Ricardo Forster, filósofo, docente e integrante del grupo de intelectuales Carta Abierta, visitó Catamarca el viernes último para dar una charla sobre “realidad y política”. Previo a ello, en una entrevista con El Esquiú.com, expuso su visión del momento político que vive el país, se refirió a los logros del Proyecto Nacional, y opinó también sobre la problemática social en torno al desarrollo minero.
-¿Por qué “realidad y política”?
-Creo que éste es un momento muy fecundo en la vida política argentina y es interesante tratar de descifrar, entender, analizar los fenómenos que se están produciendo. De qué realidad hablamos, qué transformaciones se vienen dando desde 2003, qué novedades, qué conflictos, cuál es la actualidad de la democracia argentina. La idea es hacer un recorrido a lo largo de lo que han ido significando estos años en la vida del país y efectivamente estamos en una nueva etapa histórica.
-¿Cuáles son los límites entre el disenso y la actitud destituyente?
-La vida democrática garantiza que cada quién tenga su oportunidad, garantiza el disenso, plantea la diversidad e incluye dentro de su trama el conflicto. Esto no significa que en determinadas situaciones no aparezcan lógicas de otro tipo. En 2008, cuando se dio el conflicto en torno a la resolución 125, se produjo la alianza de los sectores concentrados de la renta agraria con los monopólicos de la comunicación y la información. Claramente no se trataba de una disputa más, una controversia, de alguna diferencia respecto de cuántos puntos de retenciones, sino que lo que veía era que avanzaba un sector corporativo sobre la propia estabilidad democrática del gobierno. En ese contexto, se habló de clima destituyente, se señaló que lo que estaba puesto en cuestión era la legitimidad del Gobierno de tomar posiciones, de desplegar y profundizar un proyecto. Creo que dentro del juego democrático todo es posible, todo es aceptable y es muy bueno que haya disputas y haya controversias, que se definan distintos proyectos de país, porque no hay uno solo. La Argentina siempre estuvo atravesada por distintas miradas, distintas tradiciones político-culturales; no es la misma la Argentina soñada por la Generación del ’80, que era una Argentina ordenada en torno a los dueños de la tierra y el proyecto agroexportador, con la que surgió el primer peronismo, de inclusión, de presencia fuerte de los trabajadores, de construcción de derechos. De la misma manera que hubo una Argentina omitida que a lo largo de la historia y a través de golpes militares sucesivos llegó al peor de los momentos, que fue la dictadura del ’76. Quiero decir con esto que en la Argentina han convivido dura y conflictivamente distintas perspectivas, distintos proyectos e ideas, y este es un momento en el que lo que se ha recuperado por un lado es lo que llamaría la convivencialidad democrática, y por otro lado, también se volvió a instalar la problemática del rol del Estado, de la distribución de la riqueza, la cuestión de la igualdad.
Dicho de otra manera, la Argentina de estos años ha podido, en parte, poner en cuestión lo que había sido el modelo hegemónico de los años ’90, de neoliberalismo, precarización laboral, dominio casi absoluto del capital financiero, un proceso muy profundo de desindustrialización. En estos años, en sintonía con lo que viene sucediendo en algunos otros países de Sudamérica, la región se ha convertido en el lugar más claro a nivel del planeta donde se enfrentan las políticas neoliberales, que estamos viendo cómo hoy están llevando a muchas sociedades europeas a una crisis muy profunda.
Todo esto significa que hay intereses que se tocan y que intentan defenderse como lo hicieron siempre los grupos concentrados, los establishments económicos.
-¿Cambió la actitud del Estado ante estos grupos?
Las corporaciones han actuado a lo largo de la historia argentina como si fueran efectivamente los dueños últimos de todas las decisiones. Éste es el primer gobierno democrático desde la caída del primer peronismo, que frente a la presión, el chantaje, y el intento de imposición de los grandes sectores económicos, no sólo que no cede ni resigna posiciones, sino que dobla la apuesta. Después de la derrota electoral de 2009, donde la oposición y la corporación mediática ya descorchaban las botellas de champagne, el gobierno también tomó la decisión fundamental de ir por la Ley de Medios y la implementación de la Asignación Universal. Después vimos lo que sucedió en los años siguientes, desde los festejos del bicentenario, hasta la recuperación de YPF. Es un gobierno que le hace un gran bien a la democracia, allí donde la democracia no puede ser el lugar de decisión corporativa, sino la expresión real del voto popular. Por primera vez en 50 años, un gobierno democrático logra resistir las presiones de los poderes reales y lo hace siendo consecuente con un proyecto de transformación que tiene una lógica inclusiva, de industrialización, de sustitución de las importaciones, de inserción muy clara en Sudamérica, como nunca la había tenido hasta ahora; la creación de UNASUR, la relación estratégica con Brasil, la incorporación de Venezuela en el Mercosur; todo esto plantea que estamos en un momento distinto.
- ¿Las diferencias que menciona de la Generación del ’80, y el primer peronismo, no fueron un paso, si se quiere, evolutivo dentro de la construcción de la Nación?
- No estaba escrito que la Argentina tenía que desarrollar un régimen oligárquico y que la distribución de la tierra se hiciera de una forma absolutamente regresiva. Argentina tiene una distribución en la que pocas manos tienen la mayor cantidad de la tierra, un régimen de privilegio. Incluso en el siglo XIX, podía ir por otras opciones de un país más federal, con las economías provinciales y regionales incorporadas.
- Ello desembocó en las revoluciones radicales y luego en el peronismo. ¿Después hubo una involución?
- Creo que el golpe del ‘55 es el inicio de lo que podríamos llamar el revanchismo social, cuando los sectores del poder económico concentrado deciden ejercer mucho más directamente el control real sobre la vida social política. Pero dónde uno habla de un revanchismo político profundo, eso hay que ir a buscarlo al golpe de Estado del ‘76, en la política de Martínez de Hoz, al proyecto de desindustrialización y de extranjerización de la economía. Fijate entre los años ‘30, que fueron los años de la sustitución de las importaciones, al primer peronismo, que fue un proceso de 20 años de construcción industrial y de crecimiento de los trabajadores.
Esa Argentina que giró en torno al concepto de bienestar, que generó movilidad social ascendente, fue literalmente desarmado entre el Rodrigazo del ‘74, la profundización revanchista de la dictadura del ’76 y después la política menemista de la convertibilidad que terminan de realizar el proyecto de Martínez de Hoz, lo que significó además, dominio de la valorización financiera. Se pasó de un patrón productivo a uno financiero. Un ejército de desocupados crecientes, debilidad de los sectores populares, desguace del Estado, privatizaciones, todo eso fue la década del 90, que significó un costo social gigantesco hasta el estallido de 2001, cuando quedó en evidencia que había una Argentina desarticulada, con instituciones quebradas, la vida social fragmentada.
Frente a eso, nos encontramos con un momento histórico que tiene algo de inesperado. Néstor Kirchner llega al gobierno casi de casualidad, y tampoco había garantías de que iba a llevar adelante lo que venía a anunciar en el famoso discurso del 25 de mayo de 2003. Por eso la sorpresa, la interpelación, la convocatoria a muchos que no pensábamos que íbamos a ser testigos nuevamente de una Argentina que reconstruía tradiciones populares, sabiendo que sigue habiendo bolsones contradictorios, zonas dominadas por viejos caciquismo, estructuras feudalizadas.
El peronismo es muchas cosas; hay uno que conlleva dentro suyo la potencia transformadora y otro regresivo, conservador, reaccionario, que se puede encontrar en los restos del duhaldismo o en muchas provincias argentinas también. Hay una puja que es parte también de la vida política democrática. Los jóvenes que hoy se sienten tocados, interpelados. El acontecimiento parteaguas que fue la muerte de Néstor también significó para muchos el descubrimiento de que algo importante estaba ocurriendo en la Argentina. El conflicto con el discurso concentrado de las corporaciones mediáticas, la discusión respecto de qué país, qué proyecto, qué sociedad, vuelven interesante este momento argentino, sin garantías de que las transformaciones que se van logrando se puedan sostener en el tiempo. Porque si algo nos enseña la historia argentina, es que los derechos conquistados si no se defienden de verdad, pueden ser rápidamente saqueados por el poder de siempre. Lo hicieron en el ‘30, en el ‘55, en el 76; lo volvieron a hacer bajo la forma democrática de peronismo prostibulario de los noventa, con Cavallo y la convertibilidad.
-¿Cuánto se ha avanzado en la ley de medios y la expansión de medios de comunicación?
-Hay que ver el camino que llevó a la formulación de la ley. Un camino interesante, de un debate social público que generó mucha participación por primera vez. Se discutió públicamente el rol de los medios y se puso en evidencia la concentración monopólica. Ésa fue una enorme ganancia porque generó un debate político cultural interesantísimo, que no sucede demasiado en ninguna sociedad, porque los medios de comunicación son un poder extraordinariamente decisivo en la sociedad actual. Una vez que la ley fue promulgada, nos encontramos con las dificultades propias de poderes que siguen ejerciendo su capacidad de chantaje.
Según el último dictamen de la Corte Suprema, ahora el 7 de diciembre se termina el período para la desinversión y tienen que efectivamente, los que están fuera de la ley de medios, comenzar su desinversión. Esto a su vez hay que acompañarlo con cosas que se vienen haciendo, que es el desarrollo de otras voces comunicacionales, hacer sustentable y apoyar el desarrollo de radios cooperativas y de canales de televisión, que son más difíciles que una radio por las exigencias tecnológicas. Allí el Estado tiene un rol importante para impedir que el grueso de la construcción audiovisual quede en manos de los sectores privados.
-Cambiando de tema ¿Qué opinión tiene respecto de los conflictos sociales que se están dando a raíz de la explotación minera en Catamarca y otras provincias?
-Es un tema muy complejo, para nada sencillo de resolver porque se conjugan muchas cosas. Primero creo que el núcleo principal pasa por dos cosas: sostener a rajatabla la protección de la naturaleza y también garantizar el derecho social de los pueblos a su propia vida. No se puede avanzar con proyectos que dañen tanto la vida social como la vida natural. Dicho esto, es necesario también pensar la forma de sustentabilidad. Es inimaginable nuestra sociedad sin minería. Hay regiones enteras del país que requieren una minería sustentable y que a su vez sea capaz de producir riquezas que se derramen sobre la sociedad y no que queden en pocas manos, o que sean extranjerizadas. Es un debate complejo que no se puede resolver ni en posiciones radicalizadas que suponen que hay que vivir como se vivía en el siglo 18, ni en posiciones que plantean desde una mirada supuestamente inocente, que la minería no tiene ninguna consecuencia, que es un bien en sí mismo, que da trabajo y desarrollo cuando hay formas de minería que son problemáticas que producen daños reales a la naturaleza, que transforman formas de vida y sobre las que hay que ejercer distintos tipos de control. Para eso es fundamental hacer una reforma de la constitución para incluir la protección del ambiente, los derechos sociales de los pobladores y fundamentalmente, algo que estaba en la constitución del 49 y de la Libertadora, y es que los recursos naturales pertenecen al conjunto del pueblo argentino a través del Estado Nacional, porque la Constitución del ’94, para justificar la lógica del negocio, lo que hizo fue transferirle los recursos a cada Estado provincial.
Nos enfrentamos a un debate no menor, necesario, que no se desplegó con suficiente intensidad.
De nada sirve el desarrollo minero si se hace en función de los intereses de estas megaempresas que se llevan la ganancia afuera del país. Aunque cómo generar desarrollo económico, si no podemos generar industrialización y dentro de ella el desarrollo minero. Pero seríamos hipócritas si decimos que no importa el daño a la naturaleza si la riqueza queda adentro. Es muy positivo que en Catamarca haya movilización popular y una disputa fuerte respecto a qué minería, de qué manera.
Es bueno que los pueblos se muevan respecto de sus propios derechos.
Entrevista: Diego M. Herrera


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