Condenados al éxito

Por: Roberto García.

Juegos perversos en torno a quién secundará a CFK. Va un Mariotto para Scioli. De Mendiguren, “camporista”

Turbados por la elección del vice de Cristina (y el de Scioli), el revuelo mediático que supone esta decisión y sus presuntas consecuencias, las últimas 48 horas se consagraron a una danza incierta de nombres, a un par de personajes a nominar que hoy parecen la noticia más importante del país. Luego, a medida que se tranquilicen las aguas, esas dos almas investidas como números dos difícilmente vuelvan a protagonizar los titulares en los cuatro próximos años (a menos que ocurra una catástrofe personal). Su destino, si cumplen el rol que se les asigna, está vinculado al silencio, a la discreción, casi al oscurecimiento. Otro tipo de aparición futura –de acuerdo con la cultura kirchnerista– se teñirá de peligrosa confabulación, de sorda fronda contra el uno. O la uno, mejor dicho.

Resulta singular que los sectores dominantes y parte del mundo informativo, tan apegados en sus funciones a los flashes de los programas de la tarde, se conmuevan con estas designaciones tan efímeras. Y les otorguen trascendencia cuando, en rigor, nadie ignora que estos partícipes necesarios de la Constitución ganarán un sueldo por sacudir la campanilla. Es parte de la distracción colectiva, de la ceguera de las anécdotas. Y, en cambio, ni se inmuta ese universo con situaciones más delicadas. Por ejemplo, la vigencia de una norma que desafía la ley de la sensatez: aquella que obliga a los partidos a sellar sus alianzas una semana antes de que se conozcan los candidatos a presidente y vice (y el resto de las listas). Viene a ser como un casamiento a ciegas o por poder, una hechura jurídica que ya desaparecía a principios del siglo pasado. Y aunque haya explicaciones inteligentes para justificar esta imposición, lo cierto es que la fijación de acuerdos previos antes de establecer candidatos –muchos estiman una exigencia interesada de Néstor Kirchner no aplicada por sus sucesores– constituye una incongruencia, casi una celada, como lo reveló el disturbio que separó a la fracción de Pino Solanas de la coalición socialista, de la urgente convocatoria para la presidencia de una señora que no figuraba en ningún álbum de aspirantes (Alcira Argumedo). Una ley, entonces, que delata inequidades, condiciona y, sobre todo, convierte a las masas partidarias en eventuales rehenes de figuras con las cuales jamás imaginaron ser representadas.

De esto no se habla. Más bien, y hasta podría comprenderse, atrapan las minucias de las listas los candidatos que pagan sus inclusiones, la porfía dentro de las mismas agrupaciones. Como ejemplo, La Cámpora demandando ubicaciones bonaerenses y las autoridades negándoselas con la excusa: “Ustedes ya cobraron, les inventamos un Ministerio de la Juventud (que implica un costoso presupuesto a repartir tipo Morgado en el Inadi), es suficiente”. Pero la ávida juvenilia, como se sabe, no calma su voracidad con esos argumentos: el “vamos por más” significa más cargos, contratos, burocracia, poder. Este tema de los avances del cristinismo y de los recién llegados a la política sobre los intendentes motivó más de una confrontación, amenazas de renuncias o de saltos a otros partidos y, por supuesto, disgustos varios. Como el de Hugo Curto, quien quejándose por cierta indolencia o sumisión del gobernador, bramó: “Daniel Scioli no puede presidir ni la sociedad de beneficencia de Villa La Ñata”. Ni hablar cuando llegó a sus oídos que Gabriel Mariotto sería impuesto por Olivos como vice en La Plata.

Más desopilante resultaba el armado en la Casa Rosada, donde, parafraseando al medioevo, se transmitía una orden a los gobernadores que semejaba a la ejecución del derecho de pernada: “Ustedes hagan las listas, luego nosotros (nadie entiende el uso del plural) las corregimos, tachamos y agregamos”. Quien esto afirmaba en representación presidencial, en ocasiones, ni siquiera conocía a quienes integraban esas listas, a los que salvaba o condenaba. Estas predilecciones hepáticas, quizás femeninas, se estiraban al jugueteo sobre el nombre a designar como vice, del favorito influyente de la corona Carlos Zannini a Amado Boudou, de Juan Manuel Abal Medina (aunque él se ve como jefe de Gabinete) y el senador Nicolás Fernández (de contradictoria relación histórica con los K) a la ascendencia de algún gobernador exitoso como el tucumano José Alperovich (no olvidar que su mujer fue cercana a Cristina en el Senado), sobre quien ya no pesan los insultos de “corrupto” que le había colgado Hebe de Bonafini por no allanarse a la construcción de viviendas según la técnica Schoklender. O la vuelta de tuerca sobre Jorge Capitanich.

Esos episodios envolvían también a la oposición, con un Francisco de Narváez completando su binomio con otra peronista (Mónica López) para que obediente y amorosamente sea votada la fórmula por los radicales, proyecto arrogante y ambicioso. El, mientras, hasta cambió su lenguaje público: ahora habla en lunfardo, callejeramente, y hasta se permite insolencias de las cuales más tarde se arrepiente (ya lo hizo en otra ocasión). Como si fuera un kirchnerista desaforado, como si copiara prácticas para salir dos veces en los medios. Más gracioso, en cambio, resultó un sempiterno hilarante como Ignacio de Mendiguren, titular de la UIA, que en una reunión en Mercedes se despachó a favor del camporismo imperante en la vecindad de la Presidencia. ¿Repentino y acentuado vuelco de quien, se supone, ofrece otra historia política, incluyendo en la duda un seguidismo inesperado y contradictorio con el pensamiento autónomo de los industriales? En rigor, dicen, De Mendiguren fue allí a participar de dos encuentros, uno económico y otro político. Cuando llegó al económico, tarde y nervioso, lo confundió con el político debido a que observó a un miembro de La Cámpora en el estrado, de apellido Ustarroz, hermano de crianza con Eduardo “Wado” de Pedro, quizás la máxima referencia de ese oficialista núcleo emergente. Bien informado –De Pedro, hijo de padres desaparecidos, se crió con la familia Ustarroz–, De Mendiguren se permitió un gesto oral a favor de esa agrupación quizás sin advertir que los concurrentes al acto no provenían de la misma filiación partidaria, quienes –sonriendo, cuando menos– enseguida se encargaron de divulgar el hasta ahora desconocido compromiso político del titular de la UIA con una de las secuelas del Gobierno.

Todo este anecdotario es parte de un país condenado al éxito. Aunque el éxito –según el humor de un diplomático extranjero– tal vez no se logra porque en la Argentina resulta imposible que se cumplan las condenas.

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