El crimen de Angélica Ramírez, de 14 años, en Puerto Rico, ratifica la misma sospecha de años en Misiones: la Justicia es sólo un poder que apaña al poder real. La impunidad reina en un modelo renovador K donde los jueces son tan sometidos como las víctimas. En Puerto Rico, también nadie se hace cargo de los abusos y la impunidad.
Por eso corrí hasta el teclado de la computadora, para saber si desde acá puedo esgrimir, aunque sea, una sensible respuesta a semejante pregunta. Angélica Ramírez, de 14 años, una adolescente de Puerto Rico, apareció muerta a golpes de piedra, con saña, en un avenida terrada de esa localidad, y con signos de haber sido torturada y violada por él o sus asesinos.
Tenía 14 años, sólo 14 años, una edad, que por la casualidad del destino y la voracidad política, no la habilitaban para votar. Y se observa, en todos los estados de la sociedad (si hubiera honrosas excepciones, lo diría), incluidos los medios, una línea de análisis –o prejuzgamiento- más preocupada por justificar su muerte que por encontrar a sus culpables.
“Por ahí la piba era media livianita, le gustaban las fiestas…”. Prejuzgamiento, tan salvaje como su crimen, que lo dejo a criterio de la liga de los derechos contra la violencia de la mujer y sus organizaciones que discuten en los medios y las paredes pintadas, más de lo que logran.
Pero volviendo al relato, ¡no olvidarse!. En medio de la investigación, dos policías, de rango, le dijeron al juez Ector Acosta –que el único mérito que tiene es no tener la H en su nombre de pila- que su hijo estaba en la lista de sospechosos, como otros pibes de alta alcurnia que disfrutan de las fiesta de la trasnoche pueblerina, cuando el párroco del pueblo descansa tras dar la misa del ángelus.
Acosta, obviamente, se observó violentado moralmente ante semejantes testimonios. Su pibe estaba envuelto en la maraña de una investigación que él mismo despreció, cuando ni siquiera tomo los recaudos periciales de un juez probo para combatir la impunidad y esclarecer semejante homicidio. ¿Sospechoso?. Diría que causal de despido.
De inmediato lo subrogó el juez Correccional y de Menores de Puerto Rico, Rubén Osvaldo Lunge, (un protegido de cierto periodistas) que por esas casualidades del destino de la convivencia judicial, terminó siendo el padrino del hijo de Acosta y, ley obliga, también decidió apartarse de la causa. Por algo será o ¿o por algo será?. Lunge nunca se bancó a Acosta, lo combatió desde la clandestinidad, y ahora se hace el pariente.
Unas horas después, un juez civil de la jurisdicción, de apellido Liruzzi, en la inesperada sucesión de magistrados, también se excusó de atender en la causa por ser, desde hace 30 años, amigo del juez Acosta. Otro juez que huye para enfrentar otra guerra. Infame el magistrado de pueblo que cobra más de 20 lucas por mes.
A la joven Angélica la mataron hace un mes. Hay un repartidor de panadería detenido y una lista larga de sospechosos, que lejos de estar detenidos o vinculados a la causa, esperan que la Justicia haga lo suyo. Dilatar una pesquisa donde la víctima, de 14 años, terminará –y espero que no- más estigmatizada que los propios culpables de su crimen aberrante, repudiable, y angustiante.
Sinceramente, si ánimo de exagerar, la Justicia misionera hace años que no tiene la menor idea de cómo seguir en su reconstrucción institucional. El Poder Judicial, salvo honrosas excepciones (espero que existan) no es más que un poder enquistado en el verdadero poder: un modelo de Gobierno –renovador K- que minimiza todo; el crimen, la corrupción, los abusos, la criminalización de la pobreza, la depravada fiesta del poder que se desayuna con la impunidad, y encima la cuenta.
El Poder Judicial no es un poder aparte de este modelo de corrupción, sumisión, y resignación impiadosa. La Justicia, sus miembros, debaten desde sus atrios los designios de las leyes como si añoraran ser los parlamentarios. Y los parlamentarios, impúdicos, al sonido del látigo de sus caudillos, operan como si fueran ellos los ejecutores de la ley.
Puro entretenimiento perverso de un esquema republicano (bastardeado, por sus protagonistas de la época) que se cagan –dije cagan!!!- en los sujetos del Derecho. Léase los ciudadanos que viven en la periferia del poder y que, por razón o circunstanca, tienen que ser violados, ultrajados, sometidos a persecuciones, y ¿porque no?, asesinados.
Angélica tenía sólo 14 años y, por lo que impone e implora la “vox populi”, fue víctima de la inseguridad. No de las calles de Puerto Rico. Más doloroso, ahora es víctima de un sistema político y judicial que alivia las cargas y las culpas al criminal, a sus asesinos. Están sueltos y la Justicia lo sabe, porque los apaña.
Sólo para tener en cuenta: Natalia Almada (17) fue detenida y encontrada sin vida en Apóstoles el mes pasado. Apareció, o casualidad, ahorcada en una comisaría. Antes, sólo unas semanas antes, Lieni “Tati” Piñeiro (16), apareció muerta, violada, en una calle inhóspita de su pueblo, Puerto Esperanza. También ahí, en ese poblado del Alto Paraná, el poder político tuvo que salir a desmentir que sus hijos no tenían nada que ver con el salvaje crimen. O casualidad, el único detenido del caso, decidió ahorcarse en su celda, cuando tenía que declarar.
Angélica, Tati, Natalia y un rosario de pibas misioneras dejaron sus vidas en un escenario donde se impone el olvido, la injusticia, favorecido por esa pirámide de jueces y fiscales que alientan y ejecutan la despreciable impunidad.
Describir la lista de casos impunes, en Misiones, sería casi una plétora pasional de un periodista trasnochado, que sólo recuerda, ahora, por ejemplo, como la obereña Ticha Bárbaro, de líder de marchas que clamaban por Justicia, tiene que sobrellevar la angustia de contemplar como el sistema devora sus reclamos y convivir con la madre (amiga y funcionaria del poder) de quien, bien podría, ser el perverso asesino de su hermana minusválida.
Misiones está enferma en sus tres poderes y sólo diseña Ong’s o charlas de debate en el Centro del Conocimiento para masturbarse con la idealización de un clima de paz y crecimiento. Los milicos y los jueces son serviles a los funcionarios del Gobierno, sólo eso. Y hace tiempo que lo está, Misiones, enferma en sus tres poderes, eso está claro. Nadie lo discute. Si la indiferencia reina entre los fanáticos de un modelo que agota y acobarda a los apasionados que pugnan por una vida digna, premeditada. Y hace que la arbitrariedad, la infamia, y los abusos sólo sean una suerte de costumbre pagana, de los idealistas que, todavía, no están coaptados en la joda de la monarquía. Una lástima, un dolor profundo. Será Justicia. O, ¿Será Justicia?.
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