Sin la cooperadora, no funciona

Si las cooperadoras escolares no existieran, faltarían tizas en las escuelas públicas de Córdoba. Aunque cada vez los colegios están más y mejor equipados, las asociaciones solidarias de padres siguen siendo vitales para el funcionamiento de los colegios.
Si las cooperadoras escolares no existieran, faltarían tizas en las escuelas públicas de la provincia de Córdoba. Aunque cada vez los colegios están más y mejor equipados, las asociaciones solidarias de padres siguen siendo vitales para el funcionamiento de los colegios que reciben magros ingresos anuales de la Provincia para cosas tan elementales como papel, cartuchos para impresoras, borradores o libretas.

Puede parecer exagerado, pero no lo es. Con el arancel anual de un solo padre que envía a su hijo a una escuela urbano-marginal en la ciudad de Córdoba, la directora puede comprar un libro de tapas duras para consignar los temas y contenidos de las materias o una caja de 144 
tizas.

Se calcula que sólo el 40 por ciento paga la cuota de la cooperadora, que oscila entre los 70 y los 300 pesos al año, según la población escolar. Si bien muchas familias no pueden afrontar la erogación, otros comienzan a pagar en cuotas y desisten al final. El aporte económico es indispensable, pero no es obligatorio.

A esto hay que sumarle la complicación de mantener el interés de los miembros de la cooperadora: pocos son los que quieren asumir esta carga pública de gran responsabilidad.

Por eso, las “escuelas del festival” son la envidia de aquellas que deben arreglarse, por ejemplo, con siete mil pesos al año o menos para solventar una enorme cantidad de gastos menores, aunque imprescindibles. La Escuela Fray Mamerto Esquiú de Colonia Caroya, que en 2011 recibió unos 28 mil pesos, sólo dispondría de 1.260 pesos anuales si recibiera 70 pesos de cada uno de sus 18 alumnos rurales.

Las cooperadoras de Jesús María y Colonia Caroya no cobran arancel a los padres, pero les exigen cooperación y trabajo durante las noches de la doma. Aunque cuesta, la mayoría colabora porque se siente parte de la escuela, la quiere y la respeta. Además de la tranquilidad económica, el sentido de pertenencia es –quizá– el mayor beneficio de ser parte del grupo de escuelas festivaleras.

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