Comunicación que genera violencia

El ataque sufrido por el periodista Marcelo Chiaradía durante la tarde de ayer pone otra vez en discusión la calidad del periodismo que hacemos en Tierra del Fuego. Quienes analizamos de forma crítica nuestro propio trabajo y el de nuestros colegas sabíamos que, más tarde o más temprano, esto podría suceder.
De hecho, no es la primera vez que vecinos de la ciudad, indignados ante la manera de brindar una noticia desde el canal estatal, se presentan en el edificio de la emisora con un comportamiento agresivo.

Tiempo atrás, familiares de un joven que se había suicidado apedrearon los techos y rompieron la luneta trasera del auto de una comunicadora, buscando a los responsables de poner en el aire televisivo innecesarias imágenes cargadas de morbosidad: el noticiero local había mostrado al adolescente colgado del puente “El Choconcito”.

Porque el arte de hablar también incluye el silencio, la pausa y la reflexión. Contar para que la gente se entere de las cosas que pasan es un compromiso que además contrasta con la verborragia desaprensiva y el simple impacto, si se pretende hacer seriamente, claro; con honestidad, con contenido, con veracidad. Pero la falsa primicia, el rumor constante y el adormecimiento de la sensibilidad humana por el trajín cotidiano del show mediático, confabulan contra la capacidad de aportar al entendimiento, la razón y la superación personal y del entorno.

El peligro de no ser consciente del rol que ocupamos en el engranaje diario, de subestimar la tarea del debate público o de actuar con soberbia enceguecedora, es el de incrementar el juego del caos y las divisiones que originan la retórica sin sustancia, la acción sin espíritu, el impulso dominado por el instante y el oportunismo. Nada nos da derecho a tratar como verdad lo que no está comprobado, y la libertad solo se logra con prudencia y conocimiento en detalle.

La compleja realidad contemporánea, la tecnología en avance y el acceso a la información como bien social son factores de la gran discusión interna que afrontamos los periodistas en todo el mundo, y en sociedades comunales donde la densidad poblacional es menor, como Ushuaia o Tierra del Fuego, debería ser más sencillo construir alternativas.

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