El corte y la Corte

Curioso e inescrutable país, la Argentina. Su realidad es tan compleja y tan desconcertante la imagen que damos al mundo, que no es de extrañar se nos mire de reojo y con desconfianza. Los hechos desalientan cualquier optimismo, incluso. Se empeñan en amargar la visión idílica y romántica que solemos tener del país de los cuatro climas, el dulce de leche, la birome y la viveza criolla. Qué triste. Ahora la inventiva sólo se reduce al ventajismo en lo político y social.
Lo sucedido con el fallo de la Corte Internacional de La Haya vendría a ser como el momento cúlmine de nuestra irracionalidad. La frutilla de un postre putrefacto que ya apesta. Nuestra pasión por la anomia, que alcanza niveles estratosféricos, nos llevará a la perdición y todo porque nadie es capaz de reconocer que somos un pueblo demasiado desapegado de las reglas. Nada ni nadie es digno de nuestro respeto cuando su postura es adversa a la que sostenemos con fanatismo y cerrazón. ¿Leyes? Mejor devorarnos unos a otros. Y que gane el peor. Hombres como lobos de los hombres. Egoísmo burgués. Indiferencia postmoderna. ¿Contrato social? Sólo para débiles y estúpidos. ¿Solidaridad? Concepto hueco que expresa, apenas, un efímero interés por la disposición de nuestras sobras.

El fallo que llegaba desde Holanda concitaba expectativas, por inapelable y de cumplimiento obligatorio, hasta que dijo lo que no queríamos escuchar. ¿Así que Botnia no contamina? ¡Ja! Ya lo hará. Tienen estudios parciales e interesados. Corte, pero de manga. De acá no me muevo. Aunque vengan degollando.

Como decía Tato, que no es Romero Feris, la culpa de todo siempre la tiene el otro. Si es distinto a mí, más todavía. Uruguayos tramposos. Un presidente suyo dijo que éramos todos ladrones. No se la perdonaremos. ¿Y éstos jueces de dónde salieron? ¿A quién le ganaron? Seguro que fueron sobornados por el Banco Mundial.

Para peor, los correntinos se están entusiasmando con la radicación de una fábrica de pasta celulosa. Perdónalos, Señor, no saben lo que hacen. El desarrollo no me importa. Tampoco las diez pasteras que tenemos en nuestras costas y son precisamente limpias y ejemplares. Algo huele a podrido en la Argentina.

Greenpeace reclama acá lo que no puede -ni quiere- en el mundo desarrollado. Es más fácil confundir donde el raquitismo educativo y cultural se mezcla con la desnutrición y la falta de oportunidades que no vengan del Estado. Industria sin chimeneas ya no es el turismo. Aunque muchos empleados de la administración pública sólo vayan a pasear por los pasillos y a comer bizcochos apoltronados como en la silleta de la playa.

Tabaré y Mujica son bushes tercemundistas. Y miralo a Lula, que piensa crear dos millones de puestos de trabajo en este año. Insensato. Si fuera tan fácil combatir la pobreza, nosotros ya lo hubiéramos logrado. Tenemos subsidios que son la envidia del mundo. Tienen nombres pomposos y objetivos loables. Si no se cumplen es porque a nadie le gusta trabajar en este país. Boudou, mente brillante. Calificó a la inflación como "supuesta" y la atribuyó a que "la gente tiene más dinero que antes". ¡Madre mía! No sabía que cuando el viento te da en la cara al andar en una Harley Davidson se te desacomoda la capacidad cognitiva.

Que la Corte Suprema argentina tampoco se haga la distraída. Lo que antes era un mérito K, ahora es un nido de corporativistas gerontes, como todo el poder judicial. Resuelvan las causas, pero no en nuestra contra. Será justicia. Pero sólo si es dócil. Y absolutiva. Jaime es un pobre perseguido político.

¿Todo es igual? ¿Nada es mejor? No. Lo único que iguala a los argentinos es ver todo negro y de todos. Gente honorable y honesta existe. Artículos preñados de esperanza también. Pero no es éste. Sepa disculpar.

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