Por Alfredo LeucoLa Presidenta perdió la oportunidad de corregir el rumbo con el cambio de Schiavi y la intervención a Garré. Boudou, solo y “cobizado”.
A Cristina le tembló el pulso. Perdió la oportunidad de terminar con “el menemismo ferroviario”, como le rogaron los propios periodistas militantes. La tenía picando frente al arco y la dejó pasar. No quiso, no pudo o no supo reemplazar a Juan Pablo Schiavi por Martín Sabbatella y dar una señal de apuesta a la transparencia. Demostró con hechos que no está dispuesta a dinamitar la red mafiosa de funcionarios y empresarios donde la corrupción terminó matando a 51 personas. El ex intendente de Morón era ideal para el cargo. Conoce el tema porque sus vecinos son los que sufren en carne propia lo que queda del tren Sarmiento, fue un administrador eficiente y honrado y apostó todos sus porotos al cristinismo. Pero Cristina prefirió designar a un “pichón” de De Vido y de esa manera ratificar lo actuado sin evidenciar la más mínima autocrítica. Al parecer los compromisos con la familia Cirigliano son muy grandes e imbricados. Hay temor de encontrarse con un espejo al destapar una olla gigantesca y nauseabunda.
El mensaje fue claro: hicimos todo bien. Equipo que gana no se toca. Lo importante es mantener el rumbo. El respetable columnista Mario Wainfeld escribió el jueves en Página/12 que Juan Pablo Schiavi había pronunciado “frases torpes, frívolas e insensibles”, que “no tuvo la mínima nobleza de pedir disculpas” y que aprovechó su carta de renuncia “para hacer una entusiasta elegía de su trayectoria que seguramente suscitará muy pocas adhesiones o ninguna”. No habían pasado 24 horas cuando Schiavi recibió tres aplausos con ovaciones incluidas como si fuera “Maradona en el ’86”, dijo Pablo Gagliano, periodista de radio Continental presente en el lugar. ¿Qué o a quién aplaudían los funcionarios? Fue una suerte de patética autocelebración que se convirtió en otra provocación a los familiares de las víctimas de la masacre de Once. Exaltado, De Vido hizo varios papelones conceptuales en su discurso, pero hubo dos que ingresarán en el podio. El primero fue la frase de que “los muertos que no se producen no se contabilizan nunca”. Se pegó un tiro en el pie porque, como todos los funcionarios K, cree que siempre, en cualquier momento, la mejor defensa es un buen ataque.
Después, parafraseando a Fidel, dijo que a él y a Schiavi les interesa el juicio de la historia. Pretencioso el hombre, tiene certezas de que el paso del tiempo lo absolverá. Pero a los familiares de los 51 muertos y 700 heridos les interesa otro juicio, más concreto y cercano, que llegará con el expediente del juez Claudio Bonadío. Ellos esperan verdad, justicia, castigo y condena a los culpables.
Se puede comprender que hasta por una razón humanitaria o corporativa los funcionarios tiendan a protegerse unos a otros. Que De Vido no quiera tirar por la ventana a Schiavi es casi un gesto en defensa propia. Pero despedirlo como si fuera Gardel suena excesivo. Dejaron la amarga sensación de que si Ricardo Jaime se daba una vuelta, también lo aplaudían.
Pero en el oficialismo, el problema es que sólo se escucha una voz: la de Cristina. El verticalismo anula la riqueza del pensamiento diverso. O peor aún, lo considera una traición. Con talento, Julio Bárbaro escribió que “la burocracia se asusta ante la duda y, por miedo a asumir la propia, se dedica a perseguir la ajena”.
El caso más brutal es el de Amado Boudou. Se desangra por la herida. Pero no está hundido, apenas tocado. En los tribunales aseguran que el “incumplimiento de los deberes de funcionario público” está casi probado. Y que la mano en el hombro que Ricardo Echegaray le puso en la conferencia de prensa a Boudou fue para empujarlo y no para abrazarlo. Los que conocen la AFIP de memoria dicen que “es absolutamente infrecuente” que un ministro de Economía se involucre en un tema semejante aunque se trate de una consulta técnica. Por eso Echegaray no contestó la filosa pregunta de Emilia Delfino. No podía responder que casi no hay antecedentes de una nota similar en una situación comparable. Por eso Boudou la ocultó hasta que no tuvo más remedio que reconocerla. Eso lo condena.
No es un mecanismo habitual. Fue una forma que encontró el organismo recaudador de deslindar responsabilidades y de que el ministro dejara sus huellas en la ruta de la moratoria extraordinaria que benefició a Alejandro Vandenbroele.
Por eso Guillermo Moreno también toma distancia. No quiere manchar su fama de troglodita pero honrado. No deja pasar una ocasión sin burlarse del “guitarrero” al que, entre militantes, definió como “un desfachatado que al igual que en los 90 se acercan al PJ para buscar cargos y negocios”.
Boudou sigue denunciando periodistas destituyentes pero en su fuero íntimo sabe que los destituyentes los tiene adentro. Ni siquiera pudo responder con firmeza cuando un periodista le preguntó si se sentía respaldado por la Presidenta. “Bue... en realidad, yo integro la fórmula que ganó las elecciones… esteee… yo tengo un rol institucional…”. Parecía Julio Cobos en sus buenos tiempos.
El viraje conservador de Cristina es lento pero inexorable. Ya explicamos por qué bendijo a De Vido en lugar de Sabbatella. Hoy el viejo pingüino al que muchos daban por muerto es una especie de jefe de gabinete, función que comparte con Moreno. Juan Manuel Abal Medina, bien gracias. Es el comisario político de los medios que va a tener que explicar por qué le encargaron imprimir las boletas del Frente para la Victoria a una empresa con una quiebra recientemente levantada, que estaba investigada en la Justicia por evasión y, sobre todo, la pregunta del millón: quién hizo las gestiones para ese negocio de 15 millones al contado rabioso. ¿Habrá sido Alejandro Vandenbroele? ¿Quién le presentó a este monotributista, abogado y testigo de casamiento de Núñez Carmona, el socio de Amado Boudou?
Va en el mismo rumbo la virtual intervención del Ministerio de Seguridad. Para controlar de cerca a Nilda Garré la Presidenta le puso de segundo a Sergio Berni y no a Marcelo Saín. Otra vez, le tembló el pulso. Como en el área de transporte, eligió la subordinación a la capacitación, lo malo conocido a lo bueno por conocer. La agrupación Abogados Pluralistas, integrada por radicales, socialistas y otros progresitas y garantistas que ganaron las elecciones en el claustro de graduados de la UBA, criticó el desplazamiento de Cristina Camaño y definió la medida como “un claro retroceso” y a Berni como “un militar retirado vinculado a Aldo Rico y los carapintadas”.
El menemismo ferroviario y otros menemismos, por ahora están a salvo. Cristina lo hizo.














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