Más de 30 mil personas participaron ayer de la fiesta central en honor de Nuestra Señora de la Consolación, donde el obispo diocesano exhortó a los feligreses a imitar a María en su devoción por Cristo.
“Nuestra Madre nos hace entender que, tomados firmemente de la mano de Nuestro Señor, nos volvemos capaces de realizar maravillas, con una importancia extraordinaria para nuestra propia existencia, para la Iglesia, para la corredención que nos ha sido confiada, ya que con Dios lo podemos todo; y sin Él, nada”, destacó durante la homilía que ofreció anoche, poco antes de la procesión.
“Sin embargo –remarcó- muchos son hoy los que no advierten en absoluto un deseo tal de Dios. Para amplios sectores de la sociedad Dios ya no es el esperado, el deseado, sino más bien una realidad que deja indiferente, ante la cual no se debe siquiera hacer el esfuerzo de pronunciarse. En algunos casos se cree en Dios de una manera superficial, lo que es una forma de vida destructiva, porque conduce a la indiferencia de la fe y de la posibilidad de encontrarla. Pese a esto, el deseo de Dios no ha desaparecido del todo y se asoma también hoy de muchas maneras al corazón del hombre”.
Agregó: “Dios no se cansa de buscarnos, es fiel al hombre que ha creado y redimido, y se mantiene cerca de nuestras vidas porque nos ama. Y esta es una certeza que nos debe acompañar todos los días, a pesar de que ciertas mentalidades difundidas hacen más difícil, para la Iglesia y para el cristiano, comunicar la alegría del Evangelio a las demás criaturas y conducir a todos al encuentro con Jesús, único salvador del mundo.
Por eso, meditar y adentrarse en la fe de María nos orienta y ayuda a sentir la dependencia total que de Dios tenemos. Cuando el hombre pierde esa dependencia y referencia hacia Dios se oscurece el horizonte ético, y se deja espacio al relativismo y a una concepción ambigua de la libertad que, en lugar de ser liberadora, termina por atar al hombre a los ídolos de este mundo”.
Más adelante, el obispo se refirió a quienes “caminan sin rumbo y sin meta, que se dejan dominar por la desilusión ante la aparente derrota de Cristo”. “Pero Cristo continúa presente y viene a nosotros con la acción del Espíritu Santo que mueve los corazones y desea llegar a todos sirviéndose del empuje de los cristianos, de su ejemplo, de su alegría y esperanza. Cuando viven su fe los cristianos muestran al mundo que la ausencia de Dios se queda en una mera apariencia. Cristo ha vencido. El pecado y la muerte carecen ya de pleno poder sobre el hombre”, dijo.
“Esa convicción profunda, esa fe, es la que distingue al cristiano que sabe fundamentar su alegría incluso en el dolor, su optimismo también en la aflicción, su empeño a través de la dificultad”, concluyó.
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