Se deshilachaba la última etapa de la dictadura militar en medio de estertores sin poder controlar el crimen, acostumbrado a nacer de su siniestro vientre...
Con la práctica de resolver hasta sus propias diferencias con la desaparición de sus adversarios, ya había caído víctima de sus peleas la diplomática Elena Holmberg, prima del dictador Jorge Rafael Videla, presidente de facto por esos años.
En 1977, con una dictadura convencida en permanecer cien años en el poder, Elena Holmberg trabajaba destinada en la embajada argentina en París como agregada de prensa, donde llegó por gestiones de su familiar al mando del país. Creen algunos especialistas que aún hoy analizan el caso Holmberg, que ese respaldo, más una natural independencia de criterios exhibida por la funcionaria la empujaron al tobogán de la muerte.
Es decir a un sórdido enfrentamiento con el almirante Emilio Eduardo Massera, uno de los más siniestros y crueles criminales que participaron activamente de los años de plomo en la Argentina.
El 7 de octubre de 1982, cuando agonizaba –apretada entre una descomunal crisis económica y social y la brutalidad represiva- la dictadura militar buscando una salida impune a su trágico paso, un nuevo episodio de sangre decoró su despedida.
La tarde del 30 de setiembre de ese año, el publicista Marcelo Dupont (sin vinculación política alguna), pasó por la oficina del publicista Iván Allende Iriarte, una costumbre que repetía todos los días. Ese día en particular bebió un vaso de leche y según pudo saber la investigación judicial de la causa más tarde, estaba preocupado por que creía que un Ford Falcon oscuro lo seguía, que era el sinónimo de tener la muerte pisándole los talones.
Algo de ello sucedió, porque ambos hombres se despidieron y nunca más volvieron a verse.
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Marcelo Dupont, era hermano del ex diplomático Gregorio Dupont, cesado del servicio exterior como secretario de segunda, por orden del almirante Massera, el hombre que disponía a voluntad de los ingresos y las bajas del servicio exterior, que por un pacto de reparto de las áreas del estado con las otras dos fuerzas, quedó bajo la órbita de la Armada.
Según declaró el ex funcionario en el juicio histórico a las juntas militares, su despido se debió a una mala interpretación de unos conceptos vertidos durante una cena en la que compartió con un matrimonio amigo del almirante Massera, los que le hicieron saber las dudas del diplomático sobre la honorabilidad del militar.
Luego intentó vanamente revertir su suerte, transitando por distintos lugares en su tarea de rectificar sus dichos, asegurando no poner en dudas el honor del torturador y haberse debido a una “mala interpretación”. Massera nunca se dio por enterado o no se enteró efectivamente que el diplomático en cuestión, negaba la ofensa de sus dichos.
Lo cierto es que Massera y Dupont, quedaron definitivamente enfrentados apenas despuntó el año 1977, luego que el diplomático fuera expulsado por el exceso verbal.
Sin embargo otro hecho los enlazaría y sembraría de dudas definitivamente en sus vidas. Un año más tarde la diplomática Elena Holmberg, pariente de Videla y compañera de promoción y amiga personal de Dupont, se disponía informar en Buenos Aires una reunión secreta en el Centro Piloto de París entre Massera y el jefe montonero Mario Firmenich, donde según sus dichos, el almirante le pagó la suma de un millón trescientos mil dólares con la finalidad de preservar el mundial de fútbol a disputarse en la Argentina, de cualquier acto de violencia terrorista.
La mujer se proponía hacerlo saber a los más altos niveles del gobierno, desencantada con el rumbo que tomaba la dictadura de la mano de Massera, convencida que se desviaba el objetivo político impuesto por la Junta de Comandantes a la que ella respondía.
El Centro Piloto de Informaciones de París, funcionaba bajo el mando de oficiales navales, como un centro de recuperación de militante quebrados por la tortura y dispuesto a trabajar en favor de la propuesta presidencial de Massera, el último gran dislate del almirante, convencido en suceder políticamente a Juan Domingo Perón.
Una mera muestra de los desvaríos del hombre que exhibió la decisión final sobre la vida y la muerte de los argentinos y terminó sus días condenado a perpetua en un hospital neuropsiquiátrico donde murió, entre el repudio y la indiferencia de sus conciudadanos.
La secuestraron a las ocho de la noche de los primeros días del tórrido mes de enero de 1979, en el barrio Norte de la Capital Federal, a pasos de su departamento y a la vista de todos, en un típico procedimiento de los llevados a cabo por las fuerzas de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada, el centro del terror clandestino del masserismo.
El destino unió dos coincidencias y le dio forma a una historia salida de las vísceras de la propia dictadura.
Elena y Dupont eran viejos amigos y compañeros de trabajo, hasta que éste se quedó en la calle por orden de Massera. Dupont fue contactado por los cuatro hermanos de la mujer diplomática cuyo cadáver apareció en el río Luján de la localidad de Tigre, semidescompuesto y con evidente marcas de tortura el 11 de enero de 1979. La mano sangrienta de Massera quedó en evidencia.
Los familiares de Elena lo supieron por boca de integrantes del gobierno pertenecientes a otras fuerzas, quienes señalaron a Massera como el autor intelectual de estos homicidios, aunque increíblemente se mostraron ineficientes frente a los mismos, confirmando que el diagrama del crimen en la Argentina dividía el territorio, como se probó en el juicio a las juntas.
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Gregorio Dupont aceptó colaborar con los hermanos de Elena y se dispuso
a testimoniar en varias ocasiones, donde a pesar de los esfuerzos el crimen quedó impune, más allá de que todos conocieran la cara y el nombre del asesino, que lo ordenó.
En todas refirió una conversación mantenida con Elena Holmberg en un bar de la Recoleta porteña, en la que la mujer le contó sobre los contactos con Firmenich y el miedo de ser secuestrada por las bandas del almirante. Se refirió a éste como el principal sospechoso en todas sus declaraciones, a pesar de lo cual el juicio no avanzó en dirección a determinar la identidad de los autores.
El publicista Marcelo Dupont, desapareció el 30 de setiembre de 1982 y fue arrojado al vacío desde un edificio en construcción en la calle Ocampo de la Capital Federal el 7 de octubre. La autopsia determinó que cayó a la calle moribundo, luego de haber sido torturado y sometido a vejámenes por sus captores.
Durante los ocho días que duró su desaparición, se hizo saber que Dupont había viajado a San Pablo, Brasil y regresó a la Argentina ingresando por el Uruguay, dejando pistas documentadas. Una vieja treta de los aparatos represivos en los que se inventaba el periplo de la persona buscada con la finalidad de desviar la investigación y hacer aparecer al secuestrado como prófugo.
Gregorio Dupont, se convenció que su testimonio en la causa por el asesinato de Elena Holmberg, selló la suerte de su hermano.
En esa tesitura declaró en el juicio a las juntas, frente a Massera, sin embargo los vínculos entre ambos crímenes fueron débiles para los jueces, que no pudieron hilvanarse en la sentencia. Nunca se supo porque motivo fue asesinado el publicista Marcelo Dupont, aunque desde su hermano hasta sus amigos aseguran que lo mataron por orden de Massera como venganza por la declaración en el caso Holmberg.
Una historia tejida y destejida en las entrañas de la propia dictadura y entre sus propios actores, antes aliados ideológicos y luego enemigos definitivamente separados por el horror, que cultivaron al margen de la ley.
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