La crisis, el resultado de una integración a cualquier precio

La crisis, el resultado de una integración a cualquier precio
ATENAS.- Los desafíos económicos que enfrenta la Unión Europea (UE) están provocando un gran nerviosismo entre los inversores de todo el mundo, que observan alarmados cómo cientos de manifestantes protagonizan violentas protestas contra las nuevas medidas de austeridad adoptadas por el gobierno.
La situación era muy distinta hace unos años cuando Grecia, ansiosa por unirse primero a la UE y luego a la eurozona, prometió poner a punto su sistema financiero.

"Ahora estamos pagando el precio de haber vivido por encima de nuestras posibilidades, en medio de un despilfarro increíble, sin haber logrado reducir el papel del Estado", dijo Yannos Papantoniou, ex ministro de finanzas griego. "Algunos dicen que deberíamos haber hecho mucho más."

La actual crisis es, en muchos aspectos, una tragedia peculiarmente griega. Tiene sus raíces en un antiguo y épico gasto nacional y fue alentada por la soberbia de los líderes europeos cuyo deseo de integración a cualquier precio los forzó a permitir que las consideraciones políticas triunfaran sobre las realidades económicas.

Según algunos testimonios, la difícil situación actual de Europa puede remontarse a 1981, cuando Grecia, que emergía aún de las secuelas de una dictadura militar, se apresuró a unirse a la Comunidad Europea, 14 años antes que las más ricas Austria, Finlandia y Suecia e incluso cinco años antes que España y Portugal. En ese momento, el presidente de Francia, François Mitterrand, se opuso a la expansión del bloque hacia el Sur, por temor a que países como Grecia no estuvieran preparados para integrarse.

Pero triunfaron los que estaban a favor de la expansión de la Comunidad, que argumentaban que integrar países como Grecia, España y Portugal a las estructuras europeas era la mejor forma de modernizar sus frágiles democracias.

Durante la primera década de la integración griega, los generosos subsidios de la UE ayudaron a catapultar a Grecia, librándola de su retraso balcánico. Cuando llegó 1997 y los líderes europeos se dispusieron a introducir la moneda única, algunos aclamaban a Grecia, que gozaba de un firme crecimiento económico de más del 3% bajo el gobierno socialista del premier Kostas Smitis, por ser un miembro incondicional y valiente en el plano económico.

Papantoniou recordó que, para Atenas, integrarse a la eurozona era una cuestión de orgullo y de necesidad, ya que eso estabilizaría la economía ahuyentando a especuladores, y al mismo tiempo permitiría a Grecia acceder al crédito con bajas tasas de interés. "Una vez que estuvimos en condiciones de adoptar el euro, empezamos a transformarnos: de ser un país del Tercer Mundo pasamos a ser otro que aspiraba a parecerse a Suiza", dijo.

Pero el camino de acceso de Grecia al euro no estaba en absoluto asegurado. Ya en 2000, el Banco Central Europeo expresó preocupación por las finanzas griegas, señalando que la deuda total de Atenas superaba con creces el límite prescripto.

Finalmente, Grecia se integró a la eurozona antes de lo esperado, en enero de 2001. Teóricamente, había rebajado drásticamente su déficit presupuestario. El imperativo político de dirigirse hacia al euro silenció todas las críticas.

"En ese momento había claras señales de que los griegos estaban fraguando los datos, especialmente los referidos al déficit", dijo Jürgen von Hagen, profesor de economía de la Universidad de Bonn. "Pero los gobiernos europeos no querían tomar nota. Por razones políticas, querían que Grecia se integrara."

La negligencia en lo que se refiere a la disciplina fiscal se extendió incluso a los actores más importantes del club del euro. Entre 2002 y 2004, hasta Alemania y Francia transgredieron las reglas del déficit, lo que creó un peligroso precedente.

En 2004, era evidente que los datos económicos griegos eran falsos. A pesar de las evidencias reunidas por Eurostat, la agencia de estadísticas de la UE, que demostraban que Atenas había distorsionado sus números, los funcionarios europeos afirmaron con toda claridad que expulsar a Grecia de la eurozona no era una opción posible. Pero incluso aparte de la debacle estadística, la economía griega pronto siguió de mal en peor.

Papantoniou adjudicó la discrepancia en las cifras del déficit a un cambio del sistema contable instrumentado durante el gobierno de centroderecha de Kostas Karamanlis, que asumió cuando los socialistas fueron derrocados, en 2004. Karamanlis siguió con el derroche para preparar los Juegos Olímpicos de ese año. Los crecientes costos de seguridad impuestos tras los ataques del 11 de Septiembre aumentaron aún más los gastos.

En un sentido más amplio, dijo Giannis Stournaras, economista y ex asesor del partido socialista gobernante, Grecia consideró su ingreso en la eurozona una invitación a una fiesta. "En vez de reducir el déficit y liberalizar la economía, el país siguió gastando", señaló.

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