Corea vive en un barrio porteño

Se llama Baek-Ku, está en Flores, y nuclea a los inmigrantes del país asiático que vinieron a probar suerte a la Argentina.
En 1984, cuando tenía 25 años, Hyung Jik Song llegó a la Argentina desde Corea junto a su madre y hermanos. La dictadura del general Chun Doo-hwan, los crímenes que cometió ese régimen y las pocas posibilidades de trabajo que tenían ahí, fueron el puntapié para tomar la decisión de irse de Corea del Sur. En este sentido, los acuerdos que hicieron ambos gobiernos fueron clave para posibilitar la migración hacia Argentina.

En ese entonces primero estuvieron en Santiago del Estero porque tenían familia, pero acostumbrados al frío, no pudieron soportar el calor de verano en esa provincia. Se fueron a Once y Hyung Jik trabajó en talleres textiles. Después fue a Catamarca y tuvo un negocio propio. También intentó estudiar en la Universidad del Salvador y en la Universidad Kennedy un curso de pre-médico, pero por las dificultades con el idioma no pudo terminar. Ahora es encargado de la Asociación del Barrio Coreano en la República Argentina y asesora a sus compatriotas en todo lo que se refiere a trámites en el país y otras consultas, y se casó con una argentina con la que formó una familia.

Baek-ku es el nombre del barrio coreano en Buenos Aires, que no se anuncia con bombos y platillos ante los transeúntes que pasan por Carabobo desde Eva Perón hasta Castañares, en Flores. Las calles son tranquilas y la mayoría de los comercios no tienen sus puertas abiertas, o están cerrados. Pareciera que intentan pasar desapercibidos. En los locales hay carteles con palabras en coreano y algunos están traducidos. En otros lo único que se lee en español es una hoja de papel pegada en las vidrieras que dice: “Se necesita chico/a”.

En el barrio las iglesias tienen un lugar predominante: hay una casi en todas las cuadras. Está la Iglesia Presbiteriana Che-il Coreana, la Iglesia Evangélica Metodísta Coreana, la Iglesia Coreana Unión Asamblea de Dios y un Centro Zen Coreano. También hay remiserías, supermercados, panaderías, inmobiliarias, un club de ajedrez y hasta el local de un odontólogo.

Hay varios restaurantes, pero en su mayoría esperan a clientes de la comunidad coreana y no al público en general. Hyung Jik cuenta que en el bar del que es encargado Jong Kim, de 55 años y que no sabe hablar muy bien español, la mayoría de los que van son “conocidos”.

La geógrafa Susana Sassone, investigadora independiente del CONICET, explica acerca de la llegada de los coreanos a la Argentina: “Comenzó a partir de mediados de los años 60 y ya para la década de 1980, con el gobierno de Raúl Alfonsín, se formalizó a través de una carta de intención. Para 1990 alcanzó su punto máximo, había 42 mil y la mayor llegada de ellos fue entre 1984 y 1989”.

Los primeros coreanos en asentarse en Argentina eran de origen rural, según cuenta Sassone, y fueron a campos en Lamarque, en Rio Negro. Después de esto algunos se instalaron en villas y, los que tenían capital, fueron a Flores: “Ahí se fue conformando ese barrio que tuvo su mayor esplendor hasta antes de la crisis de 2001. Ahora el paisaje es de una pérdida de identidad, de las marcas culturales. Según los estudiosos del tema, hay una relocalización hacia los barrios del norte, sobre todo en Belgrano. Ese corrimiento dentro de la ciudad también se relaciona con las condiciones de inseguridad. Hay una cuestión de la evolución misma de la corriente migratoria, ya hay hijos de coreanos nacidos acá que tienen un alto nivel de escolarización y, entonces, la población tiende a la mezcla y se guarda las marcas culturales para ciertas referencias institucionales como las iglesias o restaurantes, que son ámbito de convocatoria importante para las colectividades”.

En lo laboral, esta corriente migratoria se abocó sobre todo a la industria textil: “Fueron los que empezaron con los conocidos talleres, algunos clandestinos. Estas estructuras económicas introdujeron una serie de cambios en el rubro dentro de lo que venía haciéndose en Argentina. Un comercio más en escala y con la idea de llegar a un mercado de consumo mucho más amplio”, explica Sassone.

Una vez por año los coreanos traen desde sus tierras a las calles porteñas “Chuseok”, la festividad más grande que tienen. Hyung Jik, que desde la asociación de la que es encargado ya está organizando la próxima, cuenta: “Es en agradecimiento a Dios por las cosechas. Se prepara mucha comida, bebida, bailes y música con instrumentos de percusión. Acá lo hacemos, pero no es tan grande como en Corea”. En 2012 la fecha de este festejo es el 29 y 30 de septiembre, y el 1 de octubre, aunque la verdadera referencia coreana sea el 15 de agosto del calendario lunar.

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