A partir de mediados de 2002 la Argentina creció sostenidamente, salvo en 2009. Creció cual nuevo tigre, pero no asiático, sino criollo. Sin embargo, nuestro país no se desarrolló. Más aún, en varios parámetros retrogradó. ¿Acaso crecer no es lo mismo que desarrollarse? ¡Para nada!Crecer es engordar. Desarrollarse es robustecerse.
Desarrollo es mucho más que crecimiento. En primer lugar, significa mejorar lo humano y lo social. Hoy padecemos el flagelo inmenso de que un tercio de los 40 millones de argentinos son pobres. Este es un gravísimo síntoma de subdesarrollo. Con cuatro millones de jubilaciones famélicas y otros tantos beneficiarios de ayuda social no existe desarrollo. Tampoco si medimos el incremento de varios índices nefandos: de violencia vecinal y de conflictos sectoriales, incluyendo la fractura familiar provocada por la explosiva combinación de alcohol y/o droga, miseria e ignorancia; de inseguridad y delincuencia cruel; de impunidad del delito, tanto armado como de "guante blanco"; de accidentología vial, que implica el funesto desapego a la norma y la falta de respeto a los otros; de desocialización, incluyendo la alarmante pobreza lingüística; de deseducación, al punto que la escuela es poquísimo de formación, algo de instrucción y mucho de comedor.
Para colmo, medio millón de adolescentes ni estudia ni trabaja. ¡Para qué seguir! Los índices sociales son más que inquietantes. Tanto que uno se vuelve reminiscente de la vieja pobreza, que era dignísima y que anidaba laesperanza de que tarde o temprano la añorada movilidad social argentina le tenía destinado un sitio en la clase media. Eso sí, mediando esfuerzo, preparación y trabajo.
En el plano institucional, desarrollo implica poseer y disponer - también gozar- de instituciones robustas, confiables, funcionales, transpersonales y transpolíticas. Esto último es claro: más allá de las personas y de los partidos.
Desarrollo es tener un gran Estado, no por su tamaño y sus tentáculos, sino por su cerebro y su capacidad. Ello supone una carrera administrativo-estatal que colecte a los mejores y más entrenados para la gestión pública. Aprobados por su aptitud, no por su afiliación. Los adictos deben ser los funcionarios políticos que acompañan al presidente en los ministerios y secretarías de Estado. Me atrevería a postular que las subsecretarías deberían reservarse para los gestores de carrera.
Desarrollo es un Congreso cada vez más Palacio Legislativo y poder independiente. Y una Justicia igual de autónoma y todavía mejor capacitada. Un juez, ¡vaya si tiene que ser apto para la excelsa labor de juzgar! Por supuesto, el Poder Judicial de un país desarrollado exige un Consejo de la Magistratura a enorme distancia de las manipulaciones políticas. Desarrollo son instituciones sin amaños.
Desarrollo político supone partidos que funcionen como mediadores cotidianos entre lo social y lo público y formadores de la vida cívica.
Que coadyuven a articular la sociedad. Y en materia electoral, es la papeleta única de votación, herramienta antifraude por excelencia.
Desarrollo es mucho pensamiento estratégico e innovador y políticas de largo plazo. Una idea vale más que un lingote de oro. El crecimiento actual adolece de buenas ideas en medio de un apagón del pensamiento.
Desarrollo es inclusión social. ¿Cómo explicar que crecemos y coetáneamente se incrementan los marginados que van a parar a las villas más paupérrimas? Desarrollo es asignar bien -es decir, con transparencia y efectividad- los $ 13 mil millones anuales que maneja el Ministerio de Desarrollo Social que conduce la cuñada de la Presidenta. Si gobernar es el arte de determinar las prioridades, el primer destino de ese dinero debería ser los pobres extremos, relevados por una legión de asistentes sociales más leales que los "boys scouts" y sin intervención de un solo "puntero" político. En el pórtico de ese organismo estatal, allí en la avenida 9 de Julio, debería brillar la inscripción: "Puntero político, abstenerse de ingresar; Asistente social, bienvenido".
Si mediasen honradez administrativa y visión estratégica, las villas miserias tenderían a desaparecer porque habría un plan de colonización y fertilización de tierras fiscales para que miles de argentinos - familias enteras- se reencuentren con la madre tierra y con el trabajo productor. En contraste, en La Rioja, por caso, se han enajenado a precio vil y corrupto dos millones y medio de hectáreas sin siquiera un borrador de programa colonizador.
Desarrollo es tener una infraestructura integral de transporte moderno:
ferrocarriles, autovías, fluvial y también marítimo. Es disponer de energía abundante. Y en las ciudades, cada día menos locura y frenesí en sus superficies, con más espacio para el habitante y el visitante.
Asimismo es desconcentrar la demografía, la economía, el Estado, la política. Un país de 40 millones con una megalópolis de 15 no puede ser desarrollado. En el mejor de los casos, sería un desarrollo malforme.
La brecha desigualitaria es antidesarrollo por antonomasia.
El campo dio, en estas tres últimas décadas, un gigantesco paso hacia el desarrollo porque avanzó en tecnología productiva. Lastimosamente, una desquiciada antiestrategia del Gobierno, que intentó usarlo como fuente de recursos en lugar de asociarse a esa expansión, desembocó en la sojización que vulnera parcialmente esos maravillosos logros.
Desarrollo es que aumente el empleo de la actividad privada. Es tener mil INVAPs que agreguen tecnología a nuestro trabajo.En cambio, crecimos, pero el mayor creador de trabajo ha sido el Estado, en sus tres jurisdicciones, nacional, provincial y municipal. Eso es pan para hoy y hambre para mañana, máxime con la pésima calidad laboral que le depara a esos "servidores" públicos.
Desarrollo es gozar de una burocracia servicial del tipo "ventanilla única". No esta tortura a la que nos somete la fofa burocracia que sufrimos.
El desarrollo entierra los odios y siembra la unión. Está lleno de sana ambición nacional de prosperidad común.
Un país desarrollado desparrama confianza, adentro y afuera. Así, no sufriría la angustiante paradoja que entre 2007 y 2009 se fugaron 50 mil millones de dólares, igual a las reservas del Banco Central.
Trabajamos y producimos, pero seguimos como era entonces. Alguna fachada muta, pero en el fondo todo es igual o se retrasa.
Estamos reflexionando sobre desarrollo. Aunque no lo disfrutamos,es alentador que lo estemos examinando. Es un primer paso hacia el encaminamiento que necesita la Argentina.
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