No lo dejen afuera

Por: Roberto García.

Pese a lo que dicta la Constitución, el Gobierno busca no incluir a su propio vice en la reasunción de Cristina.

Quizás porque el empleo público habilita a impulsar y realizar tonterías sin que haya luego un castigo por ese malhadado emprendimiento, no parece asombrar la enorme pérdida de tiempo de funcionarios oficialistas por insistir con el veto, la vejación o el desalojo –al margen de las extorsiones confesadas– para que se prescinda de Julio Cobos, el vicepresidente de la Nación, en el acto en el cual debe investir a Cristina Fernández de Kirchner para un nuevo mandato presidencial. Hay una afiebrada resistencia partidaria para impedir que Cobos participe de la ceremonia, se fotografíe en el acto histórico y comparta como protagonista con Cristina la transición institucional. Ni en el crítico traspaso del mando del general Alejandro Lanusse al odontólogo Héctor Cámpora hubo tanto desprecio y odio como el que ahora se anticipa, aunque en esta ocasión cuesta entender el tamaño de la discordia y la desproporción para borrar de la historia al vice propio. Como si apartarlo del acto de transmisión fuera como descolgar el cuadro de este silencioso y tímido mendocino, hacerlo –en suma– desaparecer. Cuando Cobos fue la persona a la cual el matrimonio Kirchner, hace cuatro años, recomendó a todos los ciudadanos argentinos para que lo votaran como el mejor aliado y compañero de Cristina, el transversal más querido.

Tenaz, valiéndose de la representación que le concedieron los votos, Cobos jura que compondrá a pie juntillas todos los rituales del acto por el cual le habrá de colocar la banda a Cristina. Como corresponde, aunque esta circunstancia desate urticaria en el cristinismo y algún especialista de esa franja elabore una teoría diferente a la ya redactada (interesa ver, por eventuales correcciones futuras, algunas ediciones nada baratas de constituciones que elabora la Corte Suprema de Lorenzetti y Zaffaroni con cierto sesgo revisionista). Sin embargo, no hay afrenta, amenaza o secuestro que detenga la intención de Cobos por cumplir con la norma. Eso dice. Tampoco lo intimida, claro, una posible mirada desafiante de la dama o la privación de un beso de despedida, detalle que a él no puede sorprenderlo: si ya le quitaron ese beneficio amoroso a su sucesor, Amado Boudou, sin que nadie lo explique, ¿cómo podría un réprobo de su talla aspirar a un gesto de cariño, a un ósculo de la ocupante del Ejecutivo? Igual, sigue diciendo, estaré allí, de pie, a pesar de que más de un kirchnerista ha prometido –la casi totalidad de esa agrupación, en rigor– avergonzarlo, vituperarlo, escracharlo, según la vulgar costumbre que se instituyó desde el Gobierno hace ocho años. No sólo el rencor se apoderó de los fanatizados adeptos oficiales, tal vez sueñen con un goce superior al contemplar un acto unipersonal de la Presidenta, sin compañías ni disturbios estéticos, casi semejante a la coronación de Napoleón, en la cual Bonaparte se autoproclamó y se impuso la corona por su cuenta, quitándole ese privilegio al Papa, en la Notre Dame de París. Impedía entonces, con esa obvia maniobra, que alguien pudiera pensar que el poder del pequeño corso era delegado por la Iglesia. Algún malhablado dirá que Cristina admira tanto a Napoleón que le encantaría reiterar un episodio de esas características, sobre todo para que no haya dudas en torno al exclusivo control del poder que ejerce, manifestado cuando hace 72 horas le dijo a su compañero Boudou que “yo te puse como vice, cheto de Puerto Madero”. Con simpatía, claro, con humor; aunque al respecto, Freud podría explicar mucho.

La prensa artera –ya entonces seguramente neoliberal– y la historia oficial abundaron sobre ese presunto arrebato de Napoleón con la corona, de su repentina insolencia y ascendente demagogia, que la leyenda sostiene que molestó agriamente al Papa, presente y pasivo en la ceremonia. En la que, además, el nuevo Emperador se permitió obsequiarle una corona y tocar con ella a su mujer, Josefina. Para cierto relato, el episodio resultó un exabrupto del nuevo monarca, característico de los dictadores; en verdad, y está documentado, ese ritual de imponerse a sí mismo la corona se había adelantado en un protocolo por escrito, convenido con la Iglesia, institución que en aquella época sólo pensaba en hincarse ante Bonaparte por la restitución del catolicismo a Francia, perdido desde la instalación de la famosa revolución y cuando Napoleón era un general republicano. De aquel magno momento en la Catedral de Paris, quedó música, vestuario, pompa y un cuadro casi teatral de Jacques Louis David, un favorito del emperador al cual éste había rescatado de la cárcel por su alineamiento con Robespierre, un interesante pintor al que el menos entendido podría recordar por el retrato de Bonaparte a caballo o por la goyesca muerte de Marat.

Es casi un símbolo Le sacre de Napoléon (título del cuadro), obra de generosas dimensiones (hoy en el Louvre) que merece un capítulo por su relación con la contemporaneidad argentina. Sobre todo, con aquel que se le apetece imaginar una comparación entre el episodio del Imperio y la situación que ocurrirá dentro de una semana en el Congreso. Habrá que recordar, por ejemplo, que en la pintura de David todos miran a Napoleón con la misma aprobación que manifiesta la señora Débora Giorgi en las reuniones oficiales. Al menos, es lo que el artista muestra como ejercicio de veneración. Por supuesto, Napoleón se emocionó y hasta dio por cierto el contenido del lienzo, cuando unos tres años más tarde el pintor se lo presentó terminado. Y aprobó también el mensaje expresado con la utilización de la corona como bien propio: no hay un poder celestial que le concede la autoridad del título, ésa es casi una estupidez conceptual de los anteriores Borbones: me impongo a mí por lo que desea el pueblo. Y yo interpreto. Como si lo hubieran votado 54% de los ciudadanos, algo que luego él hizo costumbre llamando a plebiscitos que engordaban y justificaban la maquinaria de gobierno.

Otro detalle de adulteración premeditada y volcado por el talento de David –de mano más diestra, pero anticipador de una actividad en la cual descuellan hoy productores como Diego Gvirtz o Javier Grossman– es la incorporación en el cuadro de la figura de la madre de Napoleón, más imponente que el propio Papa en la tela, observando orgullosa el ritual del ascenso de su hijo. Lo curioso es que doña María Letizia no asistió al grandioso acto (estaba cruzada entonces con Napoleón por internas familiares), pero el relato del pintor la consagra como principal asistente, la acomoda como parte de la historia. Claro, a pedido del propio emperador, quien si podía imponerse una corona también podía decretar para la posteridad que su madre había sido testigo de un episodio del cual no había sido testigo.

Ciertamente, innúmeras semejanzas entre dos episodios distintos, los cuales hoy observa con atención el vice Cobos, dispuesto a retirarse en paz con los mandatos establecidos y asediado por quienes amenazan ausentarlo por la fuerza. Por ahora, no quiere ser la madre de Napoleón, un fantasma en la pintura.

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