Decidir el final con dignidad

Por Ricardo Roa

En las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, el emperador dice: “La meditación de la muerte no enseña a morir y no facilita la partida”. Pero lanza un último ruego: “Entrar a la muerte con los ojos abiertos” . Pide una muerte digna y la dignidad es la conciencia de morir.

Hoy vivimos mucho más y la tecnología médica nos alarga, como nunca, la vida. Aunque sea una obviedad, las dos son grandes noticias. Sin embargo, lo que permite salvar tantas vidas y rescatar otras de una muerte segura tiene un lado oscuro: terminar en un encarnizamiento terapéutico .

“El objetivo de la medicina nunca fue evitar la muerte pero ahora se cambió el eje de la discusión”, advierte el especialista Carlos Gherardi. Se trata de no emplear medios que se interponen a la llegada de la muerte en situaciones irreversibles. Y que la muerte, que es parte de la vida, venga sin aislamiento, desfiguración y sufrimiento.

Pero el asunto tiene mil complicaciones. Florencia Luna, otra experta, dice que muerte digna es “un eufemismo” que define casos “muy diferentes” . Uno es la persona que está conciente y se niega a ciertos tratamientos o pide directamente que la desconecten de los aparatos que la mantienen con vida . Justamente esto es lo que autoriza la ley sancionada anoche en el Senado (Ver: Ya es ley la “muerte digna” en casos terminales o irreversibles).

La ley también permite dejar directivas anticipadas cuando quien agoniza no puede decidir y otros deban hacerlo por él. Y si no fueron dejadas, q ue los familiares puedan eventualmente tomar esa decisión . En cualquiera de estos casos, ningún médico será penalizado por cumplir con esa voluntad.

Nada de esto puede ser asimilado a la eutanasia, aunque muchos la ven como un derecho humano y esencial : interpretan que la vida le pertenece a cada uno y, por lo tanto, también la decisión de anticipar la muerte cuando vivir parece más duro que morir.

El derecho a una muerte digna reivindica la decisión propia.

Pero con respecto al uso de la tecnología para retrasar la muerte y no prolongar indignamente la agonía.

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