Fue juez durante la dictadura, pero a pesar de ello fue ovacionado por el público durante el juicio por delitos contra el terrorismo de Estado.
En entrevista con esta periodista, Carlos Paulino Pagliere repasó su historia, analizó los riesgos y reconoció que se retiró del rectorado de la Unicén -tras declarar como testigo- con lágrimas en los ojos.
-¿Cómo vivió y qué sintió ese día?
-Creo que un poco se trasuntó a lo largo de mi declaración. Yo era muy joven en aquel tiempo y de alguna manera siento que los ideales los sigo teniendo jóvenes. Actué de acuerdo a eso. A mis ideales. Pero le tengo que reconocer que no me sentí bien de que me aplaudieran ese día. Cuando asumí como juez, hice un juramento. Y los jueces penales siempre estamos expuestos a situaciones delicadas, a peligros. Imponemos penas de muchos años a tanta gente... en la mayoría de las ocasiones acertadamente. Otras, seguramente no. Entonces, cuando uno asume tiene que estar dispuesto a aceptar los riesgos que comporta. Por eso insisto: no se tiene que ser homenajeado por el simple hecho de cumplir con el deber.
-¿Cuántos años tenía en aquel momento?
-Soy de julio de 1945. Tenía 31 años. Y haría menos de un año que había asumido como juez.
-Era realmente muy joven al momento del secuestro de Moreno. ¿Creyó realmente que lo podría rescatar?
-Uno se movía entre causas delicadas en ese tiempo. Había tenido otra causa que había tenido un final feliz. Era una parejita que desapareció en Azul y el padre, que era el dueño de una librería en la que yo compraba cuando era chico, presentó un hábeas corpus. Hice pedidos de informes a todos los organismos y el único que no contestó fue el jefe de la Brigada, que era el hermano del gobernador Ibérico Saint Jean. Entonces le mandé un telegrama. Lo contestó al día siguiente y los dos chicos aparecieron en ese momento en la provincia de Corrientes. Por eso pensé que a Moreno lo podía encontrar. Pero no fue así. Y no sé si la sentencia podrá traerme un poco de tranquilidad. Si la prueba sobre la autoría material me permitirá conocer si yo estaba actuando al momento en que la muerte ocurrió.
-Más allá de la advertencia del juez de la Corte, Carlos Renom, ¿se sintió amenazado en aquel momento?
-De alguna manera, sentí miedo por mi familia. Hacía muy poco había ido con mi auto particular a intervenir la comisaría de Villa Itatí por una declaración fraguada. Hice detener al oficial comprometido en esa causa y después regresé a Azul y el auto empezó a ratear. Llegó un momento en que iba muy despacito. Al llegar al cruce de las rutas 3 y 226, la Policía me enfocó con reflectores y me apuntó con Itakas. Nos asustamos muchísimo. Dijeron que estaban buscando a alguien, pero fue un momento difícil. Después, bueno... lo conté en el juicio. Cuando tomaba declaración al hombre que parecía haber visto a Moreno pidiendo ayuda, se cortó el cable del sol de noche con que nos alumbrábamos. Eso fue muy raro porque ese hombre tenía el sol de noche muy bien conectado. Yo tuve la sensación de que Moreno podía haber estado por ahí.
-Cuando el viernes de la semana pasada terminó la audiencia fue aplaudido durante muchísimo tiempo. Es extraña la situación. Porque en definitiva usted actuó como juez durante la dictadura y fue aplaudido durante un juicio por delitos de lesa humanidad ocurridos en ese tiempo histórico... Algo inimaginable.
-Yo hice toda la carrera judicial. No fui un juez del Proceso, sino que actué como juez durante el Proceso. Arranqué como pinche total. Incluso, muchísimo tiempo después supe que me habían contratado ad honórem y que era mi papá quien me pagaba el sueldo. Era practicante de la Cámara al salir del secundario y mi padre, que era un abogado muy comprometido, depositaba el dinero del sueldo y era lo que yo cobraba. Incluso mire qué anecdótico este episodio. Con mi primer sueldo me gasté el dinero en comprar dos cuadros: uno para mi papá y otro para mi mamá. El sueldo volvió a ellos de esa manera sin saber. Después, mi papá falleció muy joven y yo renuncié al trabajo para estudiar Derecho. Y ya como estudiante volví a ingresar a la Justicia e hice toda la carrera: oficial, secretario en la Justicia de Menores, defensor, juez en lo penal, camarista... Cuando fui presidente del Colegio de Magistrados de la Provincia dos integrantes de la Suprema Corte me cuestionaron diciendo que había sido juez de la dictadura. Siempre me desempeñé fiel a mis ideales. No fui juez de un gobierno. No hubo contaminación ni vista gorda a algo. Siempre fui un juez independiente.
-¿Alguna vez imaginó que iba a tener que declarar como testigo en el caso Moreno?
-Con el advenimiento de la democracia, a los dos o tres meses, me va a ver el abogado Gutiérrez, de Tandil preguntándome si estaría dispuesto a declarar sobre todo lo actuado en la causa. Le dije que sí. Pero ahí quedó todo. Hasta ahora.
-Durante su testimonio relató la actitud de jueces de la Suprema Corte que directamente -sobre todo en el caso de Renom- lo conminaron a dejar la causa Moreno. No sé si Peña Guzmán o Renom vivirán hoy, pero supongo que no fue un momento fácil...
-No creo que vivan. Ya eran grandes en aquel momento. Y no vaya a creer que fue fácil decir sus apellidos. Ellos, de última, no podían contravenir lo que yo estaba diciendo. Pero era mi verdad. No hay el más mínimo valor agregado en mi testimonio. Y le confieso que mi caminata por calle 7, en La Plata, aquella tarde, después de haberles relatado a los miembros de la Corte lo que estaba ocurriendo con la búsqueda de Carlos Moreno y escuchar su respuesta, fue eterna. Fue un momento en que me sentí muy defraudado. Lo único que puedo rescatar es que la frase de Peña Guzmán diciéndome luego que tal vez se podría cambiar más desde adentro que desde afuera, fue decisiva para mi futuro.
-¿Qué sintió cuando lo convocaron?
-Lo que más me importaba era poder aportar lo experimentado, tratar de develar la incógnita.
-Siempre estuvo del otro lado del mostrador. Siempre fue usted quien escuchó a los testigos... esta vez se invirtió...
-Sí, es cierto. Siempre estuve del otro lado. La situación del testigo es una situación muy particular. Por empezar, porque una persona común resulta involucrada en un episodio por el hecho fortuito de que le tocó ver, escuchar o saber algo y es citado bajo apercibimiento por la fuerza pública, se le pide juramento. Es todo un proceso que provoca desasosiego al menos. Pero en nuestro país constituye un deber cívico. Hay lugares en donde el testigo es recompensado con dinero a cambio. En nuestra tradición jurídica, en cambio, es un deber de ciudadano. Mi única inquietud al ser citado como testigo, era tratar de ser lo más fiel posible a lo ocurrido, era tratar de que no se me escaparan detalles de lo que había sucedido.
-¿Qué le generó en el momento de la audiencia escuchar los aplausos?
-Mucha angustia. Y tengo que reconocer que sí, que se me escaparon algunas lágrimas. No lo puedo explicar. No hubiera querido que ocurriera. Cumplí con mi deber.


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