“El que daba las órdenes era Guglielminetti”

Lo dijo Orlando “Nano” Balbo en su declaración testimonial. Brindó detalles muy valiosos sobre los lugares en los que permaneció detenido, las vejaciones a las que fue sometido, y la humillación que padeció su familia cuando lo visitaba.
El primer testigo en declarar en el segundo juicio, conocido como “Escuelita II”, fue un maestro. “Una ironía”, señaló Orlando Balbo, “el Nano”, pasadas las 10:10 ante el Tribunal Oral Federal de Neuquén, que se trasladó al Salón Verde de Amuc, ubicado en avenida Argentina casi Plaza de las Banderas de esta capital. Su llegada fue aplaudida por el público que lo recibió de pie.

Balbo trajo consigo “un ayudamemoria”. “Tengo la tendencia a dispersarme”, afirmó. Señaló que “recordar duele y duele mucho”. “Se revive en el cuerpo, en la psiquis”, agregó. Se refirió al “mandato de los sobrevivientes” de contar lo que pasó. “Cuando uno deseó morir”- apuntó- “resignifica la vida”.

Al momento de ser secuestrado, el 24 de marzo de 1976, Nano era maestro de quinto grado en una escuela de Cipolletti del barrio Don Bosco. También trabajaba en la Legislatura con la diputada justicialista, René Chavez. Su detención se produjo en su casa, ubicada en Belgrano casi Salta, frente a la escuela 201. A las 9 tocaron el timbre y antes de que pudiera abrir, la puerta estalló, saltó en pedazos. Ingresó Raúl Guglielminetti, ex agente de Inteligencia, junto a un grupo de personas. Lo sacaron y lo introdujeron en un auto Peugeot 404, color claro, en la parte trasera, boca abajo, y apoyaron sus pies sobre su cuerpo y la culata de las armas. Afuera había un enorme despliegue militar. Balbo alcanzó a ver sobre la calle Carlos H. Rodríguez a empleados estatales. Razonó, entonces, que semejante despliegue tenía sentido a los fines de amedrentar a la población. De su casa le sustrajeron dinero, un reloj, y un anillo de oro, entre otras pertenencias que posteriormente denunció.

Fue trasladado a la delegación de la Policía Federal. Al llegar Guglielminetti lo abrazó de manera que no pudiese ver a nadie. En el lugar estaba Ramón Jure y estudiantes universitarios. Lo llevaron hasta el final del pasillo hacia un sótano. Esposado a una silla fue interrogado y permanentemente golpeado. “Creo que soy grabado”, aclaró, “porque me repiten las preguntas”. El cuestionario versaba sobre Chavez.

Nano conocía a Guglielminetti. Supo que el ex agente de Inteligencia integró el “staff de Remus Tetu”, interventor de la Universidad Nacional del Comahue, donde Balbo fue cesanteado en 1975. En la región se sabía que “era de los servicios”. Otrora ofició de periodista.

Entre las vejaciones que sufrió en la delegación de la Policía Federal recordó que, además de aplicarle picana, le colocaban una bolsa de nylon hasta dejarlo sin oxígeno. Hubo una vez que Nano mordió la bolsa para que entrara el aire. Guglielminetti se dio cuenta que respiraba. “Traigan otra”, ordenó.

Además de preguntarle por Chavez, y políticos como Carlos Arias y Guillermo Buamscha, lo consultaban por sus actividades y le pedían que dijera “dónde estaban las armas”. Formaba parte de los interrogatorios la campaña de alfabetización de la que participó en 1973 durante la gestión de Héctor Cámpora, basada en la pedagogía de Paulo Freire.

En la delegación permaneció hasta la noche. Fue conducido luego hasta la Unidad de Detención Nº9 del Servicio Penitenciario Federal, en una camioneta Dodge doble cabina gris que tenía una bandera argentina con unas siglas dentro. Previamente se chequeaba su cuerpo y se le tomaban impresiones digitales. Una vez en la U9 fue revisado por un médico. Al día siguiente estaba muy dolorido, ni siquiera podía aferrar entre sus manos el colchón. En la celda estaba Jure.

Dos semanas después fue sacado del penal y llevado nuevamente a la delegación de la Federal, donde era “reclamado”. “Si te sirve de algo a las 12 te tienen que traer de vuelta”, le manifestaron al ver la expresión de su rostro.

Viajó en un Falcón amarillo. Otra vez Guglielminetti. “¿No está clara mi situación?”, insistió Nano. “No, ahora la vamos a aclarar”, respondió el agente. Volvieron las descargas eléctricas con más crudeza.

Esperar en la escalera del sótano y escuchar los gritos desgarradores “de animal” de las víctimas “llega a ser más terrible que la tortura misma”, describió el testigo.

Guglielminetti estaba a cara descubierta cuando dirigía las sesiones de picana, aplicadas por un joven rubio ubicado detrás de Nano. Había otros, pero solo él de frente, con esa mirada “penetrante”. Sus gestos comandaban los movimientos de los cables y su intensidad. Una vez entró un hombre de baja estatura con barba y al testigo le pareció que Guglielminetti se encontraba”frente a una autoridad”.

A medianoche regresó a la U9 en muy mal estado. Abrazado por un celador se lavó. Se asustó al ver su rostro en el espejo, inflamado. No soportó estar acostado en su celda. Un médico lo atendió. El dolor en los oídos se hizo insoportable.

Recurso

El testigo, aún en la U9, pidió papel y lapicera. Escribió una denuncia, dirigida al juez federal, en la que solicitaba ser interrogado en dependencias del Servicio Penitenciario Federal y con su personal. Se lo entregó a un celador. El director de la cárcel se acercó hasta Balbo: “usted está loco”. Cuando vino a visitarlo su familia el mayor Farías Barrera le mostró a su padre la denuncia de su hijo. “Fueron estos atorrantes de la Federal”, les dijo, ante los inocultables golpes de Nano.

Vengo a ver al terrorista subversivo

Nano explicó el calvario por el que atravesó su padre y madre cada vez que preguntaban por él. Los extorsionaban diciéndoles que si su hijo indicaba dónde estaba René Chavez sería liberado; o les ratificaban que tenían pruebas de que estaba involucrado con el “terrorismo”. Hasta llegaron a revelarles que se había ido a Bahía Blanca, por lo que su familia gastaba “el poco dinero que tenía” en infructuosos viajes. “Mi padre estaba muy quebrado, estaba soportando una agresión para la que no estaba preparado, no sabía cómo defenderse”, completó el testigo.

De la U9 fue trasladado al penal de Rawson, y posteriormente a Caseros. Justamente en Chubut, en oportunidad de una visita de su madre, ella les dijo a los oficiales que venía a ver a su hijo, “preso político”. Se lo negaron. Llegó a la puerta llorando y alguien le advirtió que debía decir que visitaba al “terrorista subversivo”. “Mi madre se sometió a esa humillación”, declaró Nano. Por su parte él hacía lo imposible para no incumplir con las normas y poder recibir visitas.

En Rawson estaba “prohibido regalar, dar cualquier cosa”. Toda manifestación humana, como el canto, era castigada. Allí estuvieron alojados según recordó, entre otros, Carlos y Edgardo Kristensen, Orlando Cancio, Javier Octavio Seminario Ramos, Miguel Angel Pincheira. Nano requirió la opción para irse del país y en 1978 se exilió en Italia, donde vivió seis años.

Respecto a su problema de audición, Balbo se hizo exámenes médicos en Italia, Copenhague, y Neuquén, incluso recientemente. Uno de los profesionales que lo asistió en 1989 fue Roberto Sanchez Soria. El otorrinolaringolo fue el segundo testigo de la ronda de la mañana y especificó que las lesiones que presenta Nano en sus oídos son irreversibles. Asimismo, refirió a que existe una compatibilidad entre los traumatismos provocados por los choques eléctricos y el tipo de lesión. “Es factible”, sostuvo.

Justicia reparadora

Una vez finalizada su declaración, y nuevamente aplaudido, Balbo dijo: “todavía me dan vueltas las preguntas absurdas que me hicieron algunos miembros de la defensa. No sé que buscaban”. Y agregó: “me parece que me estaban tomando por tonto, me enojaron un poco”. Uno de los defensores, Hernán Corigliano, quiso conocer a que organización del peronismo de base adhería, e insistía en precisar el grado de amistad o enemistad que mantenía con el resto de las víctimas.

Nano reivindicó a “la gente del tribunal que creó un clima distendido, agradable” y al público “no los podía mirar, pero sabía que estaban. Contar eso, me tranquilizó”.

Aseguró que la justicia es “reparadora y terapéutica”.

Enfatizó sobre la responsabilidad de las instituciones del Estado “sino hubiera sigo Guglielminetti, hubiera sido otro el que me secuestró y me torturó. Que estuviera o no estuviera (en la sala) no es una preocupación mía. Mi precocupación fundamental, y yo lo dije en el tribunal, es que esto sea un patrimonio cultural para pasarla a las futuras generaciones, para que nunca más no sea una expresión de deseo”. Ancló sus preocupaciones en el presente “la ley antiterrorista, el proyecto X, la desaparición de Jorge Julio López”.

“Yo tiré la toalla muchas veces”, aclaró y por ello destacó el rol de Noemí Labrune de APDH y del obispo Jaime De Nevares: “me sostuvieron, y llegué acá”.

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