Entre los 14 y los 60 años todos queremos tener 20. Ser jóvenes, creativos, innovadores, seductores, transgresores, espontáneos y atléticos.
El problema aparece cuando todos “abrazamos” la creatividad, la transgresión, la innovación, la expresión libre y nadie queda cerca de la ley, el orden, el “deber ser”, la mesura, el cuidado.
Y en una sociedad en la que todos somos “más o menos adolescentes o jóvenes”, en las que se acaban las asimetrías, los que pierden son los chicos porque se quedan sin referencias, sin pautas respecto de lo que está bien o mal, de lo que corresponde y lo que no.
Los jóvenes construyen su identidad peleándose con los adultos, “odian por unos minutos” a sus padres o maestros cuando les dicen que no, cuando les ponen límites, les marcan lo que no es correcto. En ese camino construyen su identidad, se van peleando cada vez menos, hasta que en un momento dejan de ser “la contra de sus padres” y construyen un nuevo equilibrio que les permite ser “ellos mismos”. Eso es entrar en la madurez.
Ahora, cómo hacen los jóvenes para confrontar con unos adultos que se visten como ellos, tienen cuerpos parecidos a los de ellos, adoptan las mismas dietas, rutinas, parejas. ¿Cómo hago para pelearme con mi propio espejo? – se preguntan. Y entonces para poder transgredir “corren la frontera”, llegan más tarde todavía, toman más, nos respetan menos, se lastiman, fracasan en la escuela, hasta que finalmente, “nos sacan” y allí aparece el límite, en el momento que los adultos “explotan”. Entonces, encuentran el escenario en el que pueden confrontar con unos adultos que les dicen que no. Sólo que es un “no” reactivo, destemplado, poco reflexivo, por el que salen todos los “no” reprimidos.
Finalmente, esa pelea ha tenido un enorme costo para ambos. Para los chicos, lastimarse, dañar su salud, fracasar en la escuela o en otras actividades, para lograr que los “paren”. Para los adultos, la percepción de la “pelea” permanente, el desgaste, la bronca. ¿ Por qué no podemos conversar armónicamente? – se preguntan
Eva Giberti, una prestigiosa psicoanalista argentina, dice que los adolescentes se han convencido que “los padres dudan de todo” y en esa duda está el espacio para terminar haciendo lo que uno quiere. “A los demás los dejan y vos no me dejás”, “sos la única que hace esas cosas”, “me ponés en ridículo delante de mis compañeros”. Esos padres que dudan todo el tiempo, son un problema, porque se transforman en una invitación a la pelea permanente, a la constante discusión de límite y de la frontera.
Los chicos necesitan unos padres que dejen de pelearse con la imagen de sus padres, que sean ellos mismos, que puedan ser más o menos jóvenes, pero que se “banquen” ser la ley, el orden, la contención, el cuidado, incluso más allá de que lo crean o no. Es el rol que sus hijos necesitan.
No se trata de ser como aquellos padres que ni siquiera tenían diálogo con sus hijos, pero tampoco de éstos que quieren ser sus amigos o compinches. Se trata de ser una referencia, un parámetro, entendiendo que un buen padre dicen tantos “sí” como “no” y que ambos son valiosos.
Mi papá y mi mamá nunca me preguntaron si quería ir a la escuela, ni libraron a mi responsabilidad que me levantara cada mañana para hacerlo. Nunca me generaron ese problema: tenía que ir.
No les generemos a los chicos más problemas de los que tienen, ellos no tienen que decidir si deben ir a la escuela, si deben ordenar sus cosas, si deben respetar a los adultos: deben hacerlo. Y obligarlos es cuidarlos, es garantizarles una mejor vida en su edad adulta, es prepararlos para el duro mundo que tendrán que vivir.
Cada uno encontrará su propia versión de adulto, los modos de ser la ley y los parámetros, pero no eludiendo los costos de “ser malo” bajo la excusa de ser democrático. Nadie odia a sus padres o a sus profesores porque fueron duros, lo que uno es que no se hayan ocupado, que no nos hayan cuidado.
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