Por Jorge FontevecchiaEl diario Tiempo Argentino dedicó el domingo pasado un suplemento completo para mostrar las 347 tapas críticas de Clarín a las que la Presidenta “les ganó”, al obtener más del 50% en las elecciones primarias. Además de mostrar la acumulación de tapas, una serie de columnistas reflexionaban en los bordes de esta tácita ambivalencia: “Si fuera cierto que los medios son hegemónicos, ¿cómo es posible que tenga tan poca influencia su prédica?”.
Analía Elíades, docente de la Facultad de Periodismo de La Plata, escribió que bajo el lema de la libertad de prensa “pretendieron siempre adueñarse de nuestras propias vidas y de nuestra historia”. Que “la mirada inocente sobre los medios se fue diluyendo, se puso en jaque el mito de la ‘objetividad periodística’ y del ‘periodismo independiente’”.
Ricardo Forster, otro de los columnistas, escribió que “la sociedad argentina, después del debate que concluyó con la aprobación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, ya no es la misma. Su relación con los medios de comunicación ha cambiado irremediablemente abriendo las posibilidades no sólo de la democratización efectiva de la circulación de la palabra y la imagen sino, de un modo también fundamental, ampliando las posibilidades críticas y las miradas que ya no pecan de ingenuidad”.
En otra columna, Víctor Ego Ducrot concluye: “Clarín y el oligopolio de los sentidos no pudieron con Cristina”.
La decana de la Facultad de Periodismo de La Plata, Florencia Saintout, señaló que “se hizo un valioso esfuerzo por visibilizar las huellas de la dominación en cada texto producido por las industrias culturales (...) Había en estas prácticas de denuncia no sólo una teoría sino la esperanza de que la verdad develada sería emancipadora.”
El politólogo Edgardo Mocca sostuvo que “la extraordinaria influencia y capacidad de extorsión política de los medios concentrados fue desafiada por un gobierno que se decidió a hacer valer el poder de la democracia (...) Curiosamente, en los días posteriores a la elección del 14 de agosto, los principales medios persisten tozudamente en su línea editorial como si nada hubiera ocurrido.”
Ernesto Espeche, director de Radio Nacional Mendoza, describió: “La inflación de la palabra terminó con su sistema de credibilidad, único terreno que garantizaba su sustento. Fueron víctimas de su propio juego: la emisión descontrolada de enunciados sin respaldo tangible (...) Hoy fueron derrotados por la política”.
Graciela Peñafort, directora de Asuntos Legales y Normativos de la nueva Autoridad Federal de Servicios de Comunicación, aportó dos citas, la de J. Martín Barbero sobre los políticos que fracasaron en “su perverso afán por sustituir su perdida capacidad de representar lo común por la cantidad de tiempo en pantalla”; y de Jauretche, quien sostenía que “si la difusión de ideas deja de estar gobernada por precios de mercado, los pueblos toman conciencia de sus verdaderos problemas y resuelven en función de sus intereses”.
El profesor de la UBA Alejandro Kaufman advirtió que “la creencia sobre su relativa inocuidad (de los medios) le conferiría una ventaja. La eficacia de la influencia y el poder descansan en la discreción. La exhibición debilita, desgasta, desligitima al poder”.
Y el decano de Ciencias Sociales de la UBA, Sergio Caletti, aportó: “¿Cómo se entiende que el propio gobierno les endilgue a los medios hegemónicos un poder político inmenso y luego les gane con facilidad y de modo abrumador a las posiciones que ellos sustentan? Tanto oposición como oficialismo deberán revisar sus presunciones respecto del papel de los medios masivos en la construcción de la opinión pública. Ambos parecen, a veces, moldeados por las teorías de hace setenta u ochenta años, según las cuales la relación causal era directa y mecánica. Si el Gobierno quiere avanzar en esa magnífica batalla cultural en la que está empeñado, sería bueno que se exija un poco más en su interpretación y deje de pensar que acusando a los medios gana algo. Gana tan poco como Clarín acusando al Gobierno. El efecto de los medios existe, pero no es ni mecánico ni directo. Es sutil, complejo, opera por vías indirectas, a relativamente largo plazo”.
Confusión 1. El núcleo del malentendido podría sintetizarse en confundir votos con audiencia, lo que aumenta su percepción si se invierte la comparación: “¿Cómo, si la Presidenta gana con una mayoría tan abrumadoramente amplia, los medios oficialistas no logran que la gente los lea?”.
Hay que tener en cuenta que la venta de ejemplares de los diarios Tiempo Argentino más Página/12 apenas alcanza al 5% de los ejemplares que venden Clarín más La Nación. Y con ese dato se haría más evidente la paradoja si se formulase la pregunta anterior de la siguiente forma: “¿Cómo 95 de cada cien lectores prefieren comprar prensa crítica del Gobierno cuando cincuenta de cada cien ciudadanos prefieren votar por el Gobierno?”.
Vale destacar que la cantidad de ejemplares vendidos por el diario Clarín no ha bajado más que la mayoría de los diarios de Europa o Estados Unidos por el crecimiento de Internet, y que la venta de ejemplares del diario La Nación hasta ha crecido los domingos por efecto de los descuentos de su Club de Lectores, que aunque peyorativamente lo califiquen como “el subsidio universal por hijo de la clase media”, no quita por ello su mérito.
Comprar diarios (leerlos ya es algo diferente) y votar no son acciones homologables. Confundir esos dos actos puede generar en los partidarios del Gobierno expectativas exageradas con la Ley de Medios: Clarín y La Nación seguirán siendo los dos diarios más leídos del país por más que mañana detengan a Héctor Magnetto y Bartolomé Mitre por crímenes de lesa humanidad relacionados con la compra de Papel Prensa (PERFIL ya informó que están por estrenarse dos series sobre Papel Prensa, financiadas con fondos del Estado y una de ellas producida por las esposas de Moreno y De Vido).
Aunque en menor medida, porque el hábito audiovisual está menos naturalizado, algo similar sucederá con los medios audiovisuales que el Gobierno y sus aliados construyen: Canal 7, CN23 o el reciente 360 TV digital probablemente no logren alcanzar mucho más que un pequeño porcentaje de la audiencia de El Trece. La producción de contenidos tiene reglas que no son las mismas de la propaganda.
El Gobierno parece lograr mucho más comprando el fútbol (una producción de contenidos de la AFA) y pasando allí su propaganda oficial, que con todos los productos creados por sus usinas para que el contenido mismo sea la propaganda oficial.
Otro ejemplo de lo difícil que resulta sustituir un hábito por otro es Fibertel. El Gobierno no sólo no pudo encontrar quién la reemplace sino que la empresa sigue creciendo y ofrece, a partir de octubre (justo el mes de las elecciones), el abono de banda ancha más rápido de la Argentina –30 megas– con una inversión de 150 millones de pesos.
Los políticos se confunden si creen que cuando ganan una elección están venciendo a los medios críticos, como también se equivocan aquellos medios que crean que han vencido al político que perdió.
Confusión 2. En el Medioevo, los gremios estaban agrupados como hermandades y seguían lógicas oscurantistas. Para los artesanos, los sastres o cualquier otro colectivo profesional de la época, revelar los secretos de la profesión era cometer una traición con todos los demás. Ese estilo sigiloso siguieron Magnetto y Clarín. Quizás por eso el Gobierno creyó que exponiendo sus procederes, visibilizando su operatoria y dejándolos al descubierto el problema estaría resuelto.
Varios de los columnistas del suplemento del diario Tiempo aquí citados coinciden en referirse a la superación de la ingenuidad de los lectores, a que “la verdad develada sería emancipadora” porque “la eficacia de la influencia” de los medios “descansa en la discreción” y que “la exhibición (los) debilita”. Eso es totalmente cierto, pero la emancipación no es una revolución ni el debilitamiento es una derrota lisa y llana.
Miradas neoescolásticas de la realidad actual podrían tropezar con la misma piedra que Karl Marx (o Georg Lukács, quien habló de “falsa conciencia”) al suponer que la conciencia de clase arrancaría a la mayoría de las personas de su alienación, o caer en el mismo error de cálculo del primer Freud, quien creía que haciendo consciente lo inconsciente se curaba al paciente. Estas “filosofías de la conciencia” a menudo caen en excesos de intelectualismo y quedaron un poco desactualizadas. El decano de Ciencias Sociales de la UBA, Sergio Caletti, en su columna en el diario Tiempo advertía que “ambos (Clarín y La Nación por un lado y el Gobierno por el otro) parecen a veces moldeados por las teorías de hace setenta u ochenta años según las cuales la relación causal era directa y mecánica”.
“Los hábitos son inseparables de las estructuras (habitudines, en el sentido de Leibniz) que las producen y reproducen”, escribía Pierre Bourdieu.
La mayoría de la población argentina no compra un diario o ve un canal de televisión por su ideología sino por la utilidad práctica que le brinda. Maximizan su beneficio y pueden, al mismo tiempo, votar por Cristina Kirchner, comprar dólares porque “después de octubre devaluarán más aceleradamente” y comprar Clarín más La Nación los domingos para tener los descuentos del Club de Lectores. Como decía hace muchos años un fallido ministro de Economía, “les hablo con el corazón y me contestan con el bolsillo”.





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