Por Martín LousteauHace veinte días, en uno de sus habituales discursos vespertinos, la Presidenta sostuvo que uno de los objetivos de la sintonía fina es el de lograr "competitividad con equidad".
Se trata de una expresión que resume magníficamente los desafíos de cualquier economía con pretensiones de desarrollo: si la competitividad es obtenida a costa de salarios reducidos resulta imposible construir una sociedad moderna e igualitaria. Esta última combinación suele darse de manera continua en países con algún sector híper-rentable, generalmente dependiente de los recursos naturales y poco intensivo en mano de obra calificada; y también después de una mega-devaluación, aunque sólo de manera transitoria.
Así fueron los primeros años de Argentina después del cataclismo de 2001. El súbito encarecimiento del dólar frente al peso significó para las actividades con potencial de exportar o de sustituir importaciones un impulso fenomenal. Para las firmas en esos sectores, el precio al que podían vender sus productos creció en un principio mucho más que sus costos, incluyendo los retrasados salarios. Las empresas disfrutaban de un margen de ganancia por unidad producida extraordinaria y, aunque la demanda todavía era débil en una economía que recién salía de la peor crisis de su historia, ello hacía que los empresarios tuvieran excedentes para invertir y producir cada vez más.
A medida que la reactivación seguía su curso, los costos naturalmente comenzaron a subir, entre ellos la remuneración al trabajo. Se daba allí un círculo virtuoso en el que la renovada capacidad de competir de la economía generaba mayor producción con aumentos salariales, y éstos una mayor demanda. El alza de los costos conllevaba una menor rentabilidad unitaria, que se veía más que compensada por las mayores ventas derivadas del aumento del empleo y el salario real. Las empresas seguían obteniendo cuantiosos beneficios y reinvirtiendo parte de ellos.
Cristina Kirchner optó en los últimos tiempos por utilizar el tipo de cambio como ancla de los precios
Por aquel entonces, la velocidad del crecimiento comenzaba a generar inflación. Y algunos empresarios, acostumbrados a los vaivenes del pasado y queriendo aprovechar al máximo las circunstancias favorables, también subían sus precios para mantener sus márgenes. Por si ello fuera poco, el gobierno utilizó los mayores ingresos fiscales provenientes de un PBI que avanzaba a un ritmo elevado y de una soja que había triplicado su precio entre 2005 y 2008, para inyectar recursos en la economía por la vía de un aumento del gasto en niveles inéditos para nuestra historia. Todo ese estímulo excesivo se sumó a la dinámica previa y agravó sustancialmente el proceso inflacionario. A pesar de la clara evidencia y de las diversas voces que alertaban sobre el problema, el Gobierno optó por ignorarlo. O peor aún, cuando el precio de los granos cayó, decidió reemplazar esa fuente de ingreso por los recursos de la Anses, luego con las reservas del BCRA y, finalmente, con emisión de dinero.
Con políticas fiscales y monetarias de neto corte inflacionario, la administración de Cristina Kirchner optó en los últimos tiempos por utilizar el tipo de cambio como ancla de los precios. De esta manera y revirtiendo lo que constituyó uno de los pilares del modelo en la época de su esposo, la apreciación del peso se profundizó hasta perder buena parte dosis de la competitividad heredada de la crisis.
Hoy las empresas son menos competitivas y, por ende, no podrán seguir otorgando los aumentos salariales de antaño. Por otro lado, el Gobierno y también muchos estados provinciales enfrentan déficit fiscales, es decir que ya no pueden inyectar fondos en la economía sino que están intentando retirarlos (y con bastante imprevisión y torpeza, como en el caso de la eliminación de los subsidios de gas, electricidad, agua y transporte). Ello significa que la menguante rentabilidad unitaria ya no será cubierta por una demanda privada creciendo fuertemente ni por mayor gasto público. La conclusión es clara: de aquí en más a la economía argentina le costará mucho esfuerzo crecer.
Para tener competitividad con igualdad precisamos un entorno económico sano, predecible y sensato
Para ayudar a lograr "competitividad con equidad", la Presidenta anunció que una comisión interministerial se encargará de analizar en detalle la rentabilidad de cada sector y sugerir pautas de aumento salarial. Se supone así que los incrementos para los trabajadores serán menores en el caso de sectores poco rentables, contradiciendo el objetivo presidencial. Y si seguimos sin prestar atención a la elevada inflación y con una política cambiaria que hace que el dólar nos parezca cada vez más barato, lamentablemente esa situación se irá extendiendo cada vez más.
Para tener competitividad con igualdad precisamos un entorno económico sano, predecible y sensato, al cual habría que sumarle todos aquellos elementos que desde la acción estatal contribuyen a incrementar la productividad general: inversión en infraestructura energética, de transporte y de logística, disponibilidad de financiamiento a tasas y plazos lógicos, una adecuada política tributaria, mejoras en la educación, capacitación laboral y actividad de investigación y desarrollo, por nombrar algunos. Pero cuando la macroeconomía no hace su trabajo correctamente es difícil, por no decir lisa y llanamente imposible, que la tarea micro o la sintonía fina puedan corregir sus yerros..


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