver con el pasado y el futuro de los pueblos el "imperio de la Ley". Toda sociedad necesita un orden traducido en normas para poder hacer que las relaciones entre los hombres (genéricamente hablando) sean lo más civilizadas posibles y que este orden no se altere con la moral social del tiempo que le toque vivir a aquellos que por imperio de la democracia representen al pueblo y deban crear o modificar las existentes, entonces tenemos que la moral social es una certeza que existe e influye en cada tiempo y que no nos hemos tomado el tiempo de revisar adecuadamente a fin de legislar con la conciencia necesaria y esto pasa porque hoy el "imperio de la ley" está ausente.
Cuando decimos que la democracia la tenemos, no faltamos a la verdad en el estricto sentido dado en su definición. Cuando reclamamos más República lo hacemos apoyados en que ésta, a nuestro leal entender y saber, se está desvirtuando pues, como la vivimos, cada día más se convierte en el "imperio de los hombres" cosa que nos acerca peligrosamente a una tiranía ya que la soberanía del pueblo se va desdibujando.
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