Luis MajulLa Presidenta Cristina Fernández de Kirchner debe estar pensando seriamente en pedirle la renuncia al vicepresidente Amado Boudou.
La decisión crucial de la Presidenta
09abr 2012
Se denomine a esta salida La Gran Dilma o con cualquier otro nombre, lo único cierto es que ya recibió la sugerencia de hacerlo de por lo menos dos de las tres personas en las que Ella más confía. Ellas son, como se escribió hace tiempo, desde este mismo espacio, el secretario general de la presidencia, Carlos Zannini; el jefe de la Secretaría de Inteligencia, Héctor Icazuriaga, y su hijo Máximo Kirchner. Si todavía la jefa de Estado no se lo pidió a Bodou de manera formal o informal, no es porque dude en tomar semejante decisión. Es porque aún no sabe si es lo más conveniente. O si entregar a Amado la puede complicar todavía más, teniendo en cuenta no solo que fue la Presidenta quien lo eligió, en absoluta soledad, sino que también debería desprenderse, para resultar creíble, del titular de la Administración Federal de Ingresos Públicos, Ricardo Echegaray, y de funcionarios de segunda línea que aparecen involucrados, como Kayta Daura, la responsable de la Casa de la Moneda. Hay algo que, más allá de cualquier especulación, resulta evidente, dentro y fuera del Gobierno. Es que cada día que pasa Boudou aparece más desgastado y, aunque todavía su sostenida caída de imagen no parece estar impactando de lleno en la propia figura de Cristina Fernández, sus incondicionales temen que ese contagio se produzca en cualquier momento, y que cada vez sea entonces más difícil de neutralizar o revertir. Aún nadie pidió, dentro de la administración, a ninguna consultora, el ejercicio de simulación con la siguiente pregunta incluida: ¿Cómo valoraría usted la decisión de la Presidenta de pedirle la renuncia a su compañero de fórmula? Sin embargo, esta semana, por lo menos una saldrá a preguntarlo, por si alguien del Gobierno necesita esa respuesta. La inquietud de Zannini es más política que jurídica. Y la del jefe de Inteligencia también. ¿Boudou incluyó en sus denuncias al prestigioso juez Daniel Rafecas, al Presidente da la Bolsa de Comercio, Adelmo Gabbi y al ex estudio del Procurador General de la Nación, Esteban Righi porque es un novato de la política y está desesperado, o los nombró porque ya comprendió cómo viene el juego y le está avisando, a la mismísima Presidenta, que si le sueltan la mano no caerá solo? En su no conferencia de prensa de cuarenta y cinco minutos en la que lució estresado y no desmintió, con claridad y detalle, cada una de las sospechas que pesan en su contra, el vicepresidente dijo algo cierto: la causa parece una novela por entregas. La única diferencia entre una novela y el expediente es que las ficciones suelen ser producto de la imaginación. En cambio las actuaciones que impulsa el fiscal Carlos Rívolo son reales y tangibles. Por lo demás, las fuentes que hablan en nombre del ex ministro de Economía explican que él salió a dar la cara no solo porque se lo pidió la Presidenta, sino para intentar poner un punto final a la dinámica informativa que produce novedades casi todos los días. De cualquier manera, el impulso de contar el Boudougate, dato por dato, sería irresistible para cualquier periodista de investigación de cualquier país del mundo. Tiene de todo: una mujer dolida que denuncia a su ex marido como testaferro del hombre político más importante del país después de la Presidenta; un fondo de inversión diseñado a la medida de cualquier operación oscura y manejado por un monotribustista; un departamento alquilado en el barrio más caro de la Ciudad de Buenos Aires pero que nadie habita y la trama oculta de los intereses cruzados de grandes estudios jurídicos que nada tiene que envidiar The Firm, el libro de John Grisham que fue llevado al cine en 1993 y al que Sony transformó este año en una nueva serie televisiva. Para colmo, el escándalo ha desatado una fuerte crisis interna entre los integrantes del aparato oficial y para oficial de comunicación. Por un lado, los que defienden al denominado modelo con honestidad y desinterés parecen confundidos y decepcionados. Ellos sostienen que el argumento de que se le quería quitar el dominio de la ex Ciccone a la empresa Boldt y su presunta ligazón con Eduardo Duhalde no es una razón tan poderosa como para justificar el nuevo armado que habrían dispuesto los amigos de Boudou para ingresar al negocio de imprimir papel moneda. Y por el otro, los que tienen que salir a bancar por obligación y a pedido de la mismísima Presidenta no suenan creíbles ni se sienten cómodos. Uno de los legisladores nacionales que tuvo que hacer el trabajo insalubre me dijo: Yo no sé si es culpable o inocente. Lo que sí es verdad es que a nosotros nos resulta muy difícil salir a defender con convicción a alguien que no lo puede hacer por sí solo. Él, igual que Zannini e Icazuriaga, considera que la Presidenta ya está pagando un costo demasiado alto por mantener al Vicepresidente en su cargo, en el medio de semejante tormenta.








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