Cristina, rodeada sólo de conflictos

Por Eduardo Van Der Kooy

Las secuelas por la tragedia en Once perduran y se profundizan. El relevo de Schiavi apuntó a descomprimir la situación. Pero no cambió nada. La elección de Ramos como reemplazante fue consecuencia de la puja Moreno-De Vido. La dura pelea con Macri y la flojera de Boudou.

Quizás Cristina Fernández, sin darse cuenta, se esté encaminando a repetir su historia. ¿Cuál? Aquella que la muestra obcecada después de haber tocado la gloria. Caminando presurosa hacia nuevos conflictos, a veces irremediables y otras fabricados por su propio Gobierno. Así sucedió desde el 2007 cuando fue encaramada por Néstor Kirchner.

Llegó en esa ocasión con el 46% de los votos y una promesa de mayor calidad institucional. Detonó el conflicto con el campo que la fue aislando de la sociedad y le permitió a una quebradiza oposición convertirse en alternativa parlamentaria. La estrepitosa defección opositora, la tenacidad de Kirchner y de ella misma y el drama personal de octubre del 2010, volvieron a catapultarla. Su versión dolida y también más afable le permitió ganar de modo arrollador –humillante para la oposición– la reelección.

Desde entonces no existieron las treguas, salvo el paréntesis de enero por su trastorno de salud. Debió empezar el ajuste económico aplazado por el duelo. Empeoró la relación con Hugo Moyano. Amaneció el primer paro nacional docente en ocho años de kirchnerismo. Retornaron los endémicos problemas de falta de transparencia que se corporizan ahora en Amado Boudou, el vicepresidente. Escaló la intolerencia para convivir con sus adversarios políticos a los cuales considera detestables enemigos, como Mauricio Macri. Para colmo, la Presidenta reaccionó con lejanía frente a la tragedia ferroviaria de Once.

Sólo un notable encierro, o la creencia de que una victoria concede derechos eternos, explicaría lo visto y oído en el poder en las últimas semanas. La remisión a los días del conflicto con el campo de su primer turno resulta inevitable. Repasemos: la defensa que hizo Cristina de la política kirchnerista en el área del transporte, también la ferroviaria, cuando habló en el Congreso. La manera aldeana con que Julio De Vido cumplió la orden presidencial de reemplazar al ex secretario de Transporte, Juan Pablo Schiavi. El anuncio del ministro de Planificación acerca de que la política de subsidios continuará aunque, prometió, con transparencia. Una contradicción: no podría haber tal transparencia en un modelo, el de las concesiones del transporte, apuntalado sobre todo en la corrupción.

El juez Claudio Bonadio ya tendría pruebas de esa corrupción. Su decisión de aceptar como querellante en la tragedia al Estado despertó suspicacias. También, la prohibición para salir del país a Schiavi y a los dueños de TBA.

Bonadio trabaja bajo un mar de presiones . Le habrían pedido desde el poder que trate de recargar responsabilidades en el maquinista.

“Nadie se la va a llevar de arriba. Sea quien sea. No estoy dispuesto a cargar 51 muertos en mi vida” , dicen que repite estos días.

Delegados de la línea Sarmiento denuncian que las pericias sobre el accidente corren por cuenta de personas que responden a los hermanos Cirigliano.

¿Y la intervención anunciada por Cristina? Lo único que resolvió esa intervención fue el retiro del uso público de unidades en estado de calamidad. El servicio es ahora peor de lo que era antes de la tragedia. Otro dato revela el nexo aún indisoluble entre el Gobierno y el grupo Cirigliano: los ómnibus puestos para paliar la menor frecuencia de trenes pertenecen también a la misma concesión .

La tragedia en Once desnudó viejos problemas estructurales irresueltos durante la era kirchnerista. Lo que parece haber alterado el humor social, por supuesto, fueron los muertos y heridos. El Gobierno hurgó una salida como si se tratara de una cuestión más . No hubo deliberaciones ni conciliábulos. Cristina le bajó el dedo a Schiavi y De Vido debió ejecutar la cesantía. El ex secretario de Transporte, pese a su convalecencia por una alteración cardíaca, no estaba persuadido sobre la necesidad de irse. Tal vez le pesó –le pesa todavía– el recuerdo de su antecesor en el cargo, Ricardo Jaime. Ese hombre amontona denuncias aunque tiene aún de dique al juez Norberto Oyarbide.

Schiavi habría intentado negociar una licencia por motivos de salud con el ministro de Planificación.

Pero De Vido hace bastante que perdió la gracia de Cristina.

Sus explicaciones o reparos casi nunca la convencen. Tiene además un cancerbero que lo martiriza: Guillermo Moreno. El supersecretario creció en la simpatía presidencial y hace cada cosa que le ordenan. Hasta alguna sugerencia propia le cae bien a la Presidenta.

De Vido resignó su histórica influencia en el mundo sindical. Moyano lo sabe.Tampoco el puente que tiene con el viejo peronismo le resulta útil: Cristina ha dejado de abrevar en esas fuentes. Conoce que Moreno le refresca a la Presidenta que la mayor cantidad de denuncias sobre corrupción que tuvo el kirchnerismo envolvieron al Ministerio de Planificación.

El supersecretario exhibe otra ventaja política notable sobre el ministro.

Posee llegada a La Cámpora.

Entre esos jóvenes –y no tanto– es visualizado como un peronista de batallas. Tal vez, de las que carecen ellos. Sus extravagancias o locuras son, muchas veces, traducidas como supuestas genialidades.

Ese acoso ayuda a entender la manera en que De Vido resolvió el reemplazo de Schiavi. Prefirió un soldado político a un especialista: Alejandro Ramos trabó con el ministro una relación estrecha por el envío de fondos directos de la Nación para obras en su municipio, Granadero Baigorria. Se trata de un territorio de apenas 35 mil habitantes.

Kirchnerista duro y puro , nunca comulgó demasiado con el gobierno socialista en Santa Fe. El ex intendente hizo en esa zona suburbana de Rosario una importante obra de tendido cloacal. Pero no fue convocado ahora por las cloacas sino para hacerse cargo del desquicio ferroviario que provocó una tragedia y está abriendo, a lo mejor, una grieta entre la sociedad y el Gobierno.

La anemia política de De Vido pareció quedar registrada, justamente, durante la jura de Ramos. Defendió, como Cristina, la política ferroviaria. Exculpó a Schiavi y compensó su despido con un aplauso. Se detuvo para criticar ácidamente a los medios de comunicación. Le dedicó una parrafada vulgar a Macri ( “Le molestan los amigos del conurbano, de pelo negro ”, guapeó) por el pleito con el subte. Una auténtica lección de cómo congraciarse con Cristina o, al menos, de no continuar perdiendo puntuación.

Tan cierto es eso, que De Vido fue el kirchnerista que hasta último momento intentó mantener viva la negociación con Macri por el traspaso de los subtes. El mismo día (miércoles 29 de febrero) y casi a la misma hora en que Nilda Garré decidió el retiro de la Federal de los subtes y causó el estallido del jefe porteño, el ministro de Planificación invitaba a Macri a una reunión para encontrarle solución al tema.

El problema de los subtes revela otra vez, por encima de todo, el fracaso de la política . Para Cristina y el kirchnerismo, esa práctica se sigue reduciendo a la confrontación y el látigo . Macri tiene, por su parte, una concepción en exceso especulativa . Supuso que una resistencia ante el pedido presidencial del traspaso podía caer mal en la opinión pública. Se trataba del estreno reeleccionista de Cristina. La realidad de los subtes y las intenciones kirchneristas eran entonces las mismas que el jefe porteño parece descubrir ahora.

Aquel fracaso político se refleja en otro punto. La puja por los subtes ha trepado los tres poderes del Estado. Cristina, con el método del redoble, anunció el envío de un proyecto para que el Congreso sancione el traspaso. El kirchnerismo puede lograrlo porque tiene cómoda mayoría.

Aunque el armado jurídico no será sencillo . Macri dijo que nada se haría sin ser sometido a consideración de la Legislatura, por respeto a la autonomía de la Ciudad. El macrismo, aunque con justeza, maneja también la mayoría en ese cuerpo. El macrismo y ciertos dirigentes opositores advirtieron que el conflicto debería ser saldado por la Corte Suprema.

El Gobierno siempre multiplica y enreda. También quiere ahora que Macri se haga cargo de las líneas de colectivos.

La mayoría de esas líneas no son sólo de jurisdicción porteña.

El kirchnerismo, además, todavía hace campaña por la tarjeta SUBE y se dispone a fijar el nuevo valor del boleto. ¿En qué quedamos? No es lo único: De Vido comunicó que se incorporarán 45 vagones modernos en la línea A del subte mientras el propio kirchnerismo afirma que ese servicio ya está bajo la órbita del Gobierno porteño. Todo, un auténtico adefesio de la crema política nacional.

Llegó entonces la orden para que intercediera Ricardo Echegaray. El titular de la AFIP lo hizo después de tragar saliva. Tiene con Boudou un antiguo rencor: cuando el vice era ministro hizo circular una copia del acta de ingresos al Penal de Magdalena, donde figuraba una visita de Echegaray al dictador Jorge Rafael Videla cuando estaba preso allí . La situación de Boudou se complica. Oyarbide rehusó hacerse cargo de la causa; la oposición se despertó con un pedido de juicio político que no prosperará pero que incomoda.

El Gobierno parece seguir corriendo detrás de los acontecimientos.

Falla la política y falla también la gestión. Aunque esos errores no explican todo. Schiavi había dicho que la tragedia de Once hubiera sido menor si ocurría un día antes, que fue feriado. De Vido gritó, sobre el mismo drama, que “nunca se contabilizan las muertes que no se producen” . Buscar la razón de esas palabras en la política resultaría vano. Tal vez, convendría rastrearlas en manuales de psiquiatría.

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