Desde 1947, y por impulso de Julieta Sarmiento, funciona la escuela de educación especial en el hospital Rawson para los chicos internados. Historias de aprendizaje entre la enfermedad, el dolor y la muerte.
La tarea de las docentes que allí se desempeñan es sala a sala y cama por cama. Las maestras se dividen por sectores para recorrer todas las habitaciones de clínica y cirugía en el turno mañana. Generalmente se trabaja con chicos de 4 a 12 años, pero muchas veces hubo casos de jóvenes de 18 años que aún estaban cursando la escuela primaria. Acorde a la altura del año se le pregunta al chico los contenidos que están aprendiendo y siempre respetando su enfermedad se van buscando distintas estrategias y materiales para que el chico continúe con su educación. Además de lengua y matemática, los niños reciben clases de plástica, música y tecnología.
Lilia Lahoz y Graciela Rostoll son docentes de la escuela desde 2002. Ambas coinciden en que la institución también cumple con una tarea social importante. “Uno de nuestros objetivos es sacar al niño del ámbito enfermedad en el que se encuentra y comunicarlo con su exterior porque a veces hacer la tarea es lo único que lo relaciona con el afuera. A ellos les gusta y nos esperan con alegría. Por un módulo corto se olvidan de la enfermedad”, dice la seño Lili.
La precursora de la escuela hospitalaria fue Julieta Sarmiento, una de las maestras más importantes de la provincia, familiar lejana de Domingo Faustino. El establecimiento comenzó a funcionar en el segundo piso del sector de traumatología del Rawson. Como en otros sectores del hospital, los problemas edilicios eran constantes. Con el traslado al nuevo edificio las cosas cambiaron y ahora tienen el doble de espacio que antes y hasta pueden dar clases en ese lugar si la salud del niño y el médico lo permite. También se agregó un anexo en el Hospital Marcial Quiroga en el turno tarde donde se atiende pediatría y quemados. Y desde hace tres años y después de muchas gestiones también se logró que los chicos oncológicos puedan recibir clases, en el lapso de 21 días entre que terminan la quimioterapia y tienen sus defensas muy bajas como para concurrir a la escuela.
Para romper el hielo con los alumnos, las seños utilizan la “terapia de la risa”. “Lauti contame: ¿estás casado?”, pregunta la seño Susana muy seria. “No”, contesta Lautaro sonriendo tímidamente. Con un cuento o un juego comienzan a interactuar con los chicos. “Cuando empezamos a entablar una relación con el chico cambia su conducta y su mirada. Aquí muchas veces haces de docente, de mamá y hasta de psicóloga. Tenes múltiples funciones y es algo que por ahí no pasa en una escuela ‘normal’”, cuenta Lilia.
En reiteradas ocasiones, son las seños quienes contienen a una mamá angustiada por un mal diagnostico. “No es fácil trabajar frente a un chico enfermo. Acá nos enfrentamos con la enfermedad, con diagnósticos superadores y hasta con la muerte. La parte emocional la tenés que manejar pero igual nos quebramos”, comenta la seño Lilia.
Las docentes reconocen que hay situaciones que las superan como ocurrió el año pasado cuando fallecieron 8 chicos pacientes oncológicos con los que se habían encariñado. Por ello estas mujeres se mantienen unidas y se contienen. Además en el año tienen 2 ó 3 jornadas de ayuda psicológica.
Sin embargo y pese a las lágrimas todas las seños de la escuelita hospitalaria afirman que volverían a elegir este lugar para trabajar. “Ver la expresión de felicidad del chico y el brillo en sus ojos cuando nos ven demuestran que nuestra función vale. Hasta los médicos se sonríen y nos dicen que es muy bueno que los chicos puedan tener esta alegría dentro de la tristeza, de la angustia o del dolor que les toca vivir”, finaliza Lilia Lahoz.
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