El boom de la actividad petrolera ha dejado una huella profunda en el sudoeste provincial. Una comarca basada en la economía pastoril pasó a ser estructurada a través de los pozos que manejan las grandes empresas del sector y esto llevó aparejado el progreso, por un lado sorprendente y por el otro caótico.
No es fácil que los protagonistas diarios de esta historia de la "nueva" 25 de Mayo hablen. La desconfianza natural a los medios y a confesarse a extraños, y no tanto, sobre sus vidas privada es fuerte. Pero algunos testimonios, con nombres ficticios, de petroleros o sus familiares, dan cuenta de cómo los afecta personalmente los costos sociales del boom petrolero.
La familia petrolera.
La explosión económica y demográfica en 25 de Mayo comenzó en 2004 cuando las empresas que enviaban su producción hacia Río Negro tuvieron que instalarse en La Pampa obligadas por una pueblada, de quienes observaban cómo el crudo se iba sin dejar nada en el suelo propio. Y por la intervención del gobierno provincial. La localidad pampeana está estrechamente unida a su par rionegrina de Catriel, no sólo por la principal actividad económica, sino también en lo social por la constante circulación y el traslado de trabajadores y pobladores entre una y otra ciudad.
A los trabajadores en la extracción del "oro negro", en cualquiera de sus actividades, los sueldos del sector le cambiaron la vida. En todo sentido. Se nota en los bolsillos, pero también en las relaciones diarias. Así han crecido las problemáticas que afectan a su mismo núcleo familiar.
Así como aumentaron los recursos económicos, también aumentaron algunos flagelos como la violencia familiar, la promiscuidad y los abusos sexuales, muchos a menores de edad. En Catriel sólo la jefa de Salud Mental se anima a dar cuenta del tema abiertamente, mientras que en ambas localidades el poder político trata de hablar lo menos posible del tema. Los jóvenes están más informados y prevenidos, pero las problemáticas sociales también los incumbe y los tienen como víctimas.
Testimonios crudos.
Si hay un lugar en el que la problemática del petrolero impacta de lleno es en el seno familiar. La familia se resiente a partir de la ausencia de los trabajadores que deben hacer turnos casi siempre de 12 horas, más el tiempo que insume su traslado a los pozos. Con el cansancio a cuestas, la falta de comunicación es el eslabón más débil de las relaciones de parejas y con los hijos.
"Raúl" habla sobre esto. El hombre conoce cada "picada" -camino o huella por donde se circula en el campo- de toda la cuenca, mucho mejor que a sus hijos y su esposa, según él mismo reconoce. Dice que aprendió a comprender a su padre, que fue trabajador de YPF, cuando le tocó trabajar en el petróleo. Afirma: "A mí me daba mucha bronca que mi viejo estuviera de franco, porque si él no miraba tele nosotros tampoco. Si él dormía la siesta nosotros no podíamos ni hablar. Decirle que nos habíamos mandado una macana en la escuela y que tenía que hablar con la maestra era para que nos acomode un par de 'bifes' sin lugar a que le explicáramos. Nos hacía saber que él quería descansar y que nosotros éramos ingratos por no entenderlo". La violencia familiar es una de las consecuencias de un trabajo duro y agotador.
"Raúl" dice haber empezado a comprender a su padre ypefeano cuando le tocó trabajar a él en el petróleo. "Parece que ahora viera la película de mis viejos. Yo amo a mi mujer y creo que ella a mí. Pero yo llego de estar 12 horas en el campo, con jefes que sólo les importa producir, con algunos compañeros que te quieren 'serruchar el piso'. Y llego a casa en busca de paz y encuentro a mi mujer con un largo rosario de quejas, problemas y 'pase de facturas', repasando todas las fallas que uno ha tenido en su vida".
"Yo suelo bañarme e ir a visitar amigos para no discutir, pero a la vuelta parece que el problema hubiera fermentado. Le pido que hablemos sin levantar la voz y en lugar de hablar se pone a llorar. Ella es feliz los primeros días del mes cuando llega el sueldo. En la noche le sugerís tener sexo, y cuando no está llorando, está enojada o le duele algo. Y uno piensa: 'Esta mina está con otro'", dice sobre el largo calvario de esta alejado del hogar y que no termina cuando cierra la puerta de su casa.
En soledad.
"Ana" es hija y esposa de petroleros. Tiene 34 años y tres hijos de 19, 15 y 6 años. Desde su niñez, la soledad ha sido un estado permanente. Pasó su infancia y parte de su adolescencia extrañando a su padre y sufriendo por su madre depresiva. La sensación de desprotección y desamparo espiritual se transformó en enfermedad. "A los 12 años comencé con gastritis, aunque antes ya experimentaba fuertes dolores de cabeza. A mi hermana se le llenó de manchas rojas el cuerpo. Y no sabíamos por qué. Los años nos hicieron entender que eran enfermedades psicosomáticas", dice.
"Mi hermano, de 40 años, es alcohólico. Según él dice, empezó a beber a los 13 años. Fracasó como petrolero y actualmente no puede salir de su adicción a pesar de que lo ha intentado", dice la mujer.
Otro es el caso de "Orlando". Tiene 20 años y dos hermanas, es hijo de petrolero. Su padre se separó de su madre, se volvió a casar y su nueva esposa no le permite verlos. "Mi papá tenía un trabajo común donde ganaba poco y después entró al petróleo, y ahí empezó su alejamiento. Yo tenía casi 5 años. Cuando tenía 11, casi 12, mis padres se separaron. Años más tarde me enteré que papá engañaba a mamá", recuerda.
"Por un tiempo no le pasó la manutención, por lo que mi mamá hizo de todo para mantenernos. El dinero llega pero a él no lo vimos más porque su nueva mujer no nos quiere a nosotros. El tiene hijos con la nueva mujer, que son hermanos nuestros, pero nosotros no los conocemos", explica "Orlando".
Cara y contracara.
Mauricio tiene poco más de 50 años y es padre de tres hijos de entre 18 y 23 años. Pero es su esposa, "Analía", quien se atreve a hablar de su caso y esboza la historia familiar. "Los primeros años, cuando teníamos el primer hijo, yo no lo dudaba. Preparaba termo, leche, mamadera, galletitas y el mate, me subía a la camioneta y me iba con él al campo. Después a él lo mandaron a Rincón de Los Sauces y empezó nuestro calvario. A mí me agarraba claustrofobia apenas él se iba. En las noches me ahogaba y durante el día tenía que abrir todas las ventanas porque parecía que me quedaba sin aire. El bebé parecía que sabía. La tarde anterior al día que el padre tenía que irse a trabajar comenzaba con fiebre. Esa etapa duró más o menos un año y después él volvió a trabajar acá. Ahí, dentro de todo la situación se normalizó", apunta.
"Mauricio" también se anima a hablar. No sólo es un experto en la actividad petrolera, ya que pasó por todas las tareas posibles, sino que hoy tiene una mirada completamente distinta de ese trabajo al que le entregó la vida. "Las empresas ahorran dinero y les hacen creer a los trabajadores que les dan la oportunidad de ganar más dinero y de alguna manera cuentan con la complicidad gremial. Porque uno debiera ganar lo que gana con horas extras, pero trabajando ocho horas".
"En cambio en la actualidad todo el mundo trabaja doce horas, mientras que si trabajáramos ocho horas estaríamos más tiempo en nuestros hogares y cada dos trabajadores habría lugar para un empleado más. Y esa gran cantidad de horas fuera de la casa son causa de un gran problema social que se esconde debajo de la alfombra, con adicciones al alcohol, al juego o vidas paralelas con otras mujeres", indica el petrolero.
"Acá hay una gran cantidad de familias separadas con lo que significa para los hijos que en muchos casos, con dinero en mano, se vuelcan al alcohol o a la droga. Yo sé de compañeros que en cuota alimentaria reparten dinero para dos o tres hogares y se le van entre 3 y 4 mil pesos, y después empiezan mirar el recibo y a buscar en los sindicatos si les están pagando mal porque no se pueden dar cuenta qué es lo que tienen que pagar por haberse separado y vuelto a juntar dos o tres veces. Y, aún así, andan de trampa con otras mujeres", concluye.
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