Con su participación en la Cumbre del G-20 y la reunión con Barack Obama, la mandataria desterró muchos de los mitos sobre la mirada de las potencias hacia la Argentina. Las claves de un balance positivo afianzado en la gestión.
La cumbre entre la presidenta Cristina Fernández y su par estadounidense Barack Obama en Cannes a fines de esta semana marcó un claro cambio en la relación bilateral y comenzó a cerrar un círculo cuyo punto inicial podría ubicarse seis años atrás, en una primavera tórrida en las playas de Mar del Plata.
La mandataria argentina y el titular de la administración estadounidense se dispensaron frente al Mediterráneo todas las señales positivas que marca el protocolo diplomático. Obama describió a Cristina como una amiga, personal y de los Estados Unidos, y la mandataria reconoció el rol de liderazgo que tiene la principal potencia mundial.
Hubo además algunos claros gestos previos, como la recomendación de Obama al francés Nicolas Sarkozy para que tomaran nota del triunfo contundente que había llevado a Cristina Fernández a la reelección, comentario que la Casa Blanca se encargó de hacer público.
La bilateral se produjo además en el contexto de la Cumbre del Grupo de los 20, que tuvo a una Cristina Fernández como protagonista central de los debates, con un fuerte rechazo a la posibilidad de imponer regulaciones al precio de los commodities que exporta la Argentina, y con el estreno de la definición del “anarco-capitalismo financiero” por parte de la mandataria.
La presidenta de la Nación más aislada del mundo, según la mirada de la mayoría de los analistas locales que cuestiona la política de cercanía con los países latinoamericanos, acordó con el líder de la principal potencia mundial un mecanismo de consulta personal para resolver cualquier diferendo que pueda surgir en la relación bilateral.
La jefa de un gobierno que había entrado para siempre en la lista negra del Departamento de Estado por requisar material militar no declarado de un avión estadounidense en territorio argentino, consiguió además un compromiso de parte de Obama para revertir la política proteccionista de Washington que frena el ingreso a ese mercado de varios productos argentinos.
Cristina recordó antes del encuentro que cuando Néstor Kirchner gobernaba el país, la balanza comercial favorecía a la Argentina, pero al calor del fuerte crecimiento industrial que empujó la importación de productos, hoy la relación es largamente superavitaria para los Estados Unidos.
La viuda del líder político al que Washington nunca condonaría la pena de haberle hecho pasar un mal trago al presidente George W. Bush en Mar del Plata, cuando se sepultó la posibilidad del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), se sentó junto al presidente estadounidense en la Cumbre del G-20. El bloque que, según los mismos detractores de la política exterior kirchnerista, la Argentina no podía integrar porque le faltaban pergaminos, esos que le sobraban a la España del 20% de desempleo, la crisis y el ajuste.
La postal de la Riviera francesa está muy lejos de la foto que selló en la rambla marplatense la suerte del ALCA, seis años atrás. Sin embargo, exhibe claras señales de una coherencia política inalterable.
Cuando la Argentina ingresó al primer mundo, allá por la década del ’90, desarrolló una estrategia de vínculo íntimo con las potencias globales, que el entonces canciller Guido Di Tella nominó como “relaciones carnales”. Esa “eficiente” política exterior fue un claro complemento de la desindustrialización, el desempleo y el endeudamiento masivo que explotó en la crisis social de 2001.
Por eso fueron muchos los sorprendidos, cuando en noviembre de 2005, cinco presidentes se plantaron ante la propuesta de George W. Bush de imponer el área de libre comercio a la región. “Fuimos cinco mosqueteros, rodilla en tierra y con esgrima de la buena triunfamos en el duelo. Y Néstor Kirchner fue D’Artagnan”, repasó en las playas bonaerenses el venezolano Hugo Chávez, después de que Bush se retirara antes de la Cumbre.
Nadie en política puede garantizar que no vuelvan a surgir en el futuro chisporroteos o diferencias entre Washington y Buenos Aires. Pero el fondo de la cuestión es cómo se resuelven los conflictos: se puede regalar un peluche de Winnie the Pooh, o defender las convicciones. <





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