El costo de debatir no es tan alto como el de equivocarse

Hernán de Goñi

Los procesos electorales siempre dan lugar a un tiempo de reflexión. Se supone que tanto dirigentes como electores debemos revisar lo hecho, para evaluar qué políticas deben ser mantenidas y cuáles deben ser enderezadas.

La Presidenta, que después de las primarias de agosto tiene prácticamente asegurada su reelección con más de 50% de los votos, ha dicho en sus últimos discursos -pero sobre todo ante una audiencia de empresarios- que está dispuesta a “corregir lo que haya que corregir y a mejorar lo que haya que mejorar”.

La pregunta que deja en pie es con quién aceptará discutir la mandataria eventuales ajustes a su modelo, ya que el kirchnerismo considera que la buena perfomance que ha obtenido en varios indicadores lo hace inmune a las críticas.

Cuando el Gobierno habla de profundizar sus planes para la economía, no transmite la idea de acordar mejoras ni de recibir aportes externos. Por eso en esta elección no hay un debate que exceda al mero continuismo. Cualquier diagnóstico diferente al oficial (y más si tiene un sesgo pesimista) tienen como único destino ser refutado por el Ejecutivo respaldado en su propia capacidad para resolver problemas.

La agenda del 2012 hoy está cerrada. Discutir, es cierto, implica algún tipo de riesgo político. El costo de chocar, sin embargo, es mucho más alto.

Comentá la nota