“No conocemos al agente sanitario, por acá nunca pasó”

Magdalena queda a unos 15 kilómetros de Santa María y a 50 de Santa Victoria Este, en el departamento Rivadavia. Está cerca de Hito 1, en la frontera con Bolivia, un punto de control fronterizo de Gendarmería Nacional que todos los días persigue a traficantes de autos, drogas y mercadería.
El monte tupido tiene árboles viejos e inmensos, como ya no abundan en el Chaco Salteño. Fue custodiado por generaciones de las 18 familias criollas que hacen Magdalena. En esta época la escasez de agua pone en jaque al ingenio humano. La Castaña, El Silencio, Pozo La Baya, son algunos de los nombres de los puestos en donde, todos los días, se saca el agua de pozos artesanales con la ayuda de animales y poleas de madera, igual que hace 100 años.

Entre los criollos, y a metros de la flamante escuela 4179, vive pacíficamente una familia wichi de 10 integrantes. “No conocemos al agente sanitario. Acá nunca llegó”, dice el jefe, don José Sambo. Con su jubilación y las changas que le dan a su hijo los vecinos criollos llevan el pan a la mesa. “Yo ya no puedo trabajar. El chango mío hace trabajitos para los chaqueños. Corta adobe y otras cosas, pero si no, no hay nada”, asegura Sambo. Cuando llegó El Tribuno estaban por guisar unos bagres que había sacado el hijo mayor de una cañada cercana, la misma que usan para sacar el agua que toman todos los días.

“Ahora estamos necesitando agua. Antes buscábamos de la escuela, pero la maestra dice que ya no hay agua para dar, porque se ha fallado el motor. Así que estamos tomando agua de la cañada”, cuenta.

Todos viven en dos construcciones de barro y palos con techo de plástico negro. Sambo estaba haciendo una de las dos paredes que tendrá la nueva edificación. Entre la cuadrícula de ramas acomoda cascotes de tierra que luego revoca con barro, para darle forma al muro. Así se preparan para las tormentas estivales que llegarán en unos meses, aunque ahora los persigue la sequía.

La familia Sambo no recibe ningún tipo de bolsón. “Nada, ni en época de elecciones”, afirma. Hay al menos cuatro chicos en edad escolar, que van a la escuela de Magdalena, donde no hay maestro bilinge. Las madres no cobran la asignación universal, pero venden sus artesanías: las yiscas de lana. No usan el cháguar, como otras artesanas, “porque es muy lejos para buscarlo”, dicen. Piden zapatillas y útiles para los más chicos, porque andan descalzos y no tienen nada para estudiar, ni un lápiz. “Si viene alguien a ayudar, después parece que se olvidan. Nos piden hacer notas para casilla, nota para manguera y agua, pero acá no llega nada. Pura nota nomás. Acá necesitamos de todo. Mire donde vivimos”, cuenta Sambo.

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