Por: Alberto Fernández.Esta vez, el senado no pudo sesionar porque el bloque oficialista no bajó al recinto. Antes, habían sido los opositores los que habían impedido que la Cámara alta se reúna. Hasta aquí, oficialistas y opositores se esmeran en encontrar el modo de contar con el senador que eleve a 37 el número de asistentes en la sesión. Sólo entonces, el cuerpo puede abrir el debate.
Los diarios insisten en señalar que el Congreso no funciona. Como parte de una retórica propia de los peores cultores de la antipolítica, señalan con tono acusador a quienes impiden que prospere la discusión parlamentaria. Hasta aplauden y se regocijan cuando se enteran que el vicepresidente ha amenazado con castigar económicamente a los senadores que no se presentan en el recinto los días de sesión.
Ya se ha visto que los legisladores opositores sólo se vinculan con el propósito de obstruir la acción de gobierno. En ambas cámaras parlamentarias tienen un único objetivo: insisten en rechazar y anular el decreto de necesidad y urgencia que ha permitido al gobierno disponer de las reservas acumuladas en el Banco Central para hacer frente al pago de la deuda pública. Ensimismados en sus lógicas, no advierten que la Justicia ya ha legitimado el proceder que insisten en impugnar y actúan como si ese fallo jamás hubiera sido dictado. De modo contradictorio, mientras sostienen que una decisión de esa envergadura sólo puede ser dispuesta por una ley emanada del Poder Legislativo, se niegan a tratar y sancionar una norma legal semejante.
Sabedores de su nueva superioridad, antes de las sesiones, los opositores disponen el temario que se abordará en cada una de ellas. Nada acuerdan con los bloques que acompañan al gobierno aun cuando ellos representan en ambas cámaras a la primera minoría. Ahora, del mismo modo que el oficialismo lo hizo en otros tiempos, la oposición impone el mayor número de legisladores para disponer cuáles serán las materias que se abordarán en las sesiones plenarias. Así, le anticipan al gobierno de qué modo buscará deteriorarlo, pero al mismo tiempo aspira a que el oficialismo avale con su presencia semejantes decisiones. Extrañamente, pretende algo así como pedirle al condenado a la guillotina que sonría en el mismo instante en que el verdugo deja caer sobre su cuello la afilada hoja de acero.
En el Senado nacional aquella supremacía no es tan nítida. Conseguir reunir la mitad más uno de los senadores para sesionar es una tarea difícil. Sin embargo, parece haber aparecido un miembro del cuerpo que ha permitido, alternativa y sucesivamente, que oficialistas y opositores alcancen ese objetivo. Se trata de Carlos Menem, un ex presidente muy cuestionado en nuestra joven democracia que ocupa ahora una de las tres bancas que en el Senado representan a La Rioja. En el ocaso de su vida pública, Menem se ha convertido en una suerte de llave maestra que abre o cierra las compuertas del debate en el Senado nacional. Con semejante poder, sin proyectos políticos aparentes, nadie sabe hasta aquí por qué lo hace permitiendo de ese modo que se construyan múltiples conjeturas que tratan de explicarlo.
Entre los diputados la situación es distinta. Allí la ventaja numérica de los opositores es más notoria, con lo cual sólo la formidable incapacidad que evidencian es la causa central que les impide llevar adelante las sesiones del cuerpo. "No se puede jugar con ellos porque hacen los goles con la mano", se ha quejado del oficialismo un contrariado diputado opositor. No advierte que la razón central por la que se caen las sesiones de diputados (y no se juegan los partidos en su lógica futbolera) no es otra que la falta de habilidad opositora para presentar al equipo en la cancha en tiempo y forma.
Tratemos de dejar en claro algunas cosas antes de seguir buscando el modo de salir de este atolladero.
El Parlamento argentino representa exactamente nuestro contexto social. Es un espejo que refleja con total fidelidad esta sociedad fragmentada, contradictoria y maniquea en la que vivimos. Si uno se hiciera cargo de esa realidad, todo los cuestionamientos que hoy achacan el mal funcionamiento parlamentario deberían minimizarse. Es definitivamente muy difícil reclamar que entre oficialistas y opositores se acuerden posiciones en un contexto general en el que toda conciliación es vista como una concesión del más débil en favor del mas poderoso. Para que pueda entenderse lo que acaba de decirse, basta ver como la prensa maltrató a Julio Cobos el día en que votó por la remoción de Martín Redrado después de haberlo encumbrado a la cima de los héroes con su voto "no positivo".
Después de haber sido nosotros los que con nuestro voto hemos consolidado una representación parlamentaria dividida y enfrentada, insólitamente nos quejamos de las dificultades que esa representación tiene para poder funcionar.
Ante un escenario semejante, es entendible que existan problemas para que el parlamento sesione. Ocurre que ninguno de los dos bandos (oficialistas y opositores) cuenta con mayorías homogéneas y definidas. Recordar que alguna diputada en el congreso ante tanta diversidad, prefirió nominar a la oposición como "Grupo A" tratando de que no se resquebraje una unidad tan frágil, alcanza para explicar la heterogeneidad de ese singular espacio político.
Pero además, sucede que ninguno de esos sectores quiere dar el brazo a torcer. Los dos sienten que cualquier concesión se convierte en derrota. De esa manera, las posiciones se extreman, el diálogo se muere y todo se convierte en un debate estéril que transcurre en micrófonos mediáticos muy alejados de los recintos legislativos.
Para que el Congreso pueda sesionar, es necesario que alguno de los dos espacios que se conformaron a partir de los resultados electorales de junio de 2009 sea capaz de consolidar una mayoría suficiente como para habilitar el quórum. Para conseguirlo, habrá que desplegar negociaciones y formular acuerdos. A partir de allí, consolidada la mayoría, condicionará al otro a participar de sesiones de las que inexorablemente saldrán derrotadas sus pretensiones. Sólo así puede entenderse la lógica de los unos de no prestar quórum para que la sesión se inicie cuando son los otros los que saldrán beneficiados al cabo de esa sesión.
Que en nuestro Congreso el quórum se condicione, no degrada ni al parlamento ni a la democracia. Quienes afirman lo contrario sólo encubren una posición de parcialidad a favor de alguno de los sectores en pugna y un profundo desprecio por nuestro sistema institucional. El quórum es un requisito del funcionamiento del parlamento. No es un mecanismo extorsivo como algunos lo plantean. Es sólo una condición previa que debe sortear quien pretende imponer su criterio. Su funcionamiento está perfectamente normado en los reglamentos de ambas cámaras y supone que, para pretender debatir un tema, es necesario previamente haber "interesado" en ese debate a la mitad más uno de quienes conforman ese cuerpo colegiado.
Cuando en las democracias se viven momentos como el que nos toca y las instituciones se frenan por la coyuntura política, es el sentido común del ciudadano que no se impacienta más de lo razonable y del dirigente que se ocupa de que la maquinaria del sistema no se detenga, lo que permite primero destrabar las piezas engranadas y después agilizar la continuidad republicana.
No es la falta de quórum lo que debe preocuparnos. Es la falta de ideas de quienes dicen representarnos.




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