Por Fernando LabordaDesde hace mucho, el gobierno kirchnerista adoptó una llamativa estrategia frente al surgimiento de cualquier escándalo: si hay corrupción, que no se note; y si se nota, que no se pueda probar. Con el tiempo, corrigió ese lema añadiendo la idea de que si la corrupción se nota y se puede probar, el funcionario involucrado debería dejar su cargo, no por ladrón, pero sí por chambón. Los alejamientos de la ex ministra de Economía Felisa Miceli y de Claudio Uberti, virtual embajador de Julio De Vido ante el gobierno chavista hasta el estallido del "valijagate", fueron demostrativos de aquella concepción particular.
No son pocos, en cambio, los que en el Gobierno, empezando por De Vido, apuntan a Eduardo Sigal, el subsecretario de la Cancillería que, tal vez sin quererlo, le asestó un duro golpe a la administración K al comunicar a sus superiores la denuncia de las empresas que se sintieron marginadas mediante un cable reservado que tomó estado público. Sigal se convirtió, de acuerdo con la lógica K, en el perfecto candidato a ser despedido por chambón. Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla: Sigal no ha manifestado su intención de dejar el Gobierno y en la Casa Rosada saben que él conoce muchos vericuetos sospechosos de la llamada "diplomacia paralela". Hoy nadie piensa que Sigal pueda convertirse en un Pontaquarto, en referencia al funcionario parlamentario arrepentido que alimentó el escándalo de las coimas en el Senado, en tiempos de Fernando de la Rúa.
El canciller Héctor Timerman no ayudó a desalentar las sospechas. Al sugerir, ante lo hecho por Sigal, que esas cosas se hablan y no se escriben en un cable, parece estar proponiendo que los trapitos sucios deben lavarse en casa. ¿Y la transparencia? Bien, gracias.





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