A 27 años de su estreno original, este jueves vuelve a los cines locales la película Esperando la carroza, en versión remasterizada. La vigencia de un clásico que el actor compara con el tango "Cambalache".
Analía Rivas
El enredo comenzó por la mayonesa. Mamá Cora decide irse de la casa de su hijo Jorge (Julio De Grazia) luego de discutir con Susana (Mónica Villa) por los flancitos horneados con una mezcla equivocada. Ante la ausencia de la abuela, los Musicardi, creyendo que la anciana se había tirado bajo el tren, llegan a planear su funeral.
Veintisiete años después de su estreno, este jueves vuelve al cine Esperando la carroza, ahora remasterizada. Y todo se repite, con "mayonesa" y abuela restauradas digitalmente, los Musicardi vuelven a hacer las suyas.
"Más allá de la historia particular de esta película. La perdurabilidad que logró, la gente la recuerda y con afecto, no pasó una cosa igual en toda la historia del cine argentino", destaca Luis Brandoni. "La tecnología ayudó mucho a que la película estuviera viva durante estos años, a partir del VHS y después del DVD. La tecnología ayudó a que le gente la haya visto y lo que se apuesta ahora es a que la vean en cine. La gente irá a reverla. No es un estreno, y supongo que el 95% de la gente que irá a verla ya la vio."
–Hay escenas y diálogos que se repiten hasta el día de hoy.
–Sí, es muy frecuente que sepan diálogos de memoria. En algún sentido, eso conserva el espíritu del niño, por eso hay programas de TV que han sido éxitos durante años pero que se siguen viendo a pesar de que siempre es lo mismo. Es como los chicos que piden 40 veces el mismo cuento, y te dicen: "¿Me lo contás otra vez?" Bueno, parece ser que eso también les pasa a los adultos.
–En el boom de la tecnología para ver cine en pantallas alternativas, ¿por qué aún es convocante la sala tradicional?
–Es un tiempo que uno se regala a sí mismo. Es un ámbito propicio para concentrarse en eso, no hay nada que hacer, salvo algún distraído que todavía se queda con el teléfono encendido mientras ve cine. Los actores sufrimos mucho esto en el teatro. Uno va al cine entregado, es un ceremonia compartida, como la ceremonia del teatro que en todo caso es más entrañable porque el teatro se hace a mano y la gente sabe que eso que se está haciendo es para él y es irrepetible, y eso tiene un valor particular. Por eso la gente, aún hoy, una gran cantidad de público se prepara para ir al teatro y se viste especialmente. A nadie se le ocurre entablar un diálogo con un boletero de cine, pero van al teatro y hablan con el boletero y le preguntan: "¿Qué tal es? ¿Cuánto dura?". Está la diferencia entre un hecho industrial y un hecho artesanal, el cine y el teatro.
–¿Cuál es el espíritu que mantuvo vigente a Esperando la carroza?
–Primero el género de la película, el grotesco es un género que nos pertenece mucho a los argentinos, que tuvo su origen en el teatro italiano y que acá creció enormemente como una exacerbación del sainete. Género que, dicho sea de paso, hizo un trabajo imponderable de integración de la sociedad argentina porque por los años en que se produjo la inmigración en la Argentina el único espectáculo era el teatro, no había radio, ni cine, había música en vivo y estaba el teatro. El sainete tuvo la particularidad de contar Buenos Aires como era y había un ámbito casi insoslayable que era el conventillo donde convivían todos, entonces la gente iba a verse. Estaban el turco, el árabe y los italianos.
–¿Todos tenemos algún personaje de los Musicardi en la familia?
–Hay una identificación enorme con la película, si no, no sería posible esto. Pero no forzosamente debe aparecer el espejo con la experiencia de uno. La mirada es más social. De no haber sido de que la abuela la representa un actor varón, no sé si hubiese sido lo mismo, porque haría falta una crueldad un poco patológica para reírse si esa vieja fuera una vieja de verdad. El hecho de que la haga un hombre nos da una distancia que nos permite ser libremente perversos, porque la verdad que esa familia es un reunión de canallas. No es ejemplar ni mucho menos, eso es un permiso porque en verdad no es cierto que sea una abuela de verdad. Todo está visto con el cristal deformante del grotesco, y en esto hay que reconocer mérito al autor, Jacobo Langsner, y a Alejandro Doria, un gran director de cine, que por otra parte, el año anterior había hecho Darse cuenta, una película de un carácter totalmente distinta.
–¿Doria llegó a conocer la idea de remasterizarla?
–No lo sé, pero es posible.
–¿El fervor que sigue produciendo la película es por el grotesco?
–Esperando la carroza es al cine lo que "Cambalache" al tango. Enrique Santos Discépolo escribió "Cambalache" en 1935, en plena Década Infame, de modo que había una razón por la cual escribir esa visión tan patética de la realidad, lo que nunca imaginó Enrique fue que estemos en 2012 y se siga cantando con un entusiasmo digno de mejor causa. Y el fervor que ha despertado esta película me parece que es un caso que podría ser paralelo a eso, porque la verdad que es un familia que deja mucho que desear.
–¿Cuáles son las incorrecciones que más tenés presente de Antonio Musicardi?
–Antonio es un personaje oscuro, un impostor profesional que tiene algunas cosas muy divertidas. Hay un parlamento en la película donde él habla por teléfono con alguna autoridad policial y está toda la familia atrás y a él se le escapa un "circule, circule" que lo define. Es un gran canalla. Me gustan las escenas en que el personaje se muestra tal cual es: otra es la escena en la comisaría, cuando denuncian la desaparición de la mamá y no se acuerdan ni cuántos años tenía, ni su apellido. ¡No tiene ni idea! La otra es cuando llega el furgón con el ataúd, o cuando se pelean entre todos con el "Mamita, mamita", cuando no le dan pelota a la madre hacía años.
–La película se estrenó en 1985. ¿La necesidad de expresión y la primavera alfonsinista ayudaron al éxito?
–Fue un momento muy particular. Yo venía, como otros actores, cantantes y directores, de formar parte de la lista negra de la dictadura, de manera que fue un momento precioso cuando hice Darse cuenta, luego de ocho años de ostracismo, y La carroza se hizo inmediatamente después. Ya Raúl Alfonsín había mandado en febrero del '84, a dos meses de su presidencia, el proyecto de ley para que desapareciera el Ente de Calificación Cinematográfica. Por primera vez en cine se podía filmar sin ninguna limitación. Fue un momento muy lindo e importante para el cine argentino. Se puso de moda, ganó premios en festivales, despertó una gran expectativa en el mundo. El '84 y el '85 fueron años muy lindos.
–¿Por qué Esperando la carroza 2 no tuvo el éxito de la primera?
–Es otra película, pero con la carga en la mochila de la expectativa de la primera. Y el libro no era el mismo, algunos actores faltaban, el director era un director sin la menor experiencia para asumir una responsabilidad de tal tamaño. Así y todo llevó más de 300 mil espectadores. Pero es muy difícil, no sólo por aquello de que las segundas partes nunca fueron buenas, sino porque había pasado mucho tiempo de un momento a otro y, por ejemplo, el personaje de la abuela, siguiendo una línea más o menos razonable, se suponía que no podía estar porque estaba muerta y es un personaje importante para la película. No fue lo mismo y porque la realización en sí misma no fue feliz. «
EN Teatro y TV
Luego del recordado Padre Francisco de El hombre de tu vida, Luis Brandoni acaba de participar en Graduados, la ficción éxito del año de Telefe. Grabó cinco capítulos como el padre del Juan Gil Navarro (Guillermo). Además, hasta el 25 de noviembre sigue en el Multiteatro junto a Pepe Soriano con Conversaciones con mamá. El 1º de enero inician temporada en Mar del Plata.
"Fue un placer"
Betiana Blum. “Tus tucos son inolvidables, no salen con nada.” Nora, la esposa de Antonio Musicardi, lanza dardos directos hacia su cuñada en frases disfrazados de elogios. “La hipocresía al máximo”, señala ahora Betiana Blum sobre su personaje en Esperando la carroza. También recuerda a Nora entrando vestida con un zorro y señalando: "¡Qué calor!", pero el zorro no se lo sacaba.
Sobre las claves que aseguraron el éxito de la película, Blum enumera: “Hay tres cosas para tratar de definirlo: el guión de Jacobo Langsner que es genial, lo que la gente sabe de memoria son sus diálogos. El elenco y la disciplina en la que se trabajó, respetando el texto tal cual estaba escrito y la dirección de Alejandro Doria, que tenía claro qué quería. Nos hacía propuestas como en una escena donde todos queremos agarrar el teléfono. Marcó diez baldosas y dijo '¡No se mueven de este espacio!' ¡Y nos matamos! En un momento creo que hasta nos caímos todos al suelo. Alejandro propuso: vamos a reírnos de nosotros mismos' y a la vez trabajar de una manera muy seria y disciplinada porque a veces el humor, con esa cosa de la gracia, se ensucia, uno agrega algo, otro intenta un remate; y acá no, se respetó el texto tal cual.”
En el 2005, a los 20 años del estreno, hubo una proyección especial en Mar del Plata. “Estaba Doria (murió en 2009) y recuerdo mucho su risa. La sala estaba al tope y a las carcajadas. La gente dialogaba con la película y se tentaba, algo que nunca vi. Esta vuelta al cine es un homenaje a esta obra y también a Alejandro.”
El detrás de escena fue igualmente especial: “Se trabajó con mucha camaradería. Lidia Catalano recordaba que si amenazaba con llover, pedía harina y cocinaba scones. Beto llevaba para hacer un asado, y China me enseñó a hacer ensalada caprese. Todo fue muy familiar, un clima de trabajo de disfrute, de mucha camaradería y mucho profesionalismo.”
Sobre el camino que hizo la película hasta convertirse en una obra de culto, Blum se sorprende. “Hay gente que me ha dicho que cuando se van de vacaciones la ponen en la valija por si un día llueve. Y continuamente escucho bocadillos, descubro que en el lenguaje argentino hay frases de Esperando la carroza, frases de cualquiera de los personajes a las que la gente recurre según la ocasión.”
“Cuando me llegó la propuesta de Alejandro y leí el guión en aquel momento no me entraba en el corazón la alegría”, expresa y larga su carcajada tan particular. “Era un placer trabajar con él.”

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