Por Jorge FontevecchiaAyer PERFIL publicó una encuesta de Management& Fit en la que el 84% opina que el gobierno nacional debe enviarle los fondos a la provincia de Buenos Aires para pagar en fecha los aguinaldos, y el 61% cree que esos fondos no se mandaron por la competencia política entre Cristina Kirchner y Scioli.
Más allá de las encuestas, siempre volubles al paso del tiempo, Scioli debe estar preguntándose qué hizo mal para encontrarse en esta situación. Como jugador de ajedrez familiarizado con la teoría de los juegos pudo haber leído sobre el principio de equilibro de Nash, el Premio Nobel a quien la novela y posteriormente la película Una mente brillante hicieron famoso, que construyó su tesis doctoral explicando cómo quienes compiten en juegos no colaborativos tienen en cuenta al oponente y coordinan sus acciones para mejorar su propia posición: “Cualquier juego con un número finito de estrategias tiene al menos un equilibrio de Nash en estrategias mixtas”.
Y en ese caso, preguntarse: ¿por qué Cristina Kirchner se comportó autodestructivamente en el juego de competencia no colaborativa si ella se daña tanto como el propio Scioli, o quizás más? Concretamente: ¿por qué va a promover una crisis en la provincia de Buenos Aires, si ésta arrastra una crisis nacional?
Hubo un predecesor del principio de equilibrio de Nash, desarrollado por el francés Antonie Cournot en 1838, enfocado a los oligopolios donde algunas empresas disputan entre sí para maximizar sus ganancias previendo las posibles decisiones de su competidor. El principio de Nash es más abarcador porque es de carácter multidisciplinar y se aplica a juegos extensivos de múltiples tipos.
Con los locos, no. El equilibrio de Nash se basa en que los jugadores deseen la mejor estrategia posible para maximizar sus beneficios, ejecuten sus estrategias sin errores, tengan la suficiente inteligencia como para inferir los movimientos de los otros jugadores e imperen los principios de la racionalidad.
Pero basta con que un jugador no sea racional para que el equilibrio de Nash no se cumpla. Al kirchnerismo le gusta el juego de ir por todo porque cree que aun en las derrotas se puede cosechar aprobación si los motivos que impulsaron la contienda son valiosos, porque siempre son mejores las derrotas con grandeza que languidecer en la hibridez.
Al mismo equilibrio de Nash debe haber apelado la estrategia de Clarín en su pelea con el kirchnerismo asumiendo que el Gobierno “va a frenar cuando los daños propios ya no justifiquen los daños al oponente”. Y también Moyano debió haber calculado que el kirchnerismo se detendría al verse enfrentado a las consecuencias de paros de Camioneros o la amenaza de un paro general. Nada de eso sucedió. Y, al igual que Scioli, podrían argumentar que la culpa no es de ellos sino de Nash, y que, como sucede con tantas teorías económicas que funcionan para contextos normales, éstas no funcionan en la Argentina porque es un mundo aparte.
El gobernador tampoco es un jugador cuyo comportamiento siga los patrones esperables. Si hubiera que racionalizar su forma de actuar se podría suponer que apela a la táctica de prescribir el síntoma del destacado psiquiatra del Mental Research Institute de Palo Alto y referente del constructivismo radical Paul Watzlawick, quien recomendaba para tratar los comportamientos paradójicos de los otros darles más de lo que reclaman hasta hacerles romper su propio juego.
Obviamente, la inclusión del equilibrio de Nash o la prescripción del síntoma de Watzlawick son ironías para tratar de reflexionar con humor sobre la irracionalidad del conflicto entre el kirchnerismo y Scioli. Probablemente ninguno de los contendientes apele a estas herramientas y tanto Cristina como Scioli simplemente sigan sus impulsos más auténticos: en un caso el de dominar, y en el otro el de sobrevivir.
Dominatrix. Varias veces en estas páginas, para tratar de entender los movimientos del kirchnerismo, se apeló a la dialéctica del amo y del esclavo que Hegel desarrolló en su libro Fenomenología del espíritu. Muy simplificadamente, el amo lo es porque no tiene miedo a la muerte, y el esclavo lo es por temor a perder la vida. La “conciencia señorial” en Cristina está fuera de duda. Pero hay quienes opinan que Scioli no tiene la complementaria “conciencia servil” que aparenta y que, por el contrario, es terco y persistente como los mejores kirchneristas.
El peronismo no K no lo ve así, comienza a cansarse de su estrategia de domar a la fiera con apaciguamiento perpetuo y ya empieza a dirigir sus expectativas hacia De la Sota como el gobernador con experiencia y autonomía propia: al peronismo cordobés el kirchnerismo no le impone la lista de legisladores como sí hace con el de la provincia de Buenos Aires.
Estaríamos a sólo cinco meses de la posible entrada en vigencia plena de la Ley de Medios, el 7 de diciembre, y a diez meses de las elecciones legislativas si finalmente se adelantaran. El reloj corre rápido.



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