Lo piensa la mayoría de los ocho analistas políticos consultados por Clarín. Dicen que el oficialismo debería tomar nota de las demandas, pero dudan de que Cristina acepte cambiar el rumbo.
“Lo primero que debería entender el Gobierno es que no se trató de un fenómeno de las clases medias de la Capital Federal”, opina el sociólogo Hugo Haime, que se especializa en investigaciones de opinión pública, inteligencia competitiva y estrategias. “Se trató de la aparición de un sector social que salió a la calle carente de toda representatividad y que provocó un segundo fenómeno: la horizontalidad de la comunicación a través de las redes sociales”.
Su colega Rosendo Fraga, fundador de Centro de Estudio Nueva Mayoría, asevera: “La marcha es el primer límite al poder de Cristina desde que fue electa y expresa una disconformidad con el giro político e ideológico, en especial con el sesgo autoritario. Pero no esperemos que el Gobierno cambie. Va a redoblar la apuesta ”.
Lo lógica cristinista de no evaluar nunca la posibilidad de dar pasos hacia atrás, también es compartida por Mariel Fornoni, la directora de la consultora Management & Fit. “El mensaje de la gente fue para toda la clase política pero el oficialismo reaccionó con más provocación.
Salió a despreciar los reclamos y redoblará la apuesta como hace siempre.
No comprende que la protesta fue de gente que no concurrió para cambiar al Gobierno sino para decir ‘acá estamos y estos son nuestros reclamos’”.
Consultores y encuestadores asumen que las protestas no sólo abarcaron al Gobierno. “Primariamente se interpeló a la Presidenta y luego a la oposición. Los partidos están en crisis y la dirigencia devaluada”, razona la socióloga Graciela Römer. Fabián Perechodnik, fundador de Poliarquía Consultores, especifica: “Es un reclamo a la política en su conjunto con epicentro en Cristina por el cepo al dólar, la inseguridad o el estilo en la comunicación. Es un fuerte llamado de atención para el Gobierno y para la oposición.
No se puede soslayar el reclamo . Eso sería no entender un tipo de fenómeno que la sociedad está expresando”.
¿Habrá efectos políticos concretos? “ Es difícil anticipar que haya cambios . Pero es una noticia de impacto, de alerta”, arriesga Perechodnik. Algo más optimista, Römer remarca que “ es de esperar que haya respuesta del poder para descomprimir los niveles de insatisfacción”.
Un año parecería demasiado tiempo para imaginar cambios drásticos en la conformación del Congreso. “El contexto económico era más negativo en 2009. Es difícil determinar si la gente castigará al Gobierno en 2013. Desde 2010 nadie de la oposición ha sabido canalizar el reclamo”, apunta Federico Aurelio, director de la consultora Aresco. Aurelio trabaja siempre sobre la idea de que el país está dividido en tres tercios. “Un tercio apoya irrestrictamente al Gobierno, otro es muy contrario y el tercero actúa por conveniencia”, asegura. Para Aurelio, el clima social de los próximos tiempos tendrá que ver con “la generación de las expectativas que se van a ir desarrollando.
Creo que el Gobierno va a prestar atención a los reclamos ”.
Analía del Franco, de la empresa Analogías, parece convencida de que el cacerolazo desnudó que “mucha gente no tiene canales de representación y por eso estalló espontáneamente. Está en contra del Gobierno, preocupada e insatisfecha”. Eso demostraría, para Del Franco, que habría que rever eso de que “no hay oposición. Quizá ese sea el mayor impacto”.
La consultora ve difícil un golpe de timón de la Presidenta: “La tensión siempre puede generar cambios pero no en las políticas públicas”.
Ricardo Rouvier es otro que avala la idea de que “considerando el estilo K el Gobierno redoblará la apuesta” tras los ruidos del cacerolazo. Apoya su visión en dos argumentos. Por un lado, considera que “desde 1983 no se veía a una oposición tan débil”. Y, por otro, alerta que “hasta ahora lo ha hecho y mal no le ha ido”.
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