POR MARCELO CANTELMIEl viejo continente, dentro y fuera de las fronteras de la moneda única, soporta récords de desempleo y precariedad y, a la vez, una enorme transferencia regresiva de ingresos
El continente, no sólo en las fronteras de la moneda única, soporta récords de desempleo y precariedad que se borran unos a otros; con una Grecia que ha absorbido sumas ingentes de salvatajes y navega en un naufragio hacia la inevitable bancarrota , ya sin soberanía sobre sus propios presupuestos. Que eso suceda en un espacio de economías que en su mayoría vienen de altos niveles de desarrollo, debería multiplicar la alarma entre modelos -como varios de los sudamericanos, también el de nuestro país-, que carecen de aquel mérito, y cuyo crecimiento estadístico depende de la fortuna de commodities que consume ese universo en crisis.
El economista de Harvard Kenneth Rogoff acepta la idea de que el actual descalabro europeo posiblemente no existiría de no haber ocurrido antes la crisis financiera de EE.UU. que se globalizó inmediatamente. Pero remarca que “cualquier sistema económico como la UE debería ser capaz de resistir este tipo de crisis”.
Rogoff, como una mayoría de sus colegas, insiste que de este modo invariable, Grecia no tiene sentido dentro del acuerdo monetario. Ese mismo pacto que dio vida al euro tampoco lo tendrá en un breve futuro fulminando a esa moneda , si antes de finalizar la década no se corrió la línea que impide una integración profunda, verdaderamente cosmopolita que incluya esencialmente el nivel fiscal.
Un dato sobre Grecia ejemplifica y estremece. Si se imaginara un diseño para que ese país recuperara un real nivel competitivo de frente al resto de sus vecinos, habría que recortar 50% de los destruidos salarios actuales . ¿Cómo se crece en un páramo de tal escasez? El concepto tiene otras sonoridades.
Hace no demasiado tiempo, cuando aún el socialista José Luis Rodríguez Zapatero gobernaba España y se prefería ignorar las alertas por una burbuja que se insinuaba ya que no resistiría, se esgrimía la idea de que para que los trabajadores españoles pudieran acercarse al nivel de competitividad de los alemanes, era imprescindible, antes que cualquier otra consideración, bajar 25% los sueldos, medida inviable en aquellos tiempos.
La idea que liga reducción de salarios con productividad y aumento del empleo por vía de la flexibilización, se ha probado falsa y oportunista . Cuando ya la crisis había estallado en España, en 2010 por ejemplo, los sueldos en ese país deberían haber no disminuido sino aumentado cerca de 20% si se hubiera querido equiparar el ratio salario-productividad de Alemania por ejemplo o 22% respecto al de EE.UU. Hay otra mirada que merece ser tenida en cuenta. Los españoles trabajan 1.636 horas anuales contra 1.430 de los alemanes o 2.115 de los griegos (Organization for Economic Cooperation and Development, OECD), pero si se observa el PBI por hora trabajada, es decir la productividad (GDP per hour worked), lo que aparece es que un alemán genera $53,6 contra $47,2 de un español o $33,6 de un griego.
La productividad debería ligar entonces con el nivel de desarrollo, o dicho de otro modo la eficiencia competitiva de las empresas; pero no es lo que indica el dogma.
El ajuste que ha emprendido brutalmente el gobierno de Mariano Rajoy va cumpliendo con aquella meta de la reducción de los salarios, esta vez sin mayores resistencias (la huelga reciente no ha sido un ejemplo) por el azote de un desempleo que involucra a más de 5 millones de trabajadores, 23,6 % en el nivel general, cifra que arredra a quienes aún tienen ocupación y no quieren perderla. Es improbable que el ajuste logre impactar inmediatamente en la escala de competitividad, pero el camino traza una meta de perspectivas sociales asiáticas como vía para obtenerla, generando una tremenda transferencia de ingresos desde bajo hacia arriba y, al mismo tiempo, extrayendo la mayor cuota de productividad en la base de la pirámide y no, precisamente, en la cumbre.
Es interesante ese punto a la hora de advertir que lo que se caracteriza como crisis, incluyendo en el concepto el pesimismo de Rogoff y muchos de sus colegas, no es necesariamente producto de un fracaso.
Hay una dimensión que se insiste en no observar, amputando la verdadera mirada.
El billón de euros inyectado en el sistema financiero del continente por el Banco Central Europeo, impidió la bancarrota del euro y de la arquitectura financiera que lo rodea, pero al mismo tiempo generó una fuente altamente lucrativa para los bancos. Ese volumen de plata fue a unos 800 bancos, en condiciones de un conmovedor altruismo: a tres años y una tasa de interés del 1%.
Como remarcó con lucidez Xavier Vidal-Folch en El País de Madrid “el beneficio para los bancos es simple y enorme, entre 20.000 y 40 mil millones de euros”. Con ese billón logrado al 1% “las entidades pueden invertir en deuda soberana del propio país o del vecino, cobrando hasta 5% (por la tasa de riesgo) en el caso de la española e italiana a diez años”. Notable.
Esta crisis es ese fenómeno, no la pesadilla que ocupa los titulares. Se trata de un gigantesco traspaso de fondos extraídos de las estructuras nacionales al costo de enormes masas de desocupados o páramos como Grecia, donde comienzan los suicidios frente a un futuro fulminado . Junto con la demolición del Estado Benefactor de la posguerra se resignifica el sistema de representación donde el poder real se revela ya sin enmascaramientos en la estructura financiera y no, necesariamente, entre los votantes y sus votados.
No debería ser difícil imaginar hasta qué punto se estiraría esa construcción si lo que hubiera que salvar no fuese Grecia o Portugal sino sujetos mucho más amplios y complejos. Hace un par de semanas un economista jefe del Citigroup, Willem Buiter, alertó que España, el mayor PBI de la eurozona tras Alemania, Francia e Italia, está en mayor riesgo de lo que suponen los mercados , de verse obligada a reestructurar su deuda. Agradezcamos: no traiciona aquel que avisa.


Comentá la nota