Crónica de un descarrilamiento anunciado

Hernán de Goñi

Entre 1995 y 1999 fui un usuario frecuente del ex ferrocarril Sarmiento. Esos años, los primeros de la privatización, me dieron la muestra de que hacer que un tren funcione bien no es una utopía. No conocí su edad de oro, pero si padecí -como otros tantos millones de argentinos- los vaivenes de la vieja empresa Ferrocarriles Argentinos, que de chico nunca lograba darle a mi familia la certeza de que un viaje a La Plata en el Roca nos permitiera llegar para el almuerzo.

Todavía conservo el horario impreso por TBA con el cronograma de todos los servicios. Pero lo que es mejor, recuerdo que no hacerle caso implicaba correr o quedarme esperando en el andén.

Lo que traduce esta historia es que estatal o privado no es el fundamento de ninguna solución. La YPF pública tuvo períodos exitosos, pero también desastrosos. Lo mismo ha pasado con Aerolíneas o con los trenes. Lo que pesan son los objetivos y las herramientas que cada gobierno le otorga a los responsables de operar la empresa, sean privados o del Estado. La fijación de ingresos artificialmente bajos (vía congelación de tarifas) descapitalizó a todas las empresas de servicios. Las acciones para revertir su estado de desinversión tendrían que haber sido incluidas en un discurso presidencial muchos años atrás.

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